Por Liz Carreño Caballero
Me gusta leer, disfruto leer y alrededor de este vicio hay personajes que su complicidad con los libros hizo de mi afición un escape del mundo hasta el día de hoy. Recuerdo a esa fuerte mujer de cabello rizado, que por un momento cuestionó mi banal lectura a los 10 años y puso en mis manos un pesado libro de pasta dura color blanco de poemas de Mario Benedetti.
Ese día mi mundo cambió, mi corazón saltaba emocionado sin entender como unas frases aparentemente sencillas podían sembrarse en lo más hondo del pecho y ponerme a volar de una manera tan inverosímil. Leí y releí mil veces cada poema en silencio, en voz alta, a susurros, en murmullos apenas audibles, con gritos incendiarios, con los ojos cerrados hasta que se quedaron grabados en mi mente. Nunca un “te quiero” había sido tan veraz, tan sentido. Gracias a ese libro conocí la poesía coloquial, el verso libre y las letras que brotaban de los sentimientos más auténticos sin parafernalias ni complicados retruécanos. Conocí los matices del amor y el desamor sumergida en una nube de lirismo puro y virginal.
Mi tía cambió mi vida sin saberlo. Crecí viendo en ella a una mujer culta, trabajadora, de voz estridente, intolerante, difícil de tratar, me aterraban sus explosiones de ira, aunque siempre fue dulce conmigo. Sus uñas largas y siempre pintadas de colores brillantes hacían juego con el maquillaje de sus ojos. Aprendí a observarla y escucharla, periodista de profesión y docente de corazón, soñaba con escribir y ser leída en revistas y periódicos, aunque solo una vez se atrevió.
La valentía que ostentaba escondía sus más arraigados temores producto de una estricta y crítica educación. Cultivó verdaderas amistades que la acompañaron hasta el último de sus días, las vicisitudes de la vida apaciguaron su espíritu anarquista y se convirtió en una mujer de fe, siempre lectora, siempre preparada, siempre dispuesta a hablar y a ser escuchada. Soñaba con el amor, el que lleva el título de “para siempre”, el que describía Benedetti en sus poemas que dolía de solo pensarlo, pero como muchas otras cosas no se dio permiso de sentirlo y se aferró a un intento fallido que no le dio mas que tristezas y drama. Aprendió a vivir a través de su escasa familia las aventuras que no realizó en carne propia. La edad le quitó fuerza a sus rebeldías injustificadas y la distancia no fue una aliada para acrecentar las convivencias.
Y un día con un mensaje avisando que había fallecido, me di cuenta de que nunca le dije lo significativo que fue ese libro para mí, ni de lo mucho que había representado en mi vida su presencia.
Su paso no fue efímero y tengo más de ella de lo que tal vez nos pudimos imaginar, hoy la recuerdo sonriente, gritona, ávida de felicidad con su chihuahua al lado que la colmaba de ternura y solo puedo repetir usurpando las palabras de Mario, que vamos a “defender la alegría como un destino…”.
