
En laboratorios y centros de investigación persiste una paradoja: mientras la ciencia se fundamenta en ideales de colaboración y difusión del conocimiento, muchas instituciones insisten en emplear herramientas tecnológicas privativas, costosas y restrictivas. Mi propia trayectoria académica refleja esta contradicción. Descubrí que el software libre no solo resultaba viable, sino que era éticamente congruente con el espíritu investigador. Sin embargo, me enfrenté sistemáticamente a un obstáculo invisible: la exigencia de formatos privativos (.docx, .pptx, .ai) en revisiones de tesis, congresos y publicaciones científicas. Cada conversión de formato significaba tiempo perdido, y cada licencia pagada representaba recursos sustraídos a la investigación o a mi bolsillo.
Las universidades y muchos centros de investigación parecen repetir un mantra: «Usamos Windows (o macOS) porque simplemente funciona». Pero debemos preguntarnos: ¿funciona para quién exactamente? Cuando las instituciones destinan millones de pesos en licencias anuales -fondos que podrían destinarse a becas o equipamiento- están financiando nuestra propia dependencia tecnológica. Más grave aún: normalizan que académicos e investigadores sacrifiquen su autonomía digital en nombre de una supuesta «comodidad». Tengo presente cómo algunos profesores rechazaban revisar trabajos en PDF, exigiendo «el documento en Word para hacer comentarios», como si las herramientas para anotar PDFs no existieran. El problema nunca ha sido técnico; es, en esencia, cultural.
Es particularmente irónico que eventos dedicados a la difusión del conocimiento exijan formatos que limitan precisamente ese acceso. ¿Cómo explicar que un congreso científico -financiado en parte con recursos públicos- requiera presentaciones exclusivamente en PowerPoint, cuando alternativas como Impress permiten crear materiales equivalentes sin costo? Las revistas especializadas reproducen este patrón: muchas exigen figuras en formato .ai de Illustrator, ignorando deliberadamente que Inkscape genera archivos vectoriales (.SVG) perfectamente compatibles. No sugiero eliminar los estándares, sino abrirlos hacia opciones verdaderamente accesibles.
El software libre no propone una conversión dogmática. Plantea una elección consciente: ¿preferimos que nuestro trabajo académico dependa de corporaciones (cuyos intereses son fundamentalmente comerciales) o de comunidades que priorizan el acceso abierto y nuestra libertad en la generación de conocimiento? La ciencia que aspira a ser verdaderamente universal debe construirse con herramientas igualmente universales. En este sentido, el software libre no es simplemente una alternativa más; representa el camino lógico y coherente con los valores fundamentales de la investigación científica.
*Sergio González Mora estudió la licenciatura en Biología, así como la maestría y el doctorado en Ciencias Biológicas en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Sus líneas de investigación se enfocan en el estudio de las faunas fósiles de briozoos en México y otros invertebrados marinos. Ha publicado diversos artículos y capítulos de libros, en colaboración con otros especialistas, sobre paleontología de invertebrados. Su trabajo puede resumirse en una idea clave: estudiar a los seres vivos del pasado para comprender mejor los problemas del presente. Ha sido profesor en las carreras de Biología y Matemáticas Aplicadas de la Facultad de Ciencias de la UNAM, así como en la Universidad de San Carlos de Guatemala. También le interesan los aspectos éticos de la paleontología, la divulgación de la ciencia y su enseñanza.
