El espejo no entrena

Me empieza a gustar el sudor.
No como metáfora. Como olor. Como prueba.
Antes, el sudor me sabía a derrota.
Ahora huele a tierra mojada. A algo que, por fin, echa raíces.

Le estoy agarrando gusto a los músculos adoloridos.
A ese dolor que no duele como castigo, sino como testimonio.
Pero el espejo… el espejo sigue sin gustarme.

Llevo dos semanas yendo al gimnasio.
Puede sonar poco. Para mí es un duelo con traje deportivo.
Durante años, mover mi cuerpo fue una penitencia silenciosa.
Una manera de corregirme. De pedirme perdón por existir.

Antes, el dolor muscular era recordatorio de que no era suficiente.
Ahora, es la prueba de que sigo aquí, peleando.
Pero la batalla no es con el cuerpo.
Es con la mirada.

Con esa que no se dice, pero se siente.
La que evalúa, compara, presupone.
“¿Estás empezando?”
“Lo importante es que no te rindas.”
“Con constancia, vas a poder.”

Mi cuerpo no era perfecto.
Pero era mío.
Y mientras nadie lo analizara, no me molestaba.
Hasta que lo puse frente a la vitrina.

Yo no vine a salvarme. Vine a moverme.
Pero en este espacio, moverse no basta.
Hay que verse. Y gustarse.
Y yo todavía no llego ahí.

Una vez traté de meter mi cuerpo de hipopótamo en unos leggins diseñados para gacelas.
La tela se rindió. Yo también, un poco.
Me vi en el espejo y me pareció que intentaba bailar ballet dentro de un neumático.
No por ternura. Por despropósito.

Simón también va al gimnasio.
Es mayor. Llega temprano, cuando las máquinas aún duermen.
Dice que de joven se cuidaba, pero luego vinieron los hijos, el trabajo, el cansancio acumulado en hombros que ya no se enderezaban.
Hace dos años enviudó.
Empezó caminando por las mañanas. Un año después, se inscribió.
Me confesó:
—Cada quien carga algo. Pero aquí solo pesan los kilos visibles.

Simón se mira al espejo.
No para juzgarse. Para recordarse.
Porque llegar ahí no fue fácil.
Y aun así, nadie lo nota.

Raúl es otra historia.
De niño le decían “El Tortas”. “El Mantecas”. La “Albóndiga”.
Cuerpos que se nombran para poder reírse de ellos.

En la prepa, pegó el estirón. Su primo lo llevó al gimnasio.
Cinco años después, su cuerpo parece un molde de escultura renacentista editada en Photoshop.
Le gusta que lo miren.
Que lo toquen.
Que le pidan rutinas.
Que lo envidien un poco.

Hace bromas con los otros sobre los nuevos.
Sobre los que llevan meses y no cambian.
Se ríe, pero no olvida.

Una vez, en confianza, me dijo:
—A veces sueño que el niño gordo que fui entra al gym con zapatos rotos y un olor a leche agria. Me mira como si yo fuera el fantasma. Y cuando abre la boca, salen mis propias palabras, pero con voz de niño: “¿Cuándo dejaste de valerme?”
Y luego me toca.
Y me traga.
Nos volvemos uno.

Raúl no entrena solo músculos.
Entrena la distancia entre quien fue y quien teme volver a ser.
Su miedo no es dejar de gustar.
Es descubrir que su valor tenía fecha de caducidad.

Llevaba días contando las baldosas del piso para no mirarme. Hasta que él llegó.
Justo cuando estoy por rendirme —cuando mi charco de lodo me llama con voz de cobija y Netflix—, escucho a Rogelio (Oso).

Rogelio me conoce desde hace 17 años.
Vio formarse al hipopótamo.
Siempre ha sido más alto, más fuerte, más resistente.
Pero jamás nos comparamos.
Nos une la forma de pensar… y claro, de comer.

Podría decir muchas cosas de él, pero basta con una imagen:
Rogelio (Oso), que mide 1.90 y llora con las películas de perros, me dijo esto cuando le conté que estaba yendo al gimnasio:

—Cuidarse es un acto de amor.
Lo otro es teatro.
La vida es difícil.
Estar adolorido, sin energía y con culpa, es difícil.
Hacer ejercicio también.
Cada quien escoge su difícil. Pero que sea uno que te devuelva, no que te borre.

Me quedé con eso.
No con la frase, con la pausa que deja.
Con la idea de no entrenar para borrar mi cuerpo, sino para habitarlo sin miedo.

Tal vez algún día el espejo me devuelva algo más que un hipopótamo.
O tal vez aprenda, por fin, a querer el animal que soy.
Y entienda que algunos reflejos no se miden en kilos,
sino en pedazos de paz conquistados.

Publicado por Paradigma

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