Una plegaria diaria

Por Laura Puentes

-Señor perdona nuestros pecados y ten misericordia de nosotros -, rogó Sara mientras se persignaba hincada ante el enorme crucifijo del altar.

Antes de empezar a preparar el desayuno y como todos los días desde hace muchos años, acudió a la pequeña capilla de aquella casona para hacer sus oraciones matutinas.

Mientras Sara cocinaba el almuerzo, escuchó el timbre, hizo a un lado el sartén y apago la estufa para ir a ver quién llamaba. Abrió la puerta y vio a un joven con un llamativo pircing en la nariz.

– Buenos días, quisiera saber si el cuarto que anuncian en Facebook sigue disponible, envié un mensaje, pero no han respondido.

Sara lo miró de pies a cabeza, sin embargo, era la primera persona que preguntaba por aquel cuarto que tenía en renta desde hace meses.

-Sí joven, aún está disponible-, respondió Sara.

– Me interesa rentarlo ahora mismo, ¿puedo verlo? -, preguntó el chico, quien hasta ese momento no había dicho su nombre.

-Sí, pasa, le indicó Sara. -Me podrías decir, ¿cómo te llamas? -, añadió mientras caminaban por un pasillo lleno de fotos viejas que los llevaría hacia aquella habitación.

-Me llamo César -, respondió.

-Yo soy Sara.

Al llegar a la habitación, ella le comentó que aquella casona era vieja, pero que la conservaba en perfecto estado.

-El cuarto lo rentó en mil pesos por mes. Incluye los servicios esenciales: luz, agua, internet. Yo cocino todos los días, ya si quieres acceder al comedor serían quinientos pesos extras. La limpieza y orden de tu habitación son tu responsabilidad. Ésta es una casa decente, no se permite el ingreso de personas externas a las habitaciones. Aunque entrego copia de las llaves, pido que no se llegue después de las diez, ya que a esa hora se apagan las luces.

-Estoy de acuerdo con todo, quiero rentar el cuarto desde este momento. ¿Qué tengo que firmar?

Sara, llevó al chico al estudio donde le mostró el contrato de arrendamiento por seis meses, él lo firmó y le pagó por adelantado.

-Muy bien, ya puedes instalarte en tu cuarto y acomodar tus cosas. Así que, bienvenido.

-Muchas gracias -, respondió César, dando un suspiro como de alivio.

Fue a su nuevo cuarto y desempacó la única maleta que llevaba, acomodó su ropa y decidió acostarse a dormir un rato; mientras conciliaba el sueño, pensaba que ya otro día buscaría trabajo o tal vez lo haría hasta que se le terminará el dinero, mientras tanto, lo único que deseaba era dormir en paz.

Los días transcurrieron con calma, Sara hacía su rutina diaria y César se percató de la vida tan aburrida y rutinaria de esta mujer mientras él buscaba como seguir con su vida.

Una tarde de domingo, Sara salió a la iglesia para ir a misa. César estaba en su habitación viendo sus redes sociales, le dio sed y salió por un vaso de agua, la vieja casa se sentía tan vacía y sola que eso aumentaba su aburrimiento.

De regreso a su cuarto, se detuvo a ver con más detalle las fotos viejas, en algunas estaba retratada una pareja que, a simple vista, daba la impresión de ser los padres de Sara; el señor, que portaba un traje con corbata, estaba sentado en una silla que parecía más como un trono y su mujer, que usaba un vestido largo, se mantenía de pie junto a su esposo, pero ambos tenían una expresión sombría.

-Estos señores dan miedo -, susurró el joven.

Siguió mirando aquellos retratos hasta que se detuvo en una foto de Sara muy joven, tal vez tendría unos quince años en ese momento. Llevaba puesto un vestido rosado con olanes en los hombres, pero no sonreía, simplemente veía hacia el frente con una mirada vacía, sin embargo, aquellos ojos lo cautivaron de una forma insospechada.

– ¡Nunca había visto unos ojos grises tan preciosos! -, dijo César y sintió como un escalofrío recorría todo su cuerpo y su mente se quedó en blanco por unos segundos.

Mientras caminaba por aquel pasillo rumbo a su cuarto, nunca se percató que sus pies en ningún momento tocaron el piso.

Entró a su habitación, puso seguro a la puerta, bajó las cortinas y se recostó en la cama mirando hacia el techo, no dejaba de pensar en la foto de la joven Sara. En su cabeza recreaba una y otra vez aquel rostro de ojos penetrantes, labios gruesos y definidos, quedó hechizado por su hermosura.   

Perdido en sus pensamientos, escuchó que alguien tocaba su puerta.

-César, ya está la comida lista. Baja, por favor.

-Ya voy -, gritó mientras recobraba un poco el sentido.

En el comedor sólo estaban él y Sara, sin embargo, en el mes que tenía viviendo en esa casa, no había puesto atención en su arrendadora, en realidad mantenía la belleza que vio en aquel retrato, claro que el paso del tiempo ya había dejado algunas arrugas, pero eso, en lugar de opacarla, avivaba más su rostro.

La comida transcurrió en silencio, como todos los días; aunque está vez César quería platicar con Sara y ver fijamente sus ojos grises, esos que lo tenían encantado, pero, no se le ocurrió algún tema de conversación, por eso prefirió mantenerse callado y admirarla en silencio.

Encerrado en su habitación, su único pensamiento era Sara, ya no solo la joven de aquel retrato sino la misteriosa mujer que le rentaba una habitación, le intrigaba saber más sobre ella, sobre su vida y sobre todo lo carcomía la curiosidad de conocer su cuerpo, ese cuerpo oculto bajo blusas holgadas y faldas largas.

Cuanto más pensaba en la humanidad de Sara, más deseos sentía de hacerla suya, lo invadía una pasión que le hervía la sangre, cada órgano y cada tejido de su existencia.

Recostado, en medio de la oscuridad, vio como la puerta se abría y entraba una persona que sigilosamente se metía en su cama. Sintió como su cuerpo se erizaba al percibir el calor que emanaba esa piel desnuda y los excitantes besos que le daba. César acarició sus pechos y lentamente su mano bajo hasta la entrepierna.

En medio del éxtasis, imaginaba que era ella, Sara, esa mujer que lo besaba y excitaba con tanta maestría era ella, que la imagen de mujer conservadora y religiosa sólo era una máscara para ocultar la mujer apasionada y perversa que había detrás.

-Eres tú, ¿verdad? -, le dijo al oído, pero, no recibió respuesta alguna.

-Soy tuyo Sara, completamente tuyo -, susurró César, en medio de gemidos.

-Ya eres mío y siempre serás mío -, dijo Sara con una voz tenue y sensual.

Al amanecer, aquella habitación estaba vacía, no había rastro del apasionado encuentro. Todo estaba en completo orden, como si nadie la hubiera habitado jamás.

Y Sara desde muy temprano se encontraba en la capilla realizando su plegaria diaria.

-Señor, qué brille para ellos la luz perpetua y que descansen en paz -, rezaba Sara mientras contemplaba el cuerpo de César, intacto, con una expresión de satisfacción en su rostro junto a otros cuerpos que parecían suspendidos en el tiempo mientras dormían plácidamente.

Ese día, el anuncio de “se renta un cuarto” en la vieja casona volvió aparecer en Facebook.  

Publicado por Paradigma

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