La Fórmula 1 en el Golfo Pérsico y el espejo oscuro del espectáculo global

Por José Moisés Romero Hernández

La Fórmula 1 ha dejado de ser una mera competencia deportiva para convertirse en un fenómeno global donde se cruzan poder, dinero e influencia geopolítica. Su expansión hacia países del Golfo Pérsico como Bahréin, Arabia Saudita, Catar y Emiratos Árabes Unidos ha desatado un debate que va más allá de la velocidad y la tecnología. El llamado sportswashing, o blanqueo de imagen mediante eventos deportivos, ha puesto bajo la lupa las tensiones entre espectáculo, derechos humanos y políticas autoritarias. ¿Qué implica que un deporte que se presenta como global y apolítico funcione como herramienta de poder blando para regímenes con antecedentes de censura y represión?

Para comprender esta dinámica, es necesario analizar no sólo el contexto político y social de estos países, sino también cómo se construyen las narrativas mediáticas y la percepción pública. La Fórmula 1 es mucho más que un deporte; es un escenario simbólico donde se negocian identidades, se lavan imágenes y se proyectan visiones del mundo, muchas veces ocultando las voces que claman por justicia y libertad.

La Fórmula 1 como industria del espectáculo y soft power

El filósofo francés Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, describe cómo en las sociedades modernas el espectáculo mediático no solo entretiene, sino que funciona como una forma de control social, reemplazando la realidad con imágenes que construyen una versión idealizada del mundo. Aplicado a la Fórmula 1, esto se traduce en una narrativa cuidadosamente diseñada que enfatiza la modernidad, la precisión tecnológica y el glamour, mientras desvía la atención de las problemáticas sociales y políticas subyacentes.

El concepto de soft power, formulado por el politólogo Joseph Nye, se refiere a la capacidad de un actor internacional para influir en otros a través de la cultura, valores y diplomacia simbólica, sin recurrir a la coerción militar o económica directa. En este sentido, países como Arabia Saudita han invertido más de 650 millones de dólares en eventos deportivos entre 2021 y 2023, incluyendo la Fórmula 1, como parte de su plan Visión 2030 para diversificar la economía y limpiar su imagen internacional.

Las naciones compiten en un mercado global de reputación donde la cultura, los eventos y los símbolos se vuelven activos estratégicos para proyectar una identidad favorable. Así, el circuito nocturno de Yeda no es solo un lugar para carreras, sino un escenario donde Arabia

Saudita busca mostrarse como un país moderno y cosmopolita, desafiando percepciones tradicionales.

No obstante, esta estrategia se enfrenta a la crítica que Naomi Klein, en La doctrina del shock, describe como «capitalismo del desastre»: cuando gobiernos aprovechan crisis o críticas internacionales para lanzar campañas simbólicas costosas que distraen y legitiman regímenes opacos.

Sportswashing: entre los derechos humanos y el show global

El término sportswashing ha ganado fuerza para describir cómo algunos Estados utilizan eventos deportivos internacionales para mejorar su imagen y desviar la atención de violaciones a los derechos humanos.

El 12 de marzo de 2022, Arabia Saudita llevó a cabo la ejecución simultánea de 81 personas en un solo día, marcando la mayor ejecución masiva registrada en la historia reciente del país, al mismo tiempo que se llevaba a cabo el ePrix de Fórmula E en Riad. Según el Ministerio del Interior saudí, los condenados fueron acusados de delitos que iban desde el «terrorismo» hasta el asesinato y el contrabando de armas. Sin embargo, organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han cuestionado la legitimidad de estos juicios, señalando que muchos de los ejecutados fueron condenados tras procesos judiciales opacos y sin las debidas garantías legales, basados en confesiones obtenidas bajo tortura o malos tratos.

Más de la mitad de los ejecutados pertenecían a la minoría chiita, históricamente marginada en el reino, y algunos fueron condenados por participar en protestas o expresar opiniones críticas al gobierno, actos que en muchos países se consideran parte del ejercicio legítimo de la libertad de expresión y reunión.

Esta ejecución masiva se produjo en un contexto en el que Arabia Saudita busca proyectar una imagen de modernización y apertura al mundo, invirtiendo en eventos deportivos internacionales como la Fórmula 1. Sin embargo, este contraste entre la promoción de una imagen progresista y la persistencia de prácticas represivas ha sido interpretado por muchos como un intento de «lavado deportivo» donde el deporte se utiliza para desviar la atención de las violaciones de derechos humanos.

La comunidad internacional, incluyendo a la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, expresó su preocupación por estas ejecuciones,

señalando posibles violaciones del derecho internacional y la necesidad urgente de una moratoria sobre la pena de muerte en el país.

