
De pronto, me sorprendo tirado en el asfalto con la cara hacia un cielo negro y lluvioso; sin un zapato; con un hilo de sangre saliendo del casco confundiéndose con la lluvia.
La moto se encuentra destrozada a unos metros. Los autos pitan enloquecidos. Seguro estoy estorbando, desde niño siempre ha sido así. Tengo mucho sueño, mucho frío, mucha sed. La torreta de una ambulancia suena cada vez más lejos.
Ojalá no me corran, es apenas mi tercer día. Debo dos meses de renta. Los niños necesitan zapatos, Amalia sus medicinas. Creo que ya no hice esta entrega a tiempo.
