Por María José Viridiana Paniagua Vera
En pleno siglo XXI, cuando los avances tecnológicos y las luchas por la equidad de género han transformado múltiples aspectos de la vida cotidiana, persisten formas sutiles —pero significativas— de desigualdad. Uno de los ejemplos más elocuentes, y a menudo minimizados, es la persistente falta de bolsillos funcionales en la ropa femenina. Este detalle de diseño, aparentemente trivial, esconde una historia de exclusión, desigualdad de género, control simbólico y explotación económica. El presente ensayo explora cómo la exclusión sistemática de bolsillos en la ropa de mujer no sólo responde a decisiones estéticas, sino que se inscribe en dinámicas más amplias de micromachismo, estereotipos de género y estrategias de consumo, reforzadas por la industria de la moda y las lógicas capitalistas. Desde un análisis que combina historia del diseño, teorías sociológicas y críticas al consumo, se propone visibilizar este fenómeno como una forma contemporánea de violencia simbólica y económica hacia las mujeres.
1. El origen de un diseño con género
La historia de los bolsillos en la ropa femenina es una narrativa de control, autonomía y resistencia. Durante los siglos XVII al XIX, las mujeres utilizaban bolsillos independientes que se ataban a la cintura y se ocultaban bajo las faldas. Estos bolsillos eran espacios personales donde guardaban objetos esenciales como llaves, monedas y cartas. Ariane Fennetaux y Barbara Burman, en su obra The Pocket: A Hidden History of Women’s Lives, 1660–1900, argumentan que estos bolsillos representaban «un espacio bajo el control de las mujeres en una época en que no se suponía que tuvieran acceso a la posesión o propiedad».
Sin embargo, con la llegada del siglo XIX y los cambios en la moda, estos bolsillos comenzaron a desaparecer. La ropa femenina se volvió más ajustada y ornamental, eliminando la funcionalidad en favor de la estética. Este cambio reflejaba una visión de la mujer como un ser decorativo, cuya movilidad y autonomía eran secundarias. Hannah Carlson, en su libro Pockets: An Intimate History of How We Keep Things Close, señala que “la ropa de mujer en el pasado carecía de bolsillos porque ‘cuantas más cosas podían llevar las mujeres, mayor era la libertad que podían ejercer’”.
La Primera y Segunda Guerra Mundial marcaron un punto de inflexión. Con la incorporación masiva de mujeres al ámbito laboral, especialmente en industrias y fábricas, surgió la necesidad de ropa funcional. Sin embargo, incluso en este contexto, la ropa diseñada para mujeres carecía de bolsillos adecuados. Carlson destaca que los uniformes suministrados a las mujeres en el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial no tenían bolsillos, mientras que los de los hombres sí.
En la actualidad, a pesar de los avances en la igualdad de género, la ropa femenina sigue priorizando la estética sobre la funcionalidad. Los bolsillos, cuando existen, suelen ser pequeños o incluso falsos, lo que obliga a las mujeres a depender de bolsos y carteras. Esta dependencia no solo limita la movilidad, sino que también perpetúa una visión de la mujer como objeto decorativo. Como señala Carlson, «la ropa de mujer a menudo falla en su función, reflejando la noción de que la ropa masculina está destinada a la utilidad y la femenina a la belleza».
l. El micromachismo textil: Control en lo cotidiano
Los micromachismos, término acuñado por el psicoterapeuta argentino Luis Bonino en 1990, se refieren a «comportamientos masculinos que buscan reforzar la superioridad sobre las mujeres mediante tretas invisibles y violencia blanda» . Estos actos, aunque sutiles y a menudo imperceptibles, perpetúan la desigualdad de género en la vida cotidiana.
La ausencia o inutilidad de los bolsillos en la ropa femenina es un claro ejemplo de micromachismo textil. Esta carencia obliga a las mujeres a depender de bolsos o carteras, limitando su movilidad y autonomía. Además, refuerza la idea de que la funcionalidad no es una prioridad en la vestimenta femenina, perpetuando estereotipos de género que asignan a las mujeres un rol decorativo en lugar de práctico.
