
«El peligro para el libro impreso no es el libro electrónico, ni internet, ni Twitter, sino la sobreabundancia», afirmaba José Emilio Pacheco en una conferencia. Cada año se publican más de dos millones de libros, y elegir uno implica un compromiso de tiempo, energía y, a veces, dinero. Este dilema se agudiza en bibliotecas o plataformas digitales, donde el exceso de opciones puede paralizar al lector. Basta escribir «recomiéndame un libro» para que algoritmos impersonales respondan como ávidos lectores, simulando un gusto que no poseen.
Las computadoras son entidades extrañas: redes de circuitos que se comunican mediante pulsos eléctricos, como antiguos telégrafos. Aunque usamos términos cognitivos para describirlas —»memoria», «lectura de archivos»—, son sólo metáforas. La pregunta subyacente es inquietante: ¿realmente piensan? Nuestro cerebro, con sus ochenta mil millones de neuronas, también opera con electricidad, pero trasciende lo digital: pensamos, soñamos, amamos, creamos. La lectura y la escritura son habilidades únicas en el reino animal. En un zoológico, escuchamos rugidos, cantos o vemos danzas, pero nunca presenciamos a un animal leyendo.
Los humanos no solo leemos letras. Interpretamos partituras centenarias en salas de concierto o desciframos la notación Laban que guía a los bailarines. Tampoco leemos únicamente con los ojos: el tacto permite a las personas ciegas explorar mundos a través del braille. Las computadoras, por su parte, también «leen» a su manera: procesan código binario, ejecutan órdenes en tarjetas perforadas o coordinan las instrucciones que les brindamos a través de códigos de programación. Pero ¿es comparable a la lectura humana? Warren Weaver propuso tres niveles: pronunciar palabras (como hace la voz robótica de un teléfono), identificar significados individuales (como un diccionario digital) y comprender el significado conjunto (captar metáforas, emociones o tramas complejas).
Mientras nosotros lloramos con un poema u olemos las flores descritas en una novela, las máquinas sólo simulan comprensión. Un traductor en línea no siente la melancolía de un verso; un algoritmo no elige Cien años de soledad por su belleza, sino por patrones de datos. La escritura pudo surgir una o varias veces en la historia, pero hoy trasciende lo humano: internet es una biblioteca infinita, custodiada por algoritmos. Antes, el problema era el acceso al conocimiento; ahora, es la saturación. Como advirtió Gabriel Zaid, los autores ya no aspiran a ser leídos por todos, sino por unos pocos.
Leer ejercita la corteza prefrontal y retrasa el envejecimiento cerebral, por lo que es un hábito que vale la pena cultivar. Ante la sobreabundancia de libros, nos enfrentamos a un dilema que Carlos Fuentes supo plasmar con crudeza: «la vida no nos va a alcanzar para leer y releer todo lo que quisiéramos». La ironía radica en que esta cita llegó a mí no por un amigo, sino por un algoritmo que me recomendó un viejo video de su conferencia. La lectura bien podría ser un accidente evolutivo, fruto de capacidades como el habla y el lenguaje. En nuestra era digital, donde los títulos se acumulan, elegir un libro se convierte en un acto profundamente humano: un diálogo íntimo entre mentes, no entre circuitos.
*Sergio González Mora estudió la licenciatura en Biología, así como la maestría y el doctorado en Ciencias Biológicas en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Sus líneas de investigación se enfocan en el estudio de las faunas fósiles de briozoos en México y otros invertebrados marinos. Ha publicado diversos artículos y capítulos de libros, en colaboración con otros especialistas, sobre paleontología de invertebrados. Su trabajo puede resumirse en una idea clave: estudiar a los seres vivos del pasado para comprender mejor los problemas del presente. Ha sido profesor en las carreras de Biología y Matemáticas Aplicadas de la Facultad de Ciencias de la UNAM, así como en la Universidad de San Carlos de Guatemala. También le interesan los aspectos éticos de la paleontología, la divulgación de la ciencia y su enseñanza.
