Por Alexis Aparicio*
A pesar —o tal vez como su consecuencia— de los múltiples homenajes, menciones honoríficas y encumbramientos que la figura de Carlos Monsiváis recibió en décadas anteriores, es posible decir que la lectura de sus obras va a la baja. Acaso se debe a que la crónica y el ensayo, los géneros que con mayor insistencia profesó, se encuentran, al menos en su dimensión artística, relegados de las preferencias de los lectores jóvenes (lo que sea que quiera decir joven).
Me parece que, si nos arrojáramos a explorar su obra, el autor recuperaría el prestigio que hace décadas se ganó entre los lectores. Con esa actitud bourdieana de no considerar insignificante a ningún objeto de estudio, Monsiváis fue uno de los primeros intelectuales mexicanos que prestó atención a fenómenos que hasta hace unos años comenzaron a ser reivindicados por los círculos académicos: telenovelas, ídolos de la canción, espectáculos de masas. Monsiváis fue un pionero magistral e intelectualmente riguroso de eso que hoy en las universidades se pregona hasta el hartazgo: sacar el análisis a la calle. Estoy seguro que si siguiera con vida, andaría de argüendero opinando sobre cuestiones de interés masivo como La casa de los famosos, la inteligencia artificial o el inusitado éxito de los corridos tumbados.
Tras esta digresión, procedo a hablar de uno de los últimos libros que escribió: Las alusiones perdidas. Obra genial que, de manera desafortunada, no gozó de la fama que sí tuvieron, por ejemplo, Amor perdido, Aires de familia o Días de guardar. Discurso de agradecimiento que devino libro, Las alusiones es un texto que el autor pronunció en la Feria del libro de Guadalajara en 2006. El escrito maravilló a la audiencia de tal forma que Jorge Herralde, fundador de Anagrama, propuso convertirlo en un librillo junto con la presentación de José Emilio Pacheco y unas “Notas agregadas” del mismo Monsiváis.
Me interesa recalcar mi perro coraje, mis asquerosos celos, mi podrida percepción de la competencia. Este es uno de esos libros que dan envidia por su autenticidad, por la naturalidad con que parecen concebidas unas ideas tan geniales. Un discurso de agradecimiento, que uno esperaría más bien modesto y hasta formulaico, alcanza el muy difícil equilibrio de ser un texto inteligente, gracioso y maravillosamente bien escrito. Invito al lector a que realice un experimento: abra el libro en cualquier página y se encontrará una frase brillante o ingeniosa. Semejante a un libro de profecías, Las alusiones es un oráculo de frases contundentes, un conjunto de aforismos cuyo propósito parece ser siempre el de superar a la sentencia anterior.
A Monsiváis, como buen escritor que era, no sólo le interesaba el ensayo como unidad reflexiva, sino que en cada momento deja entrever su amor y fascinación por el idioma. Jamás escatima en digresiones sobre el sonido y significado de las palabras que emplea, como un buen catador de sus materiales de trabajo. Y también, como declarado adorador de la poesía, introduce a lo largo de todo el libro, para modificarlos o dotarlos del nuevo significado que supone sacarlos de contexto, fragmentos de poemas de la tradición, recurso funcional incluso si se desconoce el origen de las frases, pero doblemente efectivo para el yonkie de la lírica. En ese sentido, el libro es una mina para los devotos de Genette, sociópatas se desvelan intentando reconocer relaciones intertextuales en todas partes. (—Ey, abuelita, ese dicho que usted acaba de usar aparece en La Celestina).
Con este estilo auténtico, Monsiváis elige reflexionar, como su gran memoria se lo permite, sobre el proceso de los referentes culturales que, aunque antaño elementales, se vuelven obsoletos con el paso de las generaciones. Este fenómeno, señala, es inherente al paso de la historia, mas lo que a él le interesa resaltar es su aceleración radical durante las últimas décadas —recordemos que esta reflexión nace en un momento en que el acceso a internet, y la consecuente circulación exacerbada de la información, comienza a democratizarse en el grueso de las ciudades modernas—. Así, los hilos que durante siglos sostuvieron la producción cultural de Occidente (La Biblia, los grecolatinos, las grandes revoluciones filosóficas, etc.) ceden en favor de los referentes inmediatos, dictados y luego aniquilados por el mainstream, como una conjura siniestra para evitar una cultura que arraigue, como una manera de mantener separadas e incomunicadas a las generaciones. “Yo estaba en onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es onda, y la onda de onda me parece muy mala onda. Y TE VA A PASAR A TI”, dice el abuelo Simpson.
Con una mirada a la que nada escapa, advierte sobre los cambios culturales que, por sutiles, suelen pasar inadvertidos, pero que representan una innegable transformación del mundo construido por las generaciones anteriores. El relajamiento de la moral, el desplazamiento de los hábitos ociosos o la construcción de nuevas religiones de apariencia secular; pero, sobre todo, aprovecha el escenario de la Feria del Libro para reflexionar sobre el alarmante debilitamiento de la lectura frente a la omnipresencia de los medios audiovisuales. Monsiváis llama la atención sobre la reducción en la venta de libros, la cada vez más problemática reducción del vocabulario o la transformación de las bibliotecas en videotecas (no alcanzó a ser testigo del siguiente paso: la eliminación de la propiedad audiovisual provocada por los servicios de streaming).
Como amante de la palabra en todas sus vertientes, es entendible que el hecho le resulte tan preocupante. Uno tiende, como producto de las insufribles campañas de fomento a la lectura, a adoptar esa misma preocupación en la medida en que pertenece (aunque a veces no) al gremio de los lectores. ¿Pero cuáles serían en verdad las repercusiones cognitivas y sociales del deterioro de la palabra en favor de otros medios comunicativos? Recordemos que han existido civilizaciones que privilegiaban otro tipo de lenguajes.
Quisiera preguntar —y lo hago con toda sinceridad, pues desconozco todas sus implicaciones— ¿estaremos comportándonos de manera reaccionaria frente a un proceso que TAL VEZ no sea en sí catastrófico? La intelectualidad occidental, históricamente logocéntrica, es la más preocupada por el detrimento del discurso literario. ¿Se acabará la comunicación, la literatura se volverá un código indescifrable? Sea como fuere, es un hecho que nos encontramos viviendo una pugna histórica en que el lenguaje visual se impone sobre el verbal. En sus últimos años de vida, y tan lúcido como en su juventud, Monsiváis pone los cimientos para esta reflexión futura, haciendo evidente la presencia de una mutabilidad histórica que hoy nos concierne más que nunca.
Libro reseñado: Carlos Monsiváis, Las alusiones perdidas, Barcelona, Anagrama, 2007.
*Alexis Aparicio Díaz (Ciudad de México, 1999) estudia la maestría en Filología Medieval, Áurea e Hispanoamericana de los siglos XVI al XVIII en la UAM Iztapalapa. Es autor del libro ARES 77: Narcoepigramas y poemas tumbados (Niño Down Editorial, 2024). Ha publicado cuento, ensayo, poesía y traducción en diversas revistas como Marabunta, Irradiación, Saranchá, Página Salmón, Carcaj, Bastardilla, Punto de Partida, etc.
