
La escritura del Mahabarata no es el único mito en el cual Ganesh pierde uno de sus colmillos y en esta ocasión revisaremos otro donde El Señor de los Escritores se enfurece y se arranca el colmillo para castigar una risa… Algo serio habrá de ser para que El colmillo de Ganesh se quiebre, ¿o no?
En aquellos tiempos, aún el Mundo no adoptaba su orden actual y en el cielo nocturno brillaba siempre la Luna. Entonces, un “ganapatya” o devoto de Ganesh, le agasajó en su cumpleaños con una cantidad muy grande de dulces, a los cuales, El señor de los Escritores les tiene una afición irresistible, tanta que se los comió todos y atiborró su panza casi hasta reventarla. Para apapachar su digestión, Ganapati dio un paseo nocturno sobre su vehículo durante el cual una serpiente, muy probablemente una cobra, se levantó para mostrar la belleza de su piel tornasolándose con la luz. Pero lejos de disfrutar los efectos de la luz, el pobre Mooshika se llevó un susto de muerte y pegó un brinco, con lo cual Ganesh perdió el equilibrio y cayó de panza sobre el suelo. La caída le provocó una buena rajada en el vientre y por ahí se desparramaron todos los dulces. A diferencia de mí o de ti, Ganesh no perdió tiempo en lamentarse o quejarse, sonriendo tomó los dos bordes de la herida, los juntó y para mantenerlos así, usó la serpiente causante del suceso como cinturón o vendaje y, contento por haber solucionado los efectos del accidente, volvió a montar en Mooshika. En ese momento, el cielo se llenó con una risa sonora. Al levantar la vista, vio a Chandra, la Luna, quien había sido testigo del incidente y el espectáculo le provocó reír a carcajadas. Chandra tenía una imagen de sí mismo como alguien muy guapo y miraba a Ganesh, con su cabeza de elefante y su gran barriga y le parecía una figura cómica, exacerbada por el incidente al punto de salírsele lágrimas de risa. Ganesh se irritó por las burlas, “Sólo se ríe de mí, ni siquiera es para bajar a ayudarme”. “¡Chandra!”, gritó y le lanzó uno de sus colmillos al rostro, provocándole un cráter observable desde la Tierra. También lo maldijo con su desaparición del cielo y jamás volvería a mostrar la cara. Aterrado por que nadie lo vería de nuevo, el dios de la Luna suplicó y los demás dioses se le unieron pues él era el único astro proveedor de luz durante la noche y su pérdida sería un gran perjuicio para toda la creación. Ganesh siempre es veloz para el perdón, cuanto más ahora al darse cuenta que el orgullo del dios habíase roto, pero una vez lanzada la maldición, ésta no podía revocarse (como te comenté en Del vehículo de El Señor de los Escritores), así sólo la aminoró: “Poco a poco, noche a noche, irá disminuyendo tu imagen y sólo por un día desaparecerás por completo del cielo para luego ir incrementando tu presencia y brillarás en todo tu esplendor también por un día”. Desde entonces, durante el cumpleaños de Ganesha (Chaturthi), quien observa la Luna, le atacan maledicencias, calumnias, acusaciones y testimonios falsos… pero en otra ocasión te compartiré mis reflexiones sobre el cumpleaños de Ganesh y los mitos sobre cómo se cancela dicha maldición.
La relación entre la Luna y la locura, la noche, el agua, las plantas, la magia o el misterio son temas conocidos de mitos, leyendas, incluso son lugar común en las artes en general y no sólo en la literatura. Pero el mito anterior nos presenta a la figura de la sabiduría y patrono de los escritores de una Cultura Madre de la Humanidad no sólo creando las fases lunares y situando en su lugar al único satélite natural de nuestro planeta, sino reprendiendo al dios de este astro porque su orgullo lo hacía considerarse superior a los demás, estaba tan pagado de sí mismo que consideraba a otras divinidades merecedoras de escarnio debido a su ser diferente. Chandra se presenta como alguien cuyo orgullo le hace sentirse la medida de los demás, que quien no cumple con sus estándares; unos conseguidos no por mérito o esfuerzo sino por la casualidad del azar, que quienes no tienen su suerte son “inferiores” o no merecen ayuda o respeto… Cuán equivocado estaba, Chandra no sólo erraba en sus juicios sino que esa imagen de sí mismo lo hizo blanco de la ira de una divinidad capaz de dar forma al intelecto, a la inspiración, a los deseos del corazón y la mente mediante el instrumento (o arma) más versátil: la palabra. El lenguaje es un artefacto social que apela a quienes lo comparten cuando se dirige hacia cualquiera de su comunidad hablante, es la razón por la cual un simple “¡Hey!” en la calle puede generar una reacción en cualquier paseante. Y es por ello que el humor vehiculado por el lenguaje es tan poderoso y puede ser tan humillante.
