Enfermarse a 24 meses sin intereses

— ¿Aceptan meses sin intereses?

—Solo en perfumes, señor. Las medicinas se pagan de un jalón… o no se pagan.

La mujer frente a mí ni siquiera se rió. Tampoco yo. Estaba en la fila de la farmacia, esperando mis pastillas para la garganta, cuando escuché la frase. Él sostenía una receta larga, de esas que parecen lista de útiles escolares. En su mano, una tarjeta con el chip ya medio desgastado. En la otra, una hoja con tachones y subtotales escritos a pluma.

El aire olía a mentol artificial y desinfectante barato. Entre los estantes, anuncios de “2×1 en vitaminas” competían con letreros de “NO SE ACEPTAN DEVOLUCIONES” escritos con marcador permanente.

Detrás de mí, una joven con uniforme de cafetería —manchado con algo que parecía salsa y café frío— apretaba un termómetro digital. Cada pitido coincidía con el tic-tac del reloj de la farmacia: contaban juntos los minutos que le faltaban para llegar tarde a su segundo trabajo.

Pagó lo urgente. Y dejó lo necesario para después, si es que el cuerpo aguanta.

Hace dos semanas no escribí esta columna porque me enfermé. Nada grave —un virus estacional, dijeron—, pero suficiente para darme cuenta de que ni siquiera yo, que hasta hace poco tenía seguro médico, estoy a salvo. Esta vez acabé comprando lo que encontré, porque la consulta ya se me había hecho un lujo.

Mi teléfono vibró: “Cita dental pendiente”. Lo silencié. En esta economía, hasta los dientes esperan su turno.

Lo primero que pensé no fue “me voy a cuidar”. Fue: “¿cuánto me va a costar?”.

Ver a las otras personas en la sala de espera —madres, ancianos, adolescentes— me recordó otros tiempos, cuando pedir consulta era un acto de fe.

Me dio rabia. Porque en este país el reposo es un delito de lujo.

Laura estaba sentada frente a mí. Tendría treinta y pocos, pero el cansancio le sumaba años. Sostenía a Iker, el menor, contra su blusa manchada de jugo. Fabián, de unos seis años, jugaba a contar las baldosas rotas del piso. Uno, dos, tres… hasta veinte. Luego volvía a empezar. Como si los números pudieran protegerlos de lo que vendría después.

Laura le acariciaba el pelo con una mano mientras con la otra apretaba un pañuelo sucio. Lo usaba para limpiarle la nariz a Iker, pero también para secarse los ojos cuando nadie miraba. El pañuelo olía a manzanilla, a miedo, a resignación.

El doctor ni siquiera la miró al recetarle el jarabe. Solo tarareaba mientras tecleaba. Ella quiso preguntar “¿y si no alcanza?”, pero la tos de Iker se lo llevó todo.

Antes de salir del consultorio, Laura pasó frente al mostrador de cobro. La cajera le entregó la receta sin mirarla, como quien devuelve un billete falso.

El consultorio era pequeño. El aire olía a alcohol gel vencido y a derrotas recalentadas. En las sillas, los cuerpos se hundían como monedas en una alcancía rota: algunos brillaban todavía, otros ya habían perdido su valor.

En la farmacia, Don Julián sacaba cuentas. Tenía el porte de quien alguna vez firmó contratos con tinta negra y asistió a bodas con traje completo, pero ese día revisaba su receta con dedos torpes.

Se buscó en los bolsillos como quien repasa un truco de magia esperando que ahora sí aparezca el billete que falta. Pero no apareció. Pagó con tarjeta. No se llevó todos los medicamentos. Eligió los más urgentes, dejó los costosos, y sostuvo con fuerza el único objeto que no soltó en todo el trámite: una botella de refresco.

Las manos le temblaban. Las mismas que en los noventa sostuvieron el acta de matrimonio con firma firme; en 2007 firmaron el crédito de la casa con trazos seguros; en 2019 palparon el bulto en el pecho con línea quebrada. Ahora, apenas podían sostener la tarjeta.

Al guardar la cartera, noté que tenía una foto descolorida de Verónica. La había recortado para que cupiera junto a su INE.

Ahora, esas manos calculaban gramos de amoxicilina por peso mexicano.

El scanner pitó tres veces —el mismo tono agudo del monitor cuando nació Verónica—. Treinta y dos años después, su hija le escribía desde Montreal: “Papá, cuídate”. Él miró los medicamentos que no llevaría. “Sí, mija”, respondió en voz baja, como si ella pudiera oírlo a través del logo de Visa en la terminal.

Desde el 2020 vivimos en modo apagado por mantenimiento. Aprendimos que el cuerpo es como esos negocios con cortinas bajas: un día estás ahí, y al siguiente, un letrero de “SE RENTA” pegado con cinta en el pecho.

En este país, la salud viene con código de barras y fecha de caducidad. Los pobres compran salud al menudeo: pastillas sueltas, consultas a medias, ultrasonidos pagados en abonos. Los ricos pagan seguros que nunca usarán —miles de pesos al año por el privilegio de ignorar el precio del paracetamol—. Y los de en medio —los que creyeron en la meritocracia— se endeudan en Afore o en farmacias de paso.

Mientras Laura contaba monedas, en una clínica privada a tres calles, una enfermera rellenaba de alpiste los comederos para pájaros de la sala de espera. “Para relajar a los pacientes”, decía el folleto. Costo de la consulta: $1,800. Lo mismo que Laura gana en dos semanas limpiando casas, si no falta ningún día. Si no se enferma. Si el metro no se retrasa.

Los pájaros cantan en jaulas de oro, mientras afuera los niños tosían sin seguro médico.

Pero el verdadero precio no está en la receta. Está en el hijo que deja de pedir zapatos nuevos, en la luz que se corta dos días, en el “ya me sentiré mejor mañana” que se repite como un rosario de mentiras piadosas.

La pregunta real no es “¿me curo?”, sino “¿qué sacrifico para curarme?”. ¿La despensa de la semana? ¿Las colegiaturas? ¿El “ya después me lo checo” que termina en urgencias?

Al salir, Laura estaba agachada en la banqueta, juntando las monedas que Iker había dejado caer. Los pesos rodaban haciendo el sonido de una alcancía vacía. Fabián reía, feliz con el juego nuevo que acababa de inventar: “A ver cuánto tarda en caer”, decía. No sabía que era el mismo juego que jugamos todos los días.

Un guardia de seguridad nos miró con fastidio: —No se estacionen aquí —dijo. Ni siquiera notó que no teníamos auto.

Mi teléfono vibró de nuevo. Bajo el recordatorio de la cita dental, otra notificación: “Tu línea de crédito ha sido aumentada”.

La archivaré, como archivé el dolor de espalda, como archivamos todos la dignidad a plazos.

En este país, hasta la salud se paga en abonos que nunca terminamos de cubrir.

La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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