Lewis Hamilton, siete veces campeón mundial y uno de los pilotos más influyentes en la historia de la F1, ha sido una voz crítica dentro del paddock. En el Gran Premio de Catar 2021, Hamilton utilizó un casco con la bandera arcoíris para mostrar apoyo a la comunidad LGBTQ+, señalando: «No podemos ignorar dónde estamos corriendo». Sin embargo, su postura encontró escasa respuesta institucional, evidenciando que los intereses comerciales pesan más que las causas sociales.

El papel de los medios y la construcción mediática

La teoría de la agenda setting, propuesta por Maxwell McCombs y Donald Shaw, plantea que los medios no dictan qué pensar, pero sí influyen en qué temas son prioritarios para la audiencia. En el caso de la Fórmula 1 en el Golfo Pérsico, existe una omisión frecuente de las violaciones de derechos humanos y un énfasis en el glamour y la innovación tecnológica. Este encuadre o framing, término acuñado por Erving Goffman, permite presentar una narrativa que privilegia el espectáculo y minimiza la crítica política.

Manuel Castells, reconocido sociólogo español, en Comunicación y poder, subraya que la política moderna se articula en el espacio mediático, donde se negocian significados y se establecen agendas. En esta lógica, la F1 funciona como una plataforma que reproduce discursos de modernidad y progreso mientras silencia voces disidentes. Plataformas digitales como TikTok, YouTube y Twitch, que acercan el deporte a nuevas audiencias jóvenes, también contribuyen a esta construcción hiperreal, como una simulación donde la imagen sustituye a la realidad.

Visiones contrapuestas y tensiones culturales

No todos los actores dentro y fuera de la Fórmula 1 coinciden en una interpretación negativa del fenómeno. Defensores de la expansión de la F1 en el Golfo Pérsico argumentan que traer eventos globales fomenta la apertura cultural, el desarrollo económico y la creación de empleo. Además, destacan inversiones en infraestructura deportiva que podrían beneficiar a largo plazo a las sociedades locales.

Algunos expertos en relaciones internacionales consideran que la participación en el deporte global puede incentivar reformas internas al exponer a los países a estándares internacionales y a la presión mediática.

Sin embargo, críticos como Joe Saward, periodista británico especializado en F1, señalan que «en Bahrein o Arabia Saudita hay más hoteles cinco estrellas que aficionados auténticos en las tribunas», evidenciando un modelo basado en el espectáculo para elites, que no genera comunidades deportivas genuinas.

Además, la comparación con otros deportes globales es ilustrativa. El Mundial de Fútbol Qatar 2022 enfrentó críticas similares por el trato a trabajadores migrantes y la falta de libertades políticas. La NBA ha mostrado tensiones entre valores éticos y relaciones comerciales con China, donde las críticas a violaciones de derechos humanos han sido suavizadas para no afectar negocios.

En el corazón de la expansión de la Fórmula 1 hacia el Medio Oriente se encuentra Mohammed Ben Sulayem, presidente de la Federación Internacional del Automóvil (FIA) desde diciembre de 2021. Ex piloto emiratí y figura prominente en el automovilismo árabe, Ben Sulayem ha sido instrumental en fortalecer los lazos entre la FIA y los países del Golfo, promoviendo eventos como el Gran Premio de Abu Dabi y respaldando la creciente presencia de la Fórmula 1 en la región.

Sin embargo, su liderazgo no ha estado exento de controversias. En 2023, fue objeto de una investigación por presunta interferencia en los resultados del Gran Premio de Arabia Saudita, aunque posteriormente fue absuelto por el comité de ética de la FIA. Además, ha enfrentado críticas por propuestas que podrían centralizar aún más el poder dentro de la FIA, generando preocupaciones sobre la gobernanza y la transparencia en la organización.

La relación entre la FIA, la FOM (Formula One Management) y Liberty Media, propietaria de los derechos comerciales de la Fórmula 1, también ha sido objeto de escrutinio. La expansión de la Fórmula 1 en países árabes ha sido vista por algunos como una estrategia de «sportswashing», donde los eventos deportivos se utilizan para mejorar la imagen internacional de regímenes con historiales cuestionables en derechos humanos.

En última instancia, la Fórmula 1 se encuentra en una encrucijada donde el rugido de los motores compite con las voces que claman por responsabilidad y ética. Es un momento para que aficionados, equipos y dirigentes reflexionen sobre el rumbo del deporte y consideren si el espectáculo en la pista puede, o debe, estar desligado de las realidades fuera de ella.

Publicado por Paradigma

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