El implacable fuego de la inspiración

¿Alguna vez la inspiración te ha quemado por dentro como si fuera un demonio incontrolable y no te ha sido sencillo lidiar con eso? Entonces encontrarás esta entrega como un alivio para ese “ardor”.

Analasura era un demonio muy poderoso. Su nombre se forma con dos palabras, la primera significa fuego (“Anala”) y demonio (“Asura”), la segunda. Su naturaleza era muy destructiva, ardiente, las descripciones de él en los textos lo presentan como un ser ígneo por completo: sus ojos emanaban fuego, podía lanzar fuego por la boca;  sólo su aliento quemaba y todo cuanto tocaba se abrasaba. Pero eso no era lo más terrible, tenía una particularidad que lo hacía en verdad peligroso: después hacer muchos sacrificios y rituales, había conseguido del dios creador, Brahma, un don: ningún arma, ni siquiera las divinas, podrían dañarlo. Este poder lo había vuelto arrogante, cruel y le germinó la creencia de ser invulnerable e inmune a la muerte, es decir se creía un inmortal en una cosmología donde esto no tiene cabida. Analasura dio rienda suelta a su ser demoníaco y cultivó terror y destrucción tanto para la humanidad como entre las divinidades.

            Aburridos y cansados del ímpetu destructivo de Analasura, los dioses buscaron el auxilio de Visnú, el preservador del universo, pero el poderoso dios reconoció la inutilidad de su arma, el Sudarshana Chakra (disco celestial), y aconsejó buscar la ayuda de Siva, el destructor. Así pues, la comitiva divina se trasladó al monte Kailash en los Himalaya. Allí expusieron la situación, describieron la devastación causada por Analasura. Después de escucharlos y para tristeza de todos, Siva confesó que su poderoso tridente, el Trishula no le haría nada al demonio protegido por la bendición de Brahma. Pero Ganesh, estuvo presente en la audiencia y escuchó con atención las preocupaciones de los dioses. Con la confianza y sabiduría de siempre, se ofreció a resolver la situación: “Yo me haré cargo de resolver esta calamidad, no se preocupen más”, les dijo.

            El Señor de los Escritores de inmediato puso trompa y manos a la obra y desafió al demonio, como se dice “a combate singular”. Confiado en su don, creyéndose invencible, Analasura fantaseaba con agregar a su palmarés personal una victoria sobre el Señor de los Gana de Siva, motivo suficiente para aceptar gustoso el desafío. El demonio luchó con toda la fiereza de la cual era capaz, utilizó sus poderes de fuego para atacar a Ganapati, y en el clímax de la batalla se lanzó con su forma más grande sobre Ganesh. Pero nuestro héroe, en ese momento reveló su naturaleza como hijo de Parvati, la energía cósmica, y Siva, la consciencia universal, y asumió su forma trascendental, una de dimensiones inconmensurables. Con un movimiento rápido y decisivo, elevó su trompa y se tragó completo a Analasura. Una estrategia brillante para lidiar con alguien con un don tan singular, en lugar de intentar destruirlo con armas, Ganesh eligió incorporarlo a sí mismo, digerirlo. Con todo, la solución acarreó un nuevo problema: el calor generado en el estómago del dios era insoportable incluso para el poderoso Señor de los Gana.

            Viendo el sufrimiento de Ganesh, los dioses intentaron ayudar a mitigar el intenso calor: Varuna, el dios de las aguas, derramó agua sobre él; Siva ató una serpiente, naturalmente fría al tacto, alrededor de la cintura de Ganapati; Chandra, la luna refrescante, se posó sobre la cabeza de elefante; Visnu le ofreció una flor de loto, la cual siempre permanece fresca en el agua, para que la sostuviera en sus manos. Pero a pesar de los esfuerzos combinados de los dioses nada aliviaba el calor que le consumía desde dentro.

