Banjo

Él ha sido uno de mis mejores amigos en la vida. Se pronuncia Banyo, pero en su plaquita, que no usaban porque odiaba los collares, decía Banjo, nombre que le puse por mi videojuego favorito: Banjo-Kazzoie.
Era un dalmata chaparro y chato que mi mamá no quería en la casa. A mis ocho años, lloré, supliqué, me quejé por las injusticias de la vida, me parecía criminal que la mujer que me dio la vida le negara al mundo esa hermosa complicidad que surge entre un niño y su perro.

Tras semanas de berrinches, y supongo intentos de mi padre por convencerla, el Banjo llegó a sus tres meses de edad. Recuerdo con claridad el miedo que tenía ante un entorno nuevo: se refugió unas horas entre las llantas de unas bicicletas recargadas contra la pared. Decidí no molestarlo, me senté del otro lado del patio a esperar que me aceptara en su vida. De la nada comenzó a caminar, cuando estuvo cerca de mí, lo abracé y le di tantas caricias que ya jamás quiso separarse.

Mi papá fue a comprarle comida y trajo un costal de croquetas que tenía plasmada la foto de un dalmata: así es mi padre, noble hasta el alma, con gestos inocentes y bellos como ese.

Pasaron las semanas, nos fuimos conociendo: yo corría, él me seguía; yo me quedaba quieto como estatua, él también, era nuestro juego favorito. Tardamos años en conocer su ladrido: un perro amigable con el mundo, se exasperó un par de veces en la vida, sólo aquella madrugada en la que un par de hijos de puta robaron a mi padre afuera de la casa. Pinche Banjo, ese día sí se puso como loco, su instinto de perro lo motivaba a proteger a mi papá, pero el zaguán se lo impidió. Así era él, igual que yo: calmado, tranquilo, pero desesperado ante lo que no era de su agrado.

También me acuerdo de aquel invierno en el que mi padre le compró un suéter y no me dijo que se lo puso. Todos estuvimos fuera todo el día y, en la noche que llegamos, mi pobre perro estaba todo tullido: corrí por unas tijeras, le arranqué la prenda y le di masaje hasta que se pudo parar en sus cuatro patitas.

En determinado momento, mi padre decidió que Banjo era ya un hombre y, por ello, tenía ciertas necesidades: se decidió entonces que habría que conseguir a una perrita… Días después, mi papá llegó con una damalmata microscópica que apenas habrá tenido dos semanas de nacida. Sepa Dios de dónde la sacó, pero, en su lógica, mi perrote debía montar a esa cachorrititita nomás porque ambos tenían manchas.

Obviamente no lo permitimos, Banjo terminó en un amasiato con una hembra de su edad y la pequeña perrita, a quien mi madre llamó Tita (apócope de Dalmatita), creció en la casa como un remolino que arrasó con las plantas, los muebles, la paciencia de todos.
Por eso se fue a pueblo de mi padre, donde a días de su llegada, mató a las gallinas de la familia que le dijo cobijo… Nunca más supe de ella.

Banjo y yo corríamos en el bosque de Aragón, llegamos a darle hasta cuatro vueltas echando carreras. Me rebasaba, regresaba, se perdía persiguiendo alguna ardilla, me alcanzaba de nuevo. Un día, trotando cerca del lago, el güey se le aventó a un pato y terminó muerto de miedo, todo mojado, petrificado; muy a mi pesar, corrí a las aguas pantanosas de aquel estanque y lo saqué como si de un niño enfermo se tratara, causando las ridas y de una pareja que ahí andaba echando novio.

Pasaron los años, un día Banjo regresó cojeando del bosque, estaba envejeciendo. Tuve que bajar mi ritmo, ahora sólo dábamos dos vueltas, luego una. La piel de su papada ya colgaba, le salió una verruguita en la frente, mi perrito ya era un señor.

Estuvo conmigo 17 años de mi vida, en los cuales batallé siempre porque una de mis hermanas nunca lo quiso porque se salía cuando, obsesivamente, sacaba y metía a todas horas su camioneta del patio. Esa mujer, que no caminaba ni a la tienda, lo llegó a dejar afuera varias veces, una de ellas incluso se extravió varias horas, durante las cuales grité por las cercanías su nombre y lloré desconsolado.

Un día que lo dejaron salir, ya no regresó: por más que grité su hombre, no volví a cargarlo, a bañarlo, a acariciarlo, fue tan amable, que no quiso dejarme el dolor de verlo morir… Extraño llevarlo al parque a jugar con otros perros, mientras yo me ponía a leer; una vez, cuando iba en el CCH, literalmente se comió mi tarea, por lo que la llevé echa trizas, pues ya no me daba tiempo de imprimirla otra vez; entre más busco en mis recuerdos, más momentos entrañables salen con ese perro hermoso que me acompañó en tantos momentos de mi vida.

Desde hace años he pensado en tener un perro, pero no concreto la operación por mil pretextos que le digo a la gente cuando en realidad es que no quiero sustituir a uno de los mejores amigos que he tenido.

Publicado por Miguel Alejandro Rivera

Licenciado en Comunicación y Periodismo y pasante en Relaciones Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México; maestrante en Periodismo Político por la EPCSG; autor de las novelas “Peor es nada” (Fridaura 2014), “Ella no sabía nada de Bakunin” (Fridaura 2016), “El amor no es suficiente” (Endira 2018), “Dios te salve” (Fridaura 2021), y el libro de cuentos, “Narraciones del México profundo, cuentos cortos de historias largas” (Fridaura 2019); asimismo, redactó la Constitución de la Ciudad de México para Niños, editada por la Asamblea Legislativa de la CDMX. Ha publicado en medios digitales como Homozapping, Sin Línea Mx, Rebelión.org, y fue jefe de información de A Barlovento Informa. Sus talleres de periodismo literario y creación narrativa, así como sus libros y ponencias se han presentado en distintas instituciones como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Guerrero, la Universidad Panamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Coahuila, entre otras, y en eventos como la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la CDMX 2016 y 2019, la 3era y 4ta Feria del Libro de San Juan del Río, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, así como en la Brigada para Leer en Libertad en diversas ciudades del país. Actualmente es columnista del diario El Día, con el espacio editorial Textos y Contexto; además es profesor de la FES Aragón y de la Universidad Iberoamericana.

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