Y me convertí en profe

Mi madre siempre cuenta que mi hermana Tania quería ser maestra desde que era niña. Varias décadas después, y tras haberse licenciado en Pedagogía hace tiempo, se gana la vida como profesora de secundaria.

Me parece hermoso que mi hermana haya logrado concretar sus sueños de la niñez: yo quise ser futbolista, luchador, cantante y demás lugares comunes que a todas luces no logré, aunque más adolescente el periodismo se transformó en mi fantasía y sí que he llegado a ejercerlo.

Curiosamente también terminé siendo profesor, una meta que ni bien sabía que tenía, pero la cual atesoro como lo más hermoso de mi carrera profesional; lo he dicho mil veces y quien me conoce sabe que no miento: quiero morir viejo en un salón de clases, mientras le hablo a mis alumnos sobre cualquier tema del que no les esté inventando nada.

Enseñar tiene algo seductor. Lo veo cuando alguien, en cualquier contexto, tiene una duda y los presentes alrededor se baten en un duelo intelectual para dar la mejor explicación al respecto. Lo veo en el gimnasio, cuando el que lleva dos semanas llega con su amigo que nunca ha levantado una pesa y lo como si fuese Mister Olimpia. Lo veo día a día en los pasillos de la universidad, cuando observo a los profesores y la enorme identidad que nos da entrar a un salón de clases donde habremos de tener audiencia por al menos dos horas.

¿Por qué será que es algo tan atractivo el ser profesor? Infinidad de veces me he topado con gente que, cuando cuento a qué me dedico, me dicen: “Ay, yo también un día voy a dar clases”, así nomás, como quien algún día probará el mole o irá a conocer Oaxaca, como si fuese algo que todos deberían hacer… creo que no es así.

Me acuerdo cuando caí en las dulces manos de la docencia: tenía 23 años, la FES Aragón me mandó a dar cursos de Ortografía y Redacción Ejecutiva al juzgado del Reclusorio Sur, so pretexto de que había yo publicado mi primera novela y sabía de esas cosas de las letras. Con mi trajecito negro como para ir a una boda, me trepé en el metro un lunes a las cinco de la mañana y me lancé a una aventura que, muchos años después, aún no acaba.

Dos semanas antes de iniciar el curso me la pasé estudiando los temas, obsesionado con no equivocarme. Preparé mi presentación, armé un manual, llené un cuaderno de mil anotaciones para no ir a dar vergüenzas en mis clases.

Recuerdo perfectamente el salón en el que me recibieron, el primero en el que di clases: tenía facha como de que ahí también hacían juicios orales; luego las caras de los sujetos que serían mis alumnos: magistrados, jueces y emepés que al verme no daban crédito de que un escuincle desgarbado, cuasi adolescente, los fuese a tener ahí dos horas hablándoles de cómo poner una tilde o dividir en sílabas una palabra.

Pero funcioné: cuando había dudas, lanzaba una pelota; cuando había aciertos, les aventaba un caramelo de cajeta de los Tommy; estoy seguro que esa fue una de las semanas que más se divirtieron en la vida antes de iniciar su trabajo. Yo sabía que escuchar a un jovenzuelo a las siete de la mañana era pesado, y por eso traté de hacerles la clase interesante.

Acabó el curso, yo ya me hacía de nuevo buscando trabajo, el curso me había dejado un dinerito y eso me daría cierta calma para seguir mi peregrinar, pero de pronto me llamaron de nuevo, la gente de la FES dijo que las evaluaciones eran impecables, los comentarios alentadores y que otros juzgados pedían el curso, “pero con el chamaquillo ese que fue al Reclusorio Sur, porque dicen que es muy bueno”.

Así descubrí mi vocación. Cómo recuerdo esas semanas de septiembre, octubre y noviembre en las que recorrí oficinas, cárceles y juzgados, impartiendo mi cursito, obligando a montones de personas a dividir como niños “A-sun-ción”, para explicarles lo que es una palabra aguda y dónde es que se pone el acento (que en realidad es tilde, porque toda palabra tiene sílaba tónica).

Me acuerdo que un día, en el Reclusorio Sur, pero en otra área donde también pidieron el curso, no había donde proyectar y los organizadores decidieron que la presentación se lanzara a un separo donde tenían a un cuate detenido. Primero como que se sacó de onda, pero luego el güey ya andaba hasta poniendo atención a la clase.

