
La vida no es un camino que recorramos en línea recta. Es una serie de ciclos que se abren, se desarrollan y en algún momento tienen un cierre. A veces nos encontramos iniciando algo con entusiasmo. Otras, en espera, en pausa; o atravesando un caos o un cierre que no pedimos. Todo forma parte del movimiento natural de existir.
Cada etapa trae sus propios aprendizajes. Hay momentos de siembra, donde todo es potencial y esperanza. Otros de crecimiento, en los que las cosas empiezan a tomar forma, aunque aún no sepamos hacia dónde nos llevan. También llegan los momentos de cosecha, en los que vemos frutos, reconocimientos, claridad. Y no menos importantes son los ciclos de caída, de cierre o de vacío, cuando lo que funcionaba ya no sirve, cuando algo termina o cuando sentimos que no hay dirección. Todas las etapas son necesarias. Todas tienen sentido, aunque no siempre lo entendamos en el instante.
El problema no es transitar los ciclos, sino resistirnos a ellos. Forzar un comienzo cuando lo que necesitamos es soltar. O quedarnos en la nostalgia de lo que fue, sin permitir que algo nuevo emerja. Identificar en qué etapa estamos es un acto de honestidad, no para etiquetarnos, sino para poder seguir con más claridad.
Hay preguntas que pueden ayudarnos: ¿Estoy comenzando algo o terminándolo? ¿Qué necesita cuidado en mi vida hoy? ¿Qué parte de mí está floreciendo… y cuál necesita descanso? ¿Qué me estoy obligando a sostener cuando ya no tiene sentido? Estas preguntas no buscan una respuesta rápida, sino abrir un espacio de conciencia.
Aceptar que estamos hechos de ciclos nos permite vivir con mayor fluidez. Comprendemos que nada es permanente, ni siquiera lo difícil. Que después del invierno viene la primavera y que los momentos de oscuridad también preparan para lo nuevo. La clave está en no compararnos con los ritmos ajenos ni juzgarnos por no ir al ritmo que esperábamos.
La vida no es una carrera lineal hacia un destino fijo, sino una danza de aperturas y cierres, de brotes y podas, de silencios y explosiones. Cada ciclo tiene un mensaje y poder interpretarlo es una forma de volver a nosotros mismos.
