Todólogos de la ignorancia

(o cómo confundimos un tuit con un tratado)

—Muy bonito, niño. Pero el existencialismo no te quita lo culero.

La frase me dejó paralizado, con la cerveza a medio tomar y el ego colgando como calcetín mojado. La soltó un tipo de voz ronca, manos de obrero y mirada curtida por décadas de silencios incómodos. Yo acababa de recitar un discurso sobre Hesse —citas robadas, palabras rimbombantes, un gesto teatral con la mano— convencido de estar deslumbrando a la mesa.

Se levantó y se fue. Me dejó ahí, solo, como quien recita mal un poema frente a toda la escuela el día de las madres.

Durante años creí que era el más listo de la habitación. No lo decía en voz alta —por pudor o por estrategia— pero lo pensaba. Lo pensaba cada vez que alguien confundía a Kafka con Camus. Cada vez que usaban “catarsis” como sinónimo de desahogo.

Creer que sabía más era mi forma de estar a salvo. De tener un lugar. Como si el conocimiento fuera una columna vertebral de subrayados ajenos. Y a veces, cuando alguien hablaba con demasiada certeza, yo preguntaba: “¿Estás seguro?” No por malicia. Por reflejo. Por defensa.

Trabajo en una librería. Estantes que crujen, olor a papel nuevo y polvo viejo. Gente que entra buscando algo que no sabe nombrar. El ejecutivo que compra a Žižek como quien porta un maletín. El adolescente que busca “algo que te cambie la vida” en menos de 300 páginas. La señora que pide “algo profundo pero fácil”. Como si la sabiduría viniera con envoltura biodegradable.

Una mañana antes de ir a la librería, mientras bebía café, encontré sobre una mesa un ejemplar olvidado de Así habló Zaratustra, lleno de marcadores de colores. Al abrirlo, noté que estaban colocados exactamente cada diez páginas. Como si el dueño hubiera decidido de antemano cuándo fingir una pausa reflexiva.

Me reí. Luego sentí esa punzada familiar: el recuerdo de cuántas veces hice lo mismo. De cuántas frases subrayé sin haberlas entendido. De cuántas veces quise parecer más que comprender.

Don Jacinto, uno de nuestros clientes más antiguos, trajo hace poco La sociedad del cansancio con post-its fluorescentes en cada capítulo.

—Es para que parezca que lo estoy estudiando —dijo, mostrándolos como si fueran trofeos. Le faltó agregar: “en caso de que me vea alguien del trabajo”.

Lo admiré. Yo también lo había hecho. Pero en voz baja. Pegaba notas en los márgenes como ladrón que esconde el botín.

Pero lo más preocupante no ocurre entre libros. Ocurre allá afuera. En voz alta.

Una tarde de sábado, en un taller, una chica me interrumpió mientras hablaba sobre la importancia del contexto en la lectura crítica.

—¿Y tú cómo haces para no sentir que a veces solo estás repitiendo cosas?

La pregunta me atravesó como un alfiler.

—No siempre lo evito —le dije—. A veces me doy cuenta tarde. Cuando ya solté la cita. Pero lo intento. Escucho más. Leo más lento. Borro tuits.

Hace poco visité una preparatoria. Fui a hablar sobre pensamiento crítico. Esperaba preguntas. Recibí certezas.

—La guerra de Ucrania empezó por la OTAN.

—El cambio climático no existe, lo dijo mi tío.

—La Biblia lo predijo todo.

—ChatGPT me dijo que eso está mal.

Mientras uno de ellos citaba a su tío teórico de YouTube, recordé al viejo del billar: al menos él tenía cicatrices en las manos para respaldar su escepticismo.

Lo que vi no fue ignorancia. Fue su versión más letal: la ignorancia soberbia. Esa que ya no quiere aprender. Que cita como quien dispara. Que transforma el “no sé” en debilidad.

Y no es exclusiva de los jóvenes. En redes, en cenas familiares, en paneles de televisión, todos opinan con tono doctoral. Ya nadie pregunta. Ya nadie dice “no sé”. Pero sin “no sé”, no hay aprendizaje. Solo espectáculo.

Tengo un hipopótamo de peluche en casa. Lo adopté durante la pandemia. Está sobre el librero. No adorna. Vigila.

Los hipopótamos pasan la mayor parte del tiempo bajo el agua. No hacen ruido. No presumen. Solo sacan la cabeza cuando necesitan respirar. Y luego: de nuevo al fondo.

Nosotros hacemos lo contrario: vivimos en la superficie. Opinamos sin pausa. Reciclamos argumentos como si fueran recetas. Damos opiniones como monedas falsas.

Despreciamos al que duda. Cancelamos al que cambia de opinión. Ridiculizamos al que no responde rápido. Nos volvimos más intolerantes, no porque sepamos más, sino porque ya no queremos escuchar.

Cada quien con su club privado de expertos imaginarios: algoritmos, cápsulas de contenido, tres frases robadas y un puño listo para golpear.

Hace poco fui a una fiesta. De esas donde se habla más de libros que de personas. Alguien mencionó a Schopenhauer y se armó un debate. Tres personas hablando al mismo tiempo, cada una con su frase lista para ser tuiteada.

Me miraron esperando que interviniera.

—No lo he leído lo suficiente como para opinar.

El silencio fue tan espeso que escuché crujir tres egos a la vez.

Al salir, un chico me reconoció de la librería.

—Oye, ¿tú cómo le haces para acordarte de todo lo que lees?

—No me acuerdo de todo —le dije—. Por eso releo. A veces no entiendo. Entonces leo otra vez. Y luego otra. A veces me sigue pareciendo oscuro. Pero al menos ya sé que es oscuro.

—Eso suena más difícil que estudiar.

—Es que es más difícil. Pero también más bonito.

Esa tarde, mientras caminaba a casa, vi a unos estudiantes tomándose selfies frente une hermosa biblioteca. Justo debajo de una frase que decía: Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.

Me pregunté cuántos de ellos entrarían realmente. Cuántos leerían algo sin compartirlo. Cuántos tendrían la paciencia de leer sin entender… y quedarse ahí.

Al llegar, el hipopótamo me miraba desde su estante. Le conté el día, sin palabras. Preparé un té. Apagué el celular. Y abrí un libro.

No para citarlo.

No para parecer culto.

Solo para leer.

Para perderme.

Para dejar que alguien más me habitara.

Mi hipopótamo sabe lo que nosotros olvidamos:

que las verdades profundas no flotan.

Se hunden.

Y para encontrarlas

hay que sumergirse

hasta que los pulmones ardan

y las citas

dejen

de importar.

Publicado por Paradigma

Medio de comunicación dedicado al periodismo literario de largo aliento; nuestras bases son la ética, la veracidad, el respeto a las fuentes y a las audiencias.

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