El resto es historia, un hombre llamado Jesús García Badillo, a quien no me alcanzarían mil vidas para agradecerle su confianza, me dio la oportunidad de dar clases en la licenciatura de Comunicación y Periodismo, de la cual egresé y de la que no pienso irme jamás otra vez.

Han sido años hermosos, de desvelos y aprendizajes; me gusta pensar que no era un sueño para mí ser docente, pero que la vida me puso ahí porque era mi misión, mi vocación. Así como con mis cursitos de ortografía y redacción, ante mi primera materia, Psicología de la Comunicación, me puse a estudiar durante dos meses como loco: tengo cuadernos llenos de mis apuntes tras haber leído de pe a pa autores y profesionales de la psicología, como si fuera yo a licenciarme en esa disciplina.

A la fecha he dado montones de materias, he tenido el honor de ser profesor en varias universidades y he renunciado a trabajos bien remunerados porque no se amoldan con mis horarios de clases. Amo ser profesor. Aunque entre mis colegas docentes hay quienes juzgan poco popular mi postura, no concibo eso de poner a exponer al alumno: asumo mi docencia como un trabajo de suma importancia y por eso, al menos a mí, no me da eso de irme a sentar mientras los estudiantes medio explican lo que entendieron de un tema.

Ser profe me obliga a seguir leyendo, a mantenerme actualizado, a que cuando estudio algo nuevo, siempre pienso: “Ah, esto está bueno para tal grupo”, o incluso cuando me pasa algo en la vida cotidiana y que creo que se conecta con alguna materia, por eso me la paso contando historias que, según yo, al final, llegan a jun punto.

Espero que mi pasión por enseñar no venga desde el ego. Juro ante Dios todo poderoso que no cargo esta bandera para andar pregonando que doy clases, pero al final ni enseño nada. Hablo de ello porque me apasiona, porque, como Paulo Freire, creo que la educación puede cambiar al mundo y salvarnos del sistema salvaje en el que vivimos; así como la lectura, confío en que la escuela nos libre de nuestros peores demonios.

Por eso lucho para que el salón de clases sea un lugar seguro para mis alumnos, aunque ha terminado por serlo también para mí. Hay veces que, cuando tengo tiempo, me paseo por la universidad, aunque no tenga clases ese día, nomás buscando un lugar dónde leer, porque yo también ahí me siento tranquilo.

Ojalá la vida me cumpla la fantasía de terminar mi vida en las aulas, sino como en una película, en la que literalmente moriría mientras escribo en el pizarrón, sí que me dé la cordura para seguir enseñando hasta que esté viejo, mientras yo por mi parte prometo que me seguiré preparando para no aburrir a nadie ni andar diciendo mentiras y, si es que un día dejo de disfrutar esto, renunciaré para que alguien con pasión y compromiso ocupe mi lugar.

Por lo pronto, aquí seguiré, porque para mí dar clases no es un complemento, es una forma de vivir.

  

Publicado por Miguel Alejandro Rivera

Licenciado en Comunicación y Periodismo y pasante en Relaciones Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México; maestrante en Periodismo Político por la EPCSG; autor de las novelas “Peor es nada” (Fridaura 2014), “Ella no sabía nada de Bakunin” (Fridaura 2016), “El amor no es suficiente” (Endira 2018), “Dios te salve” (Fridaura 2021), y el libro de cuentos, “Narraciones del México profundo, cuentos cortos de historias largas” (Fridaura 2019); asimismo, redactó la Constitución de la Ciudad de México para Niños, editada por la Asamblea Legislativa de la CDMX. Ha publicado en medios digitales como Homozapping, Sin Línea Mx, Rebelión.org, y fue jefe de información de A Barlovento Informa. Sus talleres de periodismo literario y creación narrativa, así como sus libros y ponencias se han presentado en distintas instituciones como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Guerrero, la Universidad Panamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Coahuila, entre otras, y en eventos como la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la CDMX 2016 y 2019, la 3era y 4ta Feria del Libro de San Juan del Río, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, así como en la Brigada para Leer en Libertad en diversas ciudades del país. Actualmente es columnista del diario El Día, con el espacio editorial Textos y Contexto; además es profesor de la FES Aragón y de la Universidad Iberoamericana.

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