
Llevo una década enseñando paleontología a futuros biólogos, y entre los desafíos más fascinantes —y complejos— está lograr que comprendan la magnitud del tiempo geológico. Nuestras vidas transcurren en segundos, horas o años: sabemos qué hicimos ayer, pero ¿recordamos qué desayunamos el miércoles pasado? Sin una agenda, incluso un mes se difumina. Y cuando miramos atrás, el tiempo parece acelerarse: en la infancia, las vacaciones eran eternas; hoy, un año pasa en un suspiro.
Esta percepción fragmentaria del tiempo choca con la escala de la Tierra. Basta observar cómo las olas tallan rocas o la lluvia erosiona montañas: cambios mínimos que, acumulados durante miles de millones de años, esculpieron el planeta. Los primeros geólogos intuyeron esta lentitud monumental. Los continentes se desplazan como piezas de un rompecabezas, dejando pistas en estratos rocosos; las especies surgen y desaparecen en intervalos que superan toda existencia humana.
Para ilustrar lo inabarcable, recurro a metáforas en clase. La más conocida es el Calendario Cósmico de Carl Sagan: si el Big Bang ocurrió el 1° de enero, los humanos aparecemos en los últimos diez minutos del 31 de diciembre. Nuestra historia entera sería un grano de polvo en ese reloj. Otras analogías ayudan: imaginen una cerveza bien servida. La espuma representa los últimos millones de años; el fondo del vaso, los 4,500 millones de años desde la formación de la Tierra. El escritor John McPhee lo ejemplificó así: si la historia terrestre fuera una yarda (la distancia entre la nariz del rey y su dedo), un limado de uñas borraría toda la humanidad.
Este tiempo profundo, como lo denomina la geología, es esencial para entender la evolución. Los seres vivos pueden vivir horas o décadas; las especies se originan y extinguen en millones de años; las biotas globales cambian en escalas aún mayores a través de las extinciones masivas. Cada nivel deja huellas distintas y exige miradas diferentes. Por ello, comprender este concepto es crucial no solo para los estudiantes de las ciencias de la vida, sino para cualquiera que busque entender su lugar en el mundo.
Vivimos obsesionados con el presente, pero para descifrarlo debemos mirar más atrás. El pasado nos revela que somos un instante en la vasta narrativa de la vida. Y esta década, en la que he explorado el tiempo profundo con generaciones de estudiantes, no ha sido más que un abrir y cerrar de ojos.
