
Lo que no decimos se nos acumula en el cuerpo, se convierte en insomnio, en nudos en la garganta, en nostalgia, en error, en deuda, en insatisfacción, en tristeza. Lo que no decimos no se muere… Nos mata.
Autor anónimo
Asaltos, injurias, prejuicios, inmoralidades, asesinatos, venganza, sufrimiento; este era el contenido de las representaciones teatrales griegas; la tragedia griega (originada en el siglo VI a.C, en Atenas), con una función social, consistía en la puesta en escena de un máximo de tres actores en su papel de héroes o villanos, de dioses, poetas, dramaturgos y comediantes donde, el público presenciaba alguna situación o problemática a resolver durante la obra. Los actores, experimentaban en carne propia las motivaciones y conflictos del héroe, la ruptura con la moralidad del villano, las lágrimas del doliente y el júbilo del comediante. Por su parte, en el anfiteatro, mimetizados con el dolor, el miedo, la ira, las pasiones y deseos de los actores, el público derramaba lágrimas, escuchaba un grito desde lo más profundo de su alma; sentían el rechinar de sus dientes y sus puños asidos a la blanca lana del quitón, o al rojo lino del himatión que cubría sus hombros y rodeaba sutilmente del codo hasta la muñeca.
Así, la tragedia griega mostraba frente al teathron (zona de gradas en la ladera de una montaña) la realidad y naturaleza divina y humana, su crueldad y su bondad, sus conflictos y deseos más profundos. El proscenio (escenario) era un espejo revelador de emociones, anhelos, esperanzas, goce, desolación, regocijo… ¿Cómo no experimentar la desesperación y culpa de Edipo quién se sacó los ojos al enterarse de que cometió parricidio e incesto? Vaya calamidad representada en este drama de Sófocles. ¿Quién no se afligiría por el dolor de Jasón al saber que Medea (obra escrita por Eurípides) envenenó a su esposa Glauce y mató a los hijos propios para vengarse por su traición?, Jasón, casado primero con Medea, decidió dejarla y exiliarla para tener una mejor posición social al casarse con Glauce, hija del Rey Creonte. ¿Alguien podría no experimentar la frustración de Lisístrata y sus congéneres por vivir la frecuente ausencia de su marido y demás hombres dedicados a hacer guerra? Comedia para unos, hartazgo para otras es lo que Aristófanes representa en esta obra donde la astucia de un grupo de mujeres lideradas por Lisístrata lleva a la solución de un conflicto bélico. En suma, este reflejarse, este compartir lágrimas, risas, emociones y reflexiones guiados por la dramatización se denominó catarsis, fenómeno de liberación, purga, expulsión y expiación.
La catarsis (del griego κάθαρσις ἡ [sust.]), con origen en la tragedia griega, comparte su historia con la idea de purga en el pensamiento Hipocrático (siglo V a.C.), para el padre de la medicina existían cuatro humores habitando el cuerpo humano: bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre, los cuales se corresponden con un órgano principal y les caracteriza cierto temperamento (p.ej. colérico, melancólico, activo). El desequilibrio en estos humores conducía a la enfermedad, la cual, debía curarse a través de la catarsis: baños, vómito, ejercicios, dietas, brebajes servían como purga dependiendo del exceso identificado por el médico en alguno de los fluidos. Curiosamente es un concepto que, muchos siglos después, se usó para referirse al proceso de sanación psíquica. Sigmund Freud, a finales del siglo XX, descubrió —junto con el Dr. Josef Breuer— que el revivir los eventos traumáticos permitía liberar las emociones y así, resolver los conflictos pasados (origen del trauma) y presentes (síntomas). El método catártico, en un inicio, fue la hipnosis, pero más tarde, Freud se daría cuenta que la hipnosis no servía del todo como método catártico, de tal forma que estableció como nuevos métodos la asociación libre y el análisis del inconsciente, medios verbales para la expresión de los eventos traumáticos de manera consciente, teniendo como consecuencia la liberación de emociones reprimidas, deseos y conflictos.
El inconsciente, memoria inaccesible para el individuo, oculta tras representaciones simbólicas, contiene el trauma: un desequilibrio en el principio de placer y de realidad, y entre las pulsiones de Eros y Thanatos, encuentra cura a través del habla; el Ello, el Superyó y el Yo, se reconcilian al recordar: contar lo sucedido, narrarlo, reconocer las emociones enquistadas, con el fin de resignificar el pasado, aliviar la tensión emocional y dar salida a lo reprimido. Aquí no hay espejo, no se ve al otro, es uno mismo hablándose y acomodando recuerdos, culpas, vergüenza, pesar cotidiano, vacío por del abandono. El actor es uno mismo y la obra de teatro, lo vivido, uno es el artista que sublima, que transforma el trauma en arte, es catarsis creativa.
Seguramente puedes observar una pintura que evoca recuerdos, quizá tu piel se eriza al escuchar una pieza musical o una voz armoniosa. Puede que las lágrimas broten al ver una escena dramática o llena de alegría, incluso, si otros ríen, reirás; si alguien está angustiado a tu lado, te preocuparás; una cara triste en un infante provoca congoja en ti; si escuchas una historia contada con toda emoción, puede que la vivas en el recuerdo del otro. Acompaño al otro y el otro me acompaña, es la empátheia (ἐμπάθεια = empatía), posibilita sentir desde dentro lo que percibo en el mundo que me rodea como un mundo vivo, representado ante mis ojos. Empatía, condición necesaria para que la catarsis pueda darse; debo poder ser lo suficientemente sensible al mundo de los sentidos y las emociones para saber lo que me acontece, eso hace el artista en sus obras, manifiesta su sensibilidad ante el mundo circundante; entra en trance, momento catártico, deseos, dolores, angustias, nostalgia, melancolía, odio, desprecio, felicidad, hechos una suerte de colores dispuestos den formas diversas; notas musicales minuciosamente ordenadas frente a la clave de sol y a lo largo del pentagrama. Es piedra en forma de cólera, amor, miedo, piedad. Son palabras que construyen realidades, escritura poética, mitos heroicos, crónicas de la cotidianeidad; escritura y catarsis, empatía escrita, sublimación literaria.
Referencias
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*Cristopher Tamayo Herrera. Licenciado en Psicología por la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (UNAM). Profesor de Asignatura A de tiempo completo. Forma parte del Programa Interdisciplinario Institucional de Atención a la Violencia y Estudios de Género (PIIAV). Diplomado en Profesionalización Docente por la FES Iztacala. Diplomado en Investigación y Perfeccionamiento Docente por la FES Iztacala. Doctorando en Psicología, en el área de la Salud, en FES Iztacala. Puedes contactar al autor en: cristopher.tamayo@iztacala.unam.mx

