
Hay quienes buscan lo divino en las alturas, en los templos, en las palabras antiguas. Y, sin embargo, hay una forma más cercana, más callada y a la vez más constante de lo sagrado: aquello que habita en lo cotidiano. Porque lo trascendente no siempre se manifiesta como un relámpago o una revelación. A veces se desliza en un gesto, en una taza de café caliente por la mañana, en una mirada que nos comprende sin hablarnos, en el abrazo de alguien que llega justo cuando lo necesitábamos sin haberlo pedido.
Nos enseñaron a separar lo espiritual de lo humano, como si sólo pudiéramos tocar lo sagrado desde lo solemne o lo distante. Pero el alma no entiende de divisiones. Lo que tiene sentido, lo que despierta algo profundo en nosotros, lo que nos devuelve a la vida aunque sea por un segundo ya lleva consigo el aroma de lo divino. Porque lo sagrado no es algo externo que se impone: es algo interno que se revela.
Encontrar sentido en lo simple no es romantizar la rutina. Es mirarla con otros ojos. Es descubrir que tender una cama también puede ser un acto de amor. Que cocinar para alguien es una forma de cuidar el alma ajena. Que caminar con atención puede convertirse en meditación. Que agradecer antes de dormir incluso por lo mínimo, es una oración silenciosa que nos reconecta.
En este terreno de lo pequeño, el cariño, el amor y la amistad se convierten en puentes entre lo humano y lo divino. No como conceptos abstractos, sino como actos que nos devuelven al corazón. Cuando alguien nos escucha sin interrumpir, cuando compartimos el silencio con alguien que no lo teme, cuando reímos hasta que duele el estómago o lloramos sabiendo que no estamos solos, ahí también ocurre lo sagrado. Pues el amor en cualquiera de sus formas, es una de las maneras más puras en que lo eterno se expresa en lo efímero.
Tal vez no necesitamos encontrar lo divino como si estuviera perdido. Tal vez basta con reconocerlo cuando se presenta con su disfraz más humilde: la vida misma. Esa que a veces parece gris, lenta o trivial, pero que cuando la miramos con el alma abierta se convierte en revelación.
