Los dos lados del manto

Por Cinthia Yam Salazar

Mi madre aún recuerda con sobrecogedora lucidez sobre todo esa escena en la que su iracunda madre le asestó un enérgico bofetón en la boca. Todo porque ella había pronunciado una “palabra mala”. Era la nena de una tierna edad en la que apenas empezaba a experimentar la música de las palabras, mucho menos comprendía su connotación. Ese acto de violencia le reventó los labios, le voló varios dientes. Mi abuela siguió en sus cosas, no se inmutó.

Fue una de mis tías quien tomó a la pequeña y la llevó hasta una llave de jardín para lavarle la boca.  Mi madre recuerda bien el río de sangre que le brotó, el río imparable. Recuerda también la convulsión primigenia que la alteró para siempre. Tal vez en esa convulsión comprendió que la fragilidad de una rosa era imposible, que cualquier reflejo improvisado de la mariposa podía perturbar a los dioses. Que la pulsión alegre y vital que la movió a expresarse era pecado.

Siendo ella tan sensible como es ideó una solución que no podría representar mejor a su signo solar, libra: sería la esclava feliz, la sacrificada. Negaría para siempre el placer y la libertad, sería una santa.

Es por eso que estoy cómoda con la idea de no tener descendencia. Porque una santa me crio. Yo, que descabezaba a las muñecas furiosa cuando no podía vestirlas, la que siempre se quería quedar con todos los dulces y no darle a nadie, la que se escondía detrás de la puerta para decir a sus anchas todas las “palabras malas” contra las que mamá gentilmente le había advertido. Soy una mujer iracunda forzada a fingir ser santa. Me sacrifico y cargo con los pecados ajenos, pero nunca alegremente como mi predecesora. Ella no me permitió sentir ira al igual que su madre no le permitió sentir delicadeza. Ya te puedes imaginar para donde seguiría la rueda su trayecto si fuese yo madre ahora.

Creo que tienen algo de razón las niñas de TikTok que dicen que la clave de la sanación personal de las mujeres está en las abuelas. Pues mi abuela envolvió a mi madre con el lado oscuro de un manto y yo tendría la oportunidad de envolverla con el lado luminoso del mismo. Ella no sabe que enojarse sirve para poner límites, para defenderte, para tener presencia y que la gente pueda respetarte. Ella no sabe que esa energía es la misma con la que confrontas los conflictos con las demás personas. Está demás decir que, a mis 35 años apenas he cobrado conciencia de que no se manejar conflictos. Que mi solución siempre ha sido retraerme del mundo, refugiarme en la imaginación y permitir que los demás me transgredan hasta que no aguanto más y tengo que escapar. Naturalmente he vivido furiosa conmigo misma, porque todo enojo que no canalizas hacia el mundo tarde o temprano te consume por dentro.

Mi madre recuerda que su abuela era una mujer dulce. Solo tuvo contacto con ella cuando tenía meses de nacida, pero recuerda su rostro amoroso, marcado con una enorme mancha negra, rememora el candor y la protección que le hacía sentir su presencia.

Probablemente mi abuela escogió la ira para compensar el que su madre no pudiera defenderla. Mi abuela probablemente sintió vergüenza por la blandura de su progenitora. Mi madre hubiera podido enseñarle que la blandura ayuda a relajarse y dejar de tomar la opinión del mundo en serio.  Que la ayuda a conectar con su lado espontáneo y divertido. La hubiera liberado de una cárcel de tensión que conozco bien.

Yo por mi parte no he elegido ningún camino, no me entregué a la ira como mi abuela ni a la santidad como mi madre. Permanezco en el medio de la línea, y no sé si me atrevería a cruzarla alguna vez.

Publicado por Paradigma

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