Desde la perspectiva de Pierre Bourdieu, el «habitus corporal» se refiere a cómo el cuerpo es moldeado por las estructuras sociales y culturales. La falta de bolsillos funcionales en la ropa femenina condiciona el comportamiento y las posibilidades de acción de las mujeres, restringiendo su capacidad de actuar con independencia y reforzando su posición subordinada en la sociedad.
Esta problemática no solo afecta la comodidad, sino también la seguridad y la eficiencia en la vida diaria. Por ejemplo, un estudio de The Pudding reveló que, en promedio, los bolsillos frontales de los jeans femeninos son un 48% más cortos y un 6.5% más estrechos que los de los hombres, lo que dificulta llevar objetos esenciales como teléfonos móviles o llaves.
3. Consumismo de género: Una necesidad fabricada
La industria de la moda ha capitalizado la carencia de bolsillos funcionales en la ropa femenina, promoviendo la necesidad de adquirir bolsos y carteras como accesorios indispensables. Esta estrategia responde a lo que Naomi Wolf denomina «el mito de la belleza», una construcción social que impone estándares estéticos inalcanzables a las mujeres para mantenerlas en una posición de subordinación y fomentar el consumo.
Theodor Adorno y Max Horkheimer, en su crítica a la industria cultural, argumentan que el capitalismo utiliza la cultura de masas para manipular a la sociedad y mantener el status quo. La moda, como parte de esta industria, crea necesidades artificiales y promueve productos que refuerzan las estructuras de poder existentes. La falta de bolsillos en la ropa femenina es un ejemplo de cómo se fabrican carencias para impulsar el consumo y perpetuar la desigualdad de género.
Este fenómeno también puede analizarse desde la perspectiva de la «industria cultural» de Adorno y Horkheimer, que sostiene que la cultura de masas produce bienes estandarizados para manipular a la sociedad y mantenerla pasiva. La moda, al crear necesidades artificiales y promover productos que refuerzan las estructuras de poder existentes, contribuye a la perpetuación de la desigualdad de género.
Además de las motivaciones estéticas y de consumo, la exclusión de bolsillos en la ropa femenina responde a estrategias de reducción de costos por parte de la industria de la moda. Incorporar bolsillos funcionales implica un mayor uso de tela y mano de obra adicional, lo que incrementa los costos de producción. En un mercado dominado por el fast fashion, donde la eficiencia y la reducción de gastos son prioritarias, eliminar elementos considerados «no esenciales» como los bolsillos se convierte en una táctica común para abaratar costos.
Esta práctica también se ve influenciada por las tendencias de diseño que priorizan siluetas ajustadas y líneas limpias en la ropa femenina. Los bolsillos pueden alterar la caída de la prenda o generar «bultos» no deseados, lo que lleva a los diseñadores a omitirlos para mantener la estética deseada.
En conjunto, estas decisiones de diseño y producción no solo reflejan consideraciones económicas, sino que también perpetúan una visión de la mujer como objeto estético más que como sujeto funcional, limitando su autonomía y reforzando roles de género tradicionales.
4. Resistencias: Moda funcional y feminismo cotidiano
A pesar de las estrategias de la industria de la moda, han surgido movimientos y marcas que cuestionan la lógica de la estética sobre la funcionalidad en la ropa femenina. Campañas como #WeWantPockets exigen que la ropa femenina priorice la funcionalidad sin renunciar a la estética. Esta resistencia también se manifiesta en redes sociales, donde miles de mujeres exponen la diferencia de bolsillos entre géneros como una forma de denuncia.
Desde la teoría del discurso social de Michel Foucault, cada cuerpo habla desde su lugar en el poder. Cuando miles de mujeres señalan con memes, reels o textos su molestia con este «detalle», están desestabilizando ese orden simbólico impuesto por décadas. Estas acciones cotidianas representan formas de resistencia que cuestionan las estructuras de poder y promueven la igualdad de género.
