Por Miguel Alejandro Rivera
Siempre supe que jamás olvidaría este día. Sé que jamás lo olvidaré… Mi familia no es muy politizada, sí votan y de alguna forma fueron simpatizantes de Andrés Manuel López Obrador, pero no al grado de la militancia, sino de apoyarlo sin muchos ánimos en una sobremesa.
Yo, en cambio, me radicalicé en la adolescencia: maldito sea el sistema, maldito sea el capitalismo, maldito sea el imperialismo; viva la igualdad, la democracia y la fraternidad.
¿Qué me pasó, donde aprendí que el neoliberalismo es desgraciado, que la lucha no vale la pena si no es por la dignidad de los desprotegidos? La respuesta es sencilla y se limita a cuatro palabras: ska, reggae, Pepe Mujica.
La música me liberó, José Mujica me dio forma. En una naciente Internet en la que YouTube era una novedad, escuchaba a Bob Marley, a Panteón Rococo y luego dos o tres discursos del Pepe, un adorable viejo del Uruguay que se paraba ante los líderes del mundo para decirles de frente que vivían de pregonar la hipocresía.
Me enamoré de sus palabras y de cómo hicieron sinapsis en mis neuronas para que me naciera la conciencia.
“El hombrecito de nuestro tiempo deambula entre financieras y el tedio rutinario de las oficinas atemperadas con aire acondicionado. Siempre sueña con las vacaciones y la libertad. Siempre sueña con concluir las cuentas, hasta que un día, el corazón se para y adiós…”.
Llevo tatuados en la memoria parte de sus discursos, cargo en el corazón su biografía, su lucha, su resistencia a las torturas de la dictadura. Cuando me siento endeble, pienso en él; así como hay quienes se refugian en la figura de Cristo, de Buda, de algún profeta, juro ante mi Dios que yo pienso en sus discursos, porque justo, personajes como él nos han enseñado que tenemos el derecho a ser libres de admirar las ideas que mejor se acomodan en nuestros espíritus.
Nunca voy a olvidar el nudo que tengo en la garganta, hoy que se ha marchado. Padecía cáncer y ya exigía su calma. Hace dos días, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, informó que el Pepe estaba en las últimas etapas de su enfermedad, palabras que para muchos, como yo, era la antesala del ineludible destino.
Hoy, que salí de dar una charla en la Universidad, miré mi celular: me fulminaron las palabras que anunciaban su deceso. ¿Cómo puede uno querer tanto a un ser humano tan lejano? Supongo que hay algunos que son entrañables, como el Pepe, que quiero como al abuelo que nunca tuve, pero que me educó a larga distancia con su hermoso mensaje de amor a la vida.
«No soy pobre, soy sobrio, liviano de equipaje, vivir con lo justo para que las cosas no me roben la libertad».
«Ser libre es (…) gastar la mayor cantidad de tiempo de nuestra vida en aquello que nos gusta hacer».
«Pobres no son los que tienen poco. Son los que quieren mucho. Yo no vivo con pobreza, vivo con austeridad, con renunciamiento. Preciso poco para vivir».
«Si tuviera dos vidas, las gastaría en tus luchas»…
Cómo no quererte, Pepe, cómo no admirarte, como no ser un apóstol de tus enseñanzas, cómo no soltar unas lágrimas hoy que te vas a descansar. Como muchas veces lo hice, prometo seguir viviendo bajo tu prédica estoica de mesura, justicia, verdad y templanza. Descansa en paz, vive para siempre.
