Mi hermoso e imperfecto gato

En redes sociales es común encontrarse con afirmaciones como: «los gatos son casi perfectos». Es innegable su agilidad, sus sentidos afinados y su letal eficacia al cazar una mosca al vuelo. Mi propio gato —un maestro en acrobacias y emboscadas— parece confirmarlo. Pero hay un detalle clave que estas narrativas suelen pasar por alto: la evolución no produce perfección, sino adaptaciones llenas de “cicatrices”.

A mediados del siglo XX, la revista Scientific American publicó un artículo titulado “Las cicatrices de la evolución humana”, escrito por el antropólogo Wilton M. Krogman (1903-1987), que nos recuerda que los seres vivos cargamos con rasgos que pudieron tener —o no— ventajas en el pasado, pero que hoy resultan problemáticos. Por ejemplo, las muelas del juicio (consecuencia de la reducción del tamaño de los rostros), los dolores de espalda (producto de una postura que no evolucionó en un contexto de estar sentados ocho horas al día) o las hernias inguinales (relacionadas con el surgimiento de nuestra postura erecta). La evolución acumula ajustes imperfectos.

Los gatos domésticos heredaron adaptaciones asombrosas: visión nocturna, patas silenciosas, reflejos ultrarrápidos. Pero también arrastran imperfecciones. Por ejemplo, su propensión a la deshidratación: esto se debe a su historia evolutiva, que se remonta a ancestros que habitaban ambientes semiáridos, y a su estricta dieta carnívora. Hoy, muchos gatos no beben lo suficiente porque su instinto aún espera que el líquido llegue en forma de ratón. ¿Es eso perfección? No: es un rasgo adaptativo que hoy se vuelve una desventaja, al menos para su salud.

La evolución no es un camino hacia lo óptimo, sino un remiendo de soluciones temporales. Incluso el cráneo felino —tan similar entre especies— no es un diseño “perfecto”, sino uno lo suficientemente eficaz como para no haber sido descartado por la selección natural. Las mutaciones, los cambios ambientales y las contingencias históricas moldean seres vivos con imperfecciones que, irónicamente, son la mejor prueba de que la evolución existe: si fuéramos perfectos, no habría registro de cambio alguno.

Así que, la próxima vez que tu gato falle al calcular un salto o ignore su tazón con agua, no lo critiques: está exhibiendo las huellas de un proceso que jamás buscó la perfección.

Publicado por Paradigma

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