
Aunque tras el cese al fuego entre Estados Unidos e Irán hay una tensa calma en Oriente Medio, las consecuencias de los ataques contra la nación islamista seguirán pesando en tanto los recursos que ha gastado el territorio en investigación nuclear se vuelvan un desperdicio por la muerte de sus científicos y la destrucción de sus plantas atómicas.
Pasan los siglos y Occidente sigue con sus ideas oscurantistas, bajo la triste premisa del miedo en forma de propaganda y el principio de «sólo yo quiero tener el poder»; al mundo lo siguen dominando las sombras: «un fantasma recorre el mundo…», y ya sea el del comunismo o el de armas nucleares jamás comprobadas, las potencias prevén cualquier escenario que les quite su desigual estabilidad a través de la destrucción y la violencia.
La historia está plagada de ejemplos donde la expansión de las civilizaciones occidentales, impulsada por una mezcla de temor a lo desconocido y una profunda ignorancia de las complejidades culturales y los avances científicos de otras regiones, ha llevado a la destrucción o estancamiento de florecientes centros de conocimiento y poder.
Un caso paradigmático es el de la Edad de Oro del Islam (del siglo VIII al siglo XIII, aproximadamente), que durante siglos superó con creces a Europa en campos como las matemáticas, la astronomía, la medicina y la filosofía. Ciudades como Bagdad, el Al Andalus y El Cairo eran faros de aprendizaje, albergando bibliotecas inmensas y academias donde se traducían y desarrollaban textos de la antigüedad griega, persa, india y demás culturas.
Sin embargo, con el avance de las Cruzadas y posteriormente la expansión del colonialismo europeo, esta rica tradición fue sistemáticamente desmantelada.
El saqueo de Bagdad por los mongoles en 1258, si bien no fue una acción directa occidental, fue exacerbado por el debilitamiento general de la región debido a las presiones externas y la percepción de Oriente como un adversario a ser conquistado en lugar de un socio a ser entendido. La quema de bibliotecas y la supresión de la investigación científica en algunas áreas dominadas por potencias occidentales, a menudo por la convicción de que el conocimiento local era herético o inferior, representó una pérdida irrecuperable para la humanidad.
Este patrón de destrucción y subyugación no se limitó al Medio Oriente.
En el continente americano, la llegada de los europeos significó el colapso de civilizaciones avanzadas como la azteca, la maya y la inca. Estas sociedades poseían complejos sistemas de escritura, intrincadas redes urbanas, conocimientos astronómicos precisos y sofisticadas técnicas agrícolas y de ingeniería. Sin embargo, la ceguera cultural de los conquistadores, combinada con su fanatismo religioso y su búsqueda insaciable de riqueza, llevó a la aniquilación de estas culturas. Templos y códices fueron quemados, imperios desmantelados y vastas poblaciones diezmadas por enfermedades introducidas y una brutal explotación.
No se trató solo de la superioridad tecnológica en armamento; fue la incapacidad o falta de voluntad de reconocer el valor intrínseco de estas civilizaciones y su progreso. Se percibió lo diferente como una amenaza a erradicar, en lugar de una fuente de aprendizaje y enriquecimiento mutuo.
La imposición de lenguas, religiones y sistemas políticos occidentales, a menudo violentamente, sofocó el desarrollo endógeno y relegó a estas culturas a un estatus de subalternidad, impidiendo que sus innovaciones y filosofías continuaran floreciendo y contribuyendo al acervo global del conocimiento.
En el siglo XIX y principios del XX, el colonialismo europeo se expandió por África y Asia, perpetuando este ciclo de destrucción cultural y tecnológica. La Revolución Industrial en Occidente, si bien un hito en sí misma, alimentó una arrogancia tecnológica que veía a las demás regiones como meros territorios a explotar por sus recursos y mano de obra, sin consideración por sus propias trayectorias de desarrollo. Sistemas de irrigación ancestrales, conocimientos medicinales tradicionales y estructuras sociales eficientes fueron desmantelados o ignorados en favor de modelos occidentales que a menudo resultaban ineficaces o perjudiciales en los contextos locales.
La justificación ideológica de estas acciones a menudo se basaba en la «misión civilizadora», un concepto que implicaba que las culturas no occidentales eran inherentemente atrasadas y necesitaban la guía europea para progresar.
Este paternalismo encubría una profunda ignorancia sobre las sofisticadas estructuras de gobernanza, los sistemas educativos y los avances científicos que existían en regiones como la India o China, que en muchos aspectos superaban a Europa en períodos anteriores. El temor a la emergencia de competidores y la imposibilidad de comprender o apreciar formas de conocimiento que no encajaban en su propio marco epistemológico occidental llevaron a la supresión sistemática de la innovación y la autosuficiencia en las regiones colonizadas, dejando un legado duradero de dependencia y subdesarrollo que aún hoy se manifiesta.
Por eso, en este mundo interconectado, en la era de la información, cuando más acceso ha existido al conocimiento en la historia humana, no permitamos que sea la propaganda y la mentira mediática y empresarial la que rija ni la agenda informativa ni nuestras conciencias. El musulmán no es sinónimo de terrorista, el yihadismo no es sinónimo de maldad; en el mundo hay matices, no solo es un juego de buenos o malos; hay que cuestionar cada vez más a Occidente, porque Donald Trump, presidente de Estados Unidos, no es el primer líder de las potencias en ser un maniático empoderado… De eso, la historia puede darnos testimonio.