            Mientras Ganesh sufría, un grupo de rishis (sabios) quienes realizaban un yagna (ritual de fuego) en las cercanías se enteraron de su difícil situación. Acudieron al lugar trayendo consigo un manojo de hierba Durva utilizada en su ritual. Según la tradición ancestral, ataron veintiún hojas de hierba Durva en un haz y pidieron a Ganapati tragarlas. Cuando la hierba Durva entró en su estómago, el calor y el ardor desaparecieron por completo. El Señor de los Escritores quedó maravillado ante el milagro: una simple hierba de apariencia insignificante, entre todas las creaciones del universo, había logrado lo que ni los poderes combinados de los grandes dioses pudieron conseguir. Este descubrimiento llenó al dios de alegría y admiración por la profunda sabiduría del Creador, quien había infundido tal poder en una creación tan humilde. Conmovido por la experiencia, Ganapati declaró que en el futuro, quien lo adorara ofreciéndole hierba Durva recibiría su gracia y bendiciones. Por esta razón hasta el día de hoy, la hierba Durva es considerada una de las ofrendas más sagradas y efectivas en la adoración de Ganesh.

            Ahora te puedes estar preguntando ¿cuál es la relación de este mito con la escritura? Y a eso voy. La necesidad, el motivo o las razones que impulsan a cualquiera a escribir son como Analasura, una fuerza ígnea capaz de consumir todo a su paso. Y pienso, por ejemplo, en el periodista urgido de entregar sus notas al editor, a un publicista redactando un brief, a un abogado preparando una demanda o a un poeta quien necesita plasmar su sensibilidad en sus textos para no explotar de insatisfacción con el mundo. ¿No es verdad que aquello que empuja a los cuatro, los apremia con una sensación similar al ardor producido por el fuego? Me parece que sí es. Y ese fuego detrás de esa escritura no cede con facilidad; parece inmune a cualquier artimaña o atajo. Me atrevo a pensar que sólo cuando se interioriza, cuando se “digiere” esta necesidad, cuando se asimila, es cuando la cosa fluye y puede desarrollarse de manera armónica y hasta (vista desde fuera) “fácil”. Sólo cuando el escritor incorpora en su ser la inspiración que lo mueve a “arrastrar el lápiz” su arte puede fructificar. Bien, esa internalización de la necesidad o inspiración genera una tensión, un “calor”, un “fuego creador” capaz de alterar el estado de ánimo y, en mucho casos, la cordura de cualquiera. Y pienso, por ejemplo en Dostoievski orillado a escribir Los hermanos Karamazov porque El discurso del gran inquisidor causó en los lectores el efecto contrario a su intención.

            Es en este momento en donde aparece un asunto fascinante, al menos para mí: la hierba Durva. Esta hierba es quien realmente trae la paz a la naturaleza destructiva de Analasura incorporado en Ganesh, y es el Cynodon dactylon, por otro nombre grama, césped, pasto, diente perro, pata de gallina, una de las hierbas más resistentes; incluso a venenos químico tan nocivos como el glifosato les cuesta destruirla. Esta pequeña planta consigue en el mito una victoria que ni los dioses más poderosos logran. ¿No es una clara muestra del poder de la simplicidad? ¿Cuántas soluciones de redacción, de narrativa, de poética se encuentra al regresar a lo básico: claridad y sencillez expresiva? Muchísimas diría yo, y muchas y muchos con genialidad en de las letras estarían de acuerdo conmigo. Las grandes obras literarias con frecuencia tienen su centro de gravedad, aquello tan atrayente y fascinante, en la observación y expresión de lo cotidiano, ¡en lo sencillo y auténtico!, y no en lo grandilocuente. En la cercanía con la tierra, justo como una hierba rastrera como la Durva o Cynodon dactylon. Son veintiún hojas las atadas en un haz las recomendadas en la tradición de los rishis, aquí puedo interpretar método, ritmo, medida, disciplina, estructura, tradición (para cerrar el círculo). Es un lugar común el escritor quien intenta romper las reglas desconociéndolas, y por esta ignorancia acaba apegándose a ellas o en la incomunicación con los otros. La labor disciplinada centrada en la tradición sin fanatismo fructifica en claridad mental, en el alivio del ardor del demonio tragado por Ganesh. Estas “propiedades de la hierba Durva” son las herramientas verdaderas para domar y poner a nuestro servicio al Analasura de turno a quien nos hemos tragado. Esta  batalla cósmica es una metáfora del camino interior de quien escribe para dominar su inspiración y transformarla en claridad, en una propuesta capaz de conectar con el mundo, con la tierra, en un fruto nutritivo para el Otro.

Publicado por Paradigma

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