
Olvidé entregar esta columna. No por flojera. Tenía el tema. Tenía incluso algunas frases sueltas anotadas en la esquina de una servilleta. Pero el día se me deshizo como un terrón de azúcar en café aguado: dulce que se esfuma, tiempo que ya no endulza nada.
Lo descubrí tarde, como se descubre que uno ha perdido algo importante sin saber cuándo fue que cayó del bolsillo.
Antes no pasaba eso. O sí pasaba, pero no importaba tanto.
De niño, un día bastaba para vivir muchas vidas. Despertaba con el sol en los párpados, desayunaba sin urgencia, salía a la calle, me raspaba las rodillas, jugaba a ser astronauta o ladrón o doctor, regresaba a casa, discutía con mis hermanos, hacíamos las paces con una mordida compartida, veía caricaturas, inventaba historias mirando las manchas del techo.
Un solo día. Y parecía eterno.
Hoy, un solo día no me contiene.
Vivo corriendo. Corremos todos. Como si el paisaje fuera apenas el vidrio empañado de una camioneta que nunca frena.
Corremos porque nos enseñaron a mirar el futuro como la promesa definitiva: “cuando termines la escuela”, “cuando consigas el trabajo”, “cuando tengas casa propia”, “cuando tengas más tiempo”, “cuando lleguen las vacaciones”, “cuando te jubiles”.
El problema es que el futuro nunca llega como lo imaginamos. Y mientras tanto, el presente se va llenando de plazos: aplazo la siesta, el paseo, la conversación larga, la pausa, el abrazo.
Mejor después.
Mañana.
Más tarde.
Pero el tiempo no espera. Y lo peor: nosotros tampoco esperamos por nosotros.
Nos volvimos adictos a la anticipación.
Vivimos como si el hoy fuera solo un trámite para llegar al verdadero momento.
Pero no hay tal momento. Solo hay este.
El futuro se volvió una trampa sofisticada. Una carrera de obstáculos invisibles.
Un país al que pedimos visa cada noche y que cada mañana nos niega la entrada. Y el presente… el presente se volvió territorio inhóspito. No porque falte tiempo, sino porque falta voluntad de habitarlo. Estamos aquí, pero con la mente en otra parte. Y eso agota.
Agota más que cualquier trabajo. Agota más que no dormir. Agota vivir sin estar presente en la vida que uno lleva.
Ayer, mientras apuraba un café frío para llegar a una junta que acabó cancelándose, vi a un niño con un globo rojo. Caminaba con la calma de quien no debe llegar a ninguna parte. Me detuve. Algo en mí todavía sabe detenerse. Pero cuando miré el reloj, ya habían pasado tres minutos. Y sentí la punzada conocida: tres minutos “perdidos” que me cobrará el sistema con correos acumulados, silencios incómodos y tareas que llegan tarde.
Cansa.
Cansa olvidar cumpleaños.
Cansa contestar con emojis lo que antes decíamos con abrazos.
Cansa vivir apurado como si el día siguiente fuera la recompensa que nunca llega.
Cansa pensar siempre en “lo que sigue”, sin haber habitado lo que hay.
Nos vendieron la adultez como un escritorio ordenado: facturas en carpetas, llaves en su gancho, futuro en colores pastel. Pero el escritorio está revuelto. Hay papeles que no entendemos, hay fechas vencidas, hay listas que no nos representan. Y nosotros somos ese papel que cae cada vez que alguien abre la ventana.
Hoy olvidé entregar esta columna. Pero ese olvido se convirtió en rendija: por ahí se coló la pregunta que más temo y más necesito hacerme: ¿cuándo fue la última vez que estuve aquí, de verdad?
A veces recuerdo que soy un hipopótamo. Ese animal que parece quieto, lento, casi ausente. Pero que flota en su laguna sin culpa. No corre, no acumula, no pide permiso para quedarse.
No vive en función de llegar a otra parte. Solo está. Y eso basta.
Tal vez crecer no era dejar atrás la infancia. Tal vez era aprender a estar, de nuevo, sin tener que merecerlo.
Quiero una tarde donde el tiempo no duela, sino que acune. Donde podamos sentarnos en el suelo como niños, a mirar cómo el polvo flota en un rayo de sol, sin pensar en barrerlo después.
La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

