Por Mariano Diani
Dormía en la silla, apoyado en una estantería, contenía fertilizantes, palas, tijeras, macetas de las que colgaban enredaderas.
Gotas, producto del calor, se deslizaron por la lona, cayeron al suelo de tierra, una cruzó la frente ancha y la ceja gruesa.
En el bosque observó nubes y estrellas. Los leños crepitaron, las llamas de la fogata iluminaron el semblante severo del indio, sentado con piernas cruzadas sobre pieles de animales, las arrugas surcaban su rostro pintado de blanco, los ojos negros le brillaron, su sombra flotaba en las paredes de la carpa. Le acercó un cuenco, su expresión denotó obediencia, estiró el brazo, tomó el recipiente, el líquido bullía, levantó la vista, el indio arqueó los labios, asintió con el ceño fruncido. Bebió el brebaje de dos tragos insoportables de amargura. Mareado, aspiró una bocanada de aire, el indio lo observó como un juez a punto de dictar una condena, dijo palabras incomprensibles, la pronunciación áspera lo atemorizó. Se desmayó.
Le costó despertar, se estiró. En su mente persistía la mirada del indio.
El ritual del sueño pareció real, proveniente de otra vida, le perturbó la idea de no despertar.
La somnolencia persistente recorría sus extremidades fornidas. Se entusiasmó al imaginar la cena.
La gravilla humedecida del sendero brilló por la luz de la linterna en la oscuridad de la noche.
Subió los tres escalones del porche, abrió la puerta, en la mesa de madera dejó los guantes y el cinturón con instrumentos de jardinería. Alimentó el fuego del hogar con leña de la pila, lo acomodó con el brasero.
Dibujó símbolos en las cenizas. No adivinó de dónde provenían, ni el significado.
«Tonterías» —pensó. Ladeó los labios, contorneados por la barba negra y espesa.
Puso el sartén al fuego, salteó vegetales y carne.
Repasó las preguntas; quién lo construyó, cuándo, otros podrían haber presenciado las interpretaciones, quizá el invernadero quiso revelarse.
Creía en los mensajes ocultos de las representaciones. El invernadero concedía paz, nada faltaba por hacer o esperar.
Le llevó meses conocerlas. Evitar inhibirlas, cortar tallos secos, controlar la humedad. Instaló estufas automáticas, luz artificial, usó fertilizantes e instrumentos de podar nuevos. Le permitieron experimentar el misterio.
Despertó una noche de verano por la lluvia torrencial y los truenos. Intuyó la perturbación. Salió de la casa bajo el diluvio, con las herramientas indispensables.
Gotas estrepitosas golpeaban la lona que los tallos friccionaban, algunas estacas se desprendieron del suelo, amenazando el derrumbe, no pudo hacer mucho.
Después de la tormenta, proporcionó soporte a la estructura. En el interior colocó varas de metal verticales, sujetadas con cables de acero, amarrados a estacas que fueron cubiertas por hiedras.
A veces, creía que el invernadero no subsistiría sin alguien que lo cuidara.
Terminó algunos ajustes, al doblar un recodo, por descuido, golpeó una maceta con el codo, se partió contra el suelo, raíces se retorcieron en la tierra desparramada. Apresurado, buscó en el estante sustrato, llenó una maceta y la plantó.
Le impidieron acercarse, al intentarlo, caía y sufría una pesadilla. Escapaba por una selva oscura, llegaba al fin de un camino bloqueado por rocas, la silueta de una fiera y sus ojos amarillos crecían, recortada en el cielo nocturno, la respiración ronca y caliente movía el cuello harapiento de la camisa, en el instante en que lo atacaba, él se convertía en la bestia.
Al fin, las pesadillas menguaron, supo que podía volver a lo habitual. El castigo no debilitó el sentimiento hacia ellas, guardianas de historias en su enmohecer de tiempo.
Quería conocer cuanto pudieran ofrecer. El efecto de las plantas lo atraía. Cada vez que entraba al invernadero su permanencia aumentaba.
En las primeras horas de algunos días del mes ponía en marcha la camioneta, iba al pueblo a comprar suministros, alimentos y bebidas.
Saludaba a algún conocido, decía nada importante al vendedor del mercado. Rehusaba cualquier invitación.
Se dedicaba a cuidar la siembra, aguardando las representaciones que el invernadero proveía.
Su padre y madre murieron. Vendió la casa en la ciudad y compró la actual, en el campo.
Un amigo lo contactó.
Atendió la llamada inesperada e indeseable, avisó que iría a visitarlo.
Una tarde lluviosa, el auto avanzó tambaleante por el camino embarrado, esquivando pozos. Lo observó por la ventana abrir la tranquera, aunque mayor, se movía ágil, favorecido por su delgadez, la lluvia le azotaba el impermeable.
Lo recibió en el cobertizo, e instaló en una habitación con una ventana orientada a la parte de atrás del terreno, donde estaba el invernadero. La intriga disipó un instante sus facciones serenas, deseó conocerlo.
En la cena preguntó de qué se trataba.
—Es un pasatiempo.
—Me encantaría conocerlo.
—Iremos mañana —dijo disimulando irritación.
Al abrir el cierre de la entrada, el visitante se impresionó al instante, percibió una fragancia leve y el color intenso de las plantas.
—Sorprende la diversidad —señaló las especies próximas, mencionó sus nombres y procedencias.
Investigó algunos ejemplares muy raros, no encontró información alguna, pero debía responder, censurar cualquier sospecha.
—Estas son bromelias.
Las flores amarillas y rojas cubrían el tronco donde crecían. Inmediato a este, enfilaban otras de pétalos amplios y morados. Distinguió un líquido, casi imperceptible, fluir por las nervaduras, se arrodilló para ver mejor. Advirtió que se quedó atrás, regresó apresurado, le puso la mano pesada en el hombro.
—Begonias —le dijo, interrumpiendo el inicio de un estado hipnótico—. Continuemos, hay más especies por aquí.
Convenía estar atento y evitar cualquier incidente. Siguieron apreciando helechos de diferentes tipos, flores de lirio, bonsáis, trepadoras crecían adheridas a las paredes húmedas. En un tronco mohoso proliferaban hongos de distintos tamaños y colores.
—Sorprendente —comentó su amigo.
Permanecieron quietas, como si eligieran a quien manifestarse.
Estuvo feliz, la visita duró pocos días. Su amigo no dijo nada, pero lo encontró cambiado, retraído. Se marchó invitando que fuera a visitarlo.
A la hora de la cena el rocío empezó a caer. Desde la ventana avistó el establo sombrío, los animales dormían. La niebla cubrió la planicie, lámparas automáticas se apagaron dentro del invernadero, en la tranquilidad de la noche.
Acostado en el dormitorio, le vinieron imágenes de flores que crecían en un lugar apacible.
Regarlas, cortar tallos secos, preparar tierra, acondicionar macetas. En esas tareas el mundo tornaba remoto, ajeno. Las observaba paciente, acostumbradas a su presencia, aguardando el despertar de las representaciones, dramáticas o apacibles, como los movimientos para deshacerse.
Una maceta rectangular, apