
Ganesha contrae matrimonio con Siddhi y Buddhi. El señor de los escritores se casa con el Discernimiento y el Éxito, qué significa, qué representa para aquellos que escribimos, entérate en esta entrega de El colmillo de Ganesh.
Existe una variante de la historia en la cual compiten Karttikeya y Ganesh para darle la vuelta al Mundo una distinta a aquella que te conté al final de Los poderes de la escritura (está bien si no te acuerdas, sólo pícale al enlace y lee el último párrafo). En esta versión, Narada llega al monte Kailash para proponer la misma competencia, salvo que en esta ocasión, el premio no será un mango sino una boda. Igual que en el relato que cierra aquella entrega de El colmillo de Ganesh, El señor de los escritores y la sabiduría gana la competencia y así obtiene la mano de Siddhi y Buddhi, las hijas de Prayápati, quien es el Señor de la progenie y una forma de Brahmá, el dios creador del hinduismo. Esta boda es un acontecimiento de gran relevancia: todas las divinidades del panteón hindú asisten, y no son pocas: ahí están Siva y Parvati, padres de nuestro protagonista; también Brahmá, o Prayápati, y su esposa Sarasvati, Visnú, Krishna… en fin que todos están ahí. El arquitecto en jefe de las divinidades, Vishvakarma, funge como el organizador de la boda y a su cargo están todos los detalles de ésta. El banquete es suministrado por el árbol del Mundo y de la vida, quien otorga todos los alimentos que se pueden desear y concede deseos, Kalpavriksha; y Kamadhenu, la vaca divina, madre de todas las vacas, quien satisface todas las necesidades y es el símbolo de la abundancia en esta tradición, (como el cuerno de la cabra Amaltea o de la abundancia, en Grecia, o la Cornucopia romana). Todos los músicos divinos agasajan con su arte a los invitados. Los padres de las novias dirigen los rituales y ceremonias de la unión con éxito, se lanzan brindis y vítores en honor de los nuevos cónyuges. Este himeneo se vuelve una de esas pachangas cuya feliz reverberación genera buenos auspicios y deja una huella profunda en todos los seres, tanto divinos como humanos.
Y, ¿quienes son las divinas esposas? Una se llama Buddhi, y su nombre significa inteligencia, discernimiento. Ella es la personificación de la sabiduría que permite alcanzar la iluminación, guía para inteligir las emociones en el momento que suceden pero no es el agente que permite controlarlas ni quien actúa; su simbolismo remite a una especie de entidad dentro de uno mismo que alerta y discierne con claridad, agudeza y acierto aquello que le sucede al individuo a cada momento de su estar en el Mundo.
Por su parte, el nombre de la otra consorte de Ganesh, Siddhi, significa perfección, logro o éxito. Pero también este nombre se refiere a los distintos “poderes”, (“gracias”, en el ámbitos cristiano) que pueden obtenerse de la divinidad y a través de varios medios, como la meditación, los sacrificios personales, desde el nacimiento en algunos casos o la práctica del yoga. Estos consisten en alcanzar cualquier lugar, modificar a voluntad tanto el tamaño como el peso corporal, conocer la mente de los demás, cumplir los deseos, ver o escuchar a la distancia… Según la tradición que se consulte puede variar la lista de estos poderes o “siddhis” que se pueden obtener y usar con ciertas restricciones. De hecho, la obtención de algún poder de parte de alguna divinidad es un mitologema o elemento mítico, un tropo de la mitología, que se repite constantemente en las tradiciones indias y que dinamizan sus narraciones haciéndolas, en ocasiones, el origen del poder de algún malvado, o en otras, “la manzana de la discordia”, incluso llegan a ser las soluciones a conflictos entre dioses y demonios.
Esta unión entre la escritura y el discernimiento y el éxito me lleva a pensar esos momentos cuando, al verter en palabras algún pasaje especialmente doloroso de la biografía personal, cae sobre este recuerdo una especie de luz que lo presenta con un cariz distinto, en las ocasiones más afortunadas y felices, con un significado y una razón de ser que antes se hallaba informe en la oscuridad. También sucede cuando uno se esfuerza en redactar asuntos que no comprende del todo, y por ello me refiero exclusivamente a la conducta de los seres humanos, uno acaba por inteligir y aventurar motivos, detonantes, causas del porqué zutano o perengano actuaron de tal o cual modo. Al escribir, tu capacidad de juicio, lector, así como me pasa a mí se vuelve más ancha, abarca un área mayor del espectro de la realidad, del fenómeno que estamos poniendo bajo el escrutinio de nuestra mente.
Escribir nos da claridad mental y hace más sano y capaz nuestro juicio y eso hace propicio el éxito; nos llena de logros y enriquece nuestro ser interno. Y no importa mucho el tema de nuestra escritura pues en el fondo sólo podemos escribir de nosotros mismos porque esas palabras que objetivizan nuestros pensamientos, sentimientos, recuerdos, elucubraciones o fantasías, parten de nuestro interior, de nuestra mente que ha tamizado, ordenado y dispuesto una lógica a fenómenos carentes de ésta; porque, espero sea claro para ti tanto como para mí lo es, la realidad no tiene lógica, no una de dimensiones humanas y menos individuales, la realidad nos excede y desborda, es tan inmensa y sus variables tantas y complejas que no es raro que uno crea ahogarse en su inmensidad. La escritura es un vehículo en el cual podemos viajar en este océano.
