
La vida tiene distintas maneras de golpearnos, desde un ligero jab de izquierda, hasta un potente uppercut de derecha. La imagino como boxeador mexicano tirando diferentes combinaciones, siempre aguerrido, siempre hacia adelante, esquivando con maestría cualquier respuesta. Y ahí estoy yo como imberbe sparring recibiendo sus embates, unos más fuertes que otros, pero todos haciendo mella. Los ganchos al hígado como buen mexicano son los más peligrosos, los que más calan, los que me han mandado a besar la lona.
Los rectos de derecha no se diga. He estado a punto del knock out, con las piernas flaqueando. Mentiría si no dijera que en ocasiones he querido tirar la toalla después de varios rounds de puro recibir a diestra y siniestra, con el hocico roto, la nariz quebrada, el hígado destrozado y los ojos cerrados; con el referee contando agonizantemente. Sin auxilio de mi esquina, porque en mi esquina nunca hay nadie. Siempre he sido un peleador solitario. Juro he estado a punto de rendirme.
Pero ahí sigo, aferrado también, como buen fajador mexicano, de barrio bravo, curtido a golpes, carencias y hambre. De esos que reciben y resisten con tal de dar; aunque a la vida mis golpes sólo le provoquen risa. Soy de esos pugilistas con poca técnica y mucho aguante, aunque no lo parezca. De esos que se doblan y se doblan, pero no se rompen, a pesar de saber que la contienda la tienen perdida, y regresan a casa sin victorias ni cinturones. Pero siempre con ilusión, ganas, y un coraje emperrado de partirle su madre a la vida en el siguiente combate, aunque sea por un round. Aunque sea por una sola vez.