El humor es inherente al ser humano y, según especialistas como Analía Verónica Losada y Marisol Lacasta (Losada y Lacasta, 2019) tiene cuatro componentes; a) un contexto social; b) un componente perceptual-cognitivo; c) una respuesta emocional; y d) una expresión vocal y/o conductual: risa o sonrisa. En términos más sencillos: el humor es un fenómeno humano multidimensional con elementos físicos, personales y sociales objetivados en expresiones perceptibles. Pero tampoco es que todo tipo de humor sea igual, no; hay bastantes diferencias. Si se toma como base para su clasificación el objetivo de quien expresa el humor, tenemos: 1. Humor afiliativo, uno en el cual se privilegia la comunión y el sentido de pertenencia a la comunidad; 2. Humor dirigido al mejoramiento personal, este propicia la diversión como respuesta ante las incongruencias de la vida, como forma de afrontar la adversidad y las vicisitudes de la existencia; 3. Humor agresivo, este tiene como propósito la crítica, y/o la manipulación de uno o más de los miembros de la comunidad mediante la ofensa; y 4. El humor orientado a la descalificación personal, variedad autodespreciativa que incluye el menosprecio y la ridiculización de uno mismo o de un tercero. Así, tenemos dos tipos de humor saludables: uno a nivel social y otro a nivel personal; y dos no saludables sino hostiles.
En este mito, Ganesh, la escritura, confronta a la luna hiena, ridiculizadora y menospreciante, llena de sí misma y la transforma mediante un colmillazo y una maldición; la ubica en el lugar que la hace la figura mítica, mágica, romántica y fascinante en que todas la culturas la tienen, pero con límites socialmente impuestos para frenar la conducta lesiva de la comunidad. El humor no es inocente, nunca serán válidas las ideas: “Qué esperabas, eso da risa” o “No puedo evitar reírme”, la risa y aquello de lo cual es lícito reírse se aprende en comunidad y haber aprendido a reírse de alguien de forma agresiva o mediante la descalificación personal no nos libera de la responsabilidad de la conducta, sólo subraya el poco trabajo de consciencia personal hecho en nuestro interior. Escribir es una herramienta poderosa para trabajar esas partes de nuestra persona donde se esconden los demonios de la arrogancia, el egoísmo, el engaño y/o el ego; entidades pérfidas quienes suelen disfrazarse de condiciones “naturales” o “normales” y no como los seres despreciables y patéticos que son; pero no por eso debemos pensarlos débiles o indefensos. Justo por ello, Ganesh adviene de vez en vez para destruir su poder, como te platiqué en ¿Cuál avatar de Ganesh materializamos al escribir?
Con lo anterior no es mi intención volverme un agelasto, esos seres odiadores de la risa y que tanto aborrecía Rabelais, el autor de las cinco divertidísimas novelas conocidas simplemente como Gargatúa y Pantagruel. Al contrario, creo que la literatura de vena cómica no sólo es necesaria sino indispensable y que utilizar el condimento de la risa con sabiduría siempre otorga a cualquier platillo de letras un sabor muy disfrutable como, por ejemplo, en los artículos, cuentos y novelas de Jorge Ibargüengoitia. Pienso en su antología Instrucciones para vivir en México, en el cuento La ley de Herodes o en la novela Las muertas. Con su humor tan peculiar, bien pueden ser un ejemplo concreto de lo que Oscar Wilde escribía a finales del siglo XIX en El crítico como artista: “La vida es demasiado importante para ser tomada en serio. Y la literatura, su reflejo, debe enseñarnos a reírnos de todo, incluso de nosotros mismos”, o lo que Woody Allen en el último cuarto del XX manifiesta en Sin plumas: “El humor es simplemente otra manera de mantenerse cuerdo en un mundo demente. Y la literatura cómica es la prueba de que hasta el caos puede tener ritmo”.