Una manifestación tangible de esta resistencia es la decisión de muchas mujeres de adquirir pantalones diseñados para hombres, buscando así la funcionalidad que la moda femenina a menudo les niega. Esta elección no solo responde a la necesidad de bolsillos más grandes y útiles, sino también a una protesta contra las normas de género impuestas por la industria de la moda. Como señala Anne Vaeth en su artículo «What’s the Deal with Women’s Pants?», las mujeres se ven forzadas a adaptarse a prendas que no consideran sus necesidades prácticas, lo que las lleva a buscar alternativas en la sección masculina.
Esta tendencia también ha sido reconocida por figuras icónicas de la moda. Jane Birkin, conocida por su estilo andrógino, expresó su preferencia por la ropa masculina debido a la funcionalidad de sus bolsillos, destacando cómo la moda femenina a menudo sacrifica la practicidad por la estética.
Conclusión
La ausencia de bolsillos funcionales en la ropa femenina no es una omisión inocente ni reciente. Es el resultado de siglos de construcción cultural, simbólica y económica de lo que debe ser una mujer: adorno antes que herramienta, estética antes que autonomía. Como se ha demostrado a lo largo del ensayo, la ropa que usamos (o que nos permiten usar) comunica, condiciona y moldea. En el caso de los bolsillos, su eliminación o reducción sistemática en prendas femeninas responde tanto a estructuras patriarcales como a estrategias capitalistas que convierten la necesidad en oportunidad de negocio.
Desde el «habitus» corporal de Bourdieu hasta la lógica de la industria cultural de Adorno y Horkheimer, este ensayo ha evidenciado cómo el diseño de moda no es neutral: refleja relaciones de poder que se encarnan en los cuerpos, los hábitos y los objetos cotidianos. Que las mujeres tengan que recurrir a comprar ropa de hombre para acceder a bolsillos funcionales, o que movimientos como #WeWantPockets hayan surgido como reclamos colectivos, son muestra de que las nuevas generaciones no aceptan ya la exclusión como norma.
Por ello, denunciar la falta de bolsillos en la ropa femenina no es frívolo ni superficial. Es una forma de cuestionar, de resistir, de exigir que las necesidades reales de las mujeres sean tomadas en cuenta en todos los espacios, incluso en aquellos que la cultura ha trivializado. Porque los detalles importan. Y los bolsillos —sí, los bolsillos— son también una trinchera feminista.
Referencias
- Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (1947). Dialéctica de la Ilustración. Editorial Trotta.
- Bonino, L. (1990). Micromachismos: La violencia invisible en la pareja.
- Bourdieu, P. (1977). Esquisse d’une théorie de la pratique. Cambridge University Press.
- Burman, B., & Fennetaux, A. (2019). The Pocket: A Hidden History of Women’s Lives, 1660–1900. Yale University Press.
- Carlson, H. (2023). Pockets: An Intimate History of How We Keep Things Close. Algonquin Books.
- Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
- The Pudding. (2018). The Pockets Gender Gap. Recuperado de https://pudding.cool/2018/08/pockets/
- Vaeth, A. (2019). What’s the Deal with Women’s Pants? Medium. Recuperado de https://annemarievaeth.medium.com/whats-the-deal-with-womens-pants-2f5e7ad b974e
- Vanity Fair. (2016). Jane Birkin on the Best Part of Men’s Wear: The Pockets. Recuperado de https://www.vanityfair.com/style/2016/02/jane-birkin-interview
- Wolf, N. (1990). The Beauty Myth: How Images of Beauty Are Used Against Women. Harper Perennial.
- Oshima. (2023). How garment factories can save up to 25% fabric costs with low waste practices. Recuperado de https://www.oshima.com.tw/blog/how-garment-factories-can-save-up-to-25percen tage-fabric-costs-with-low-waste-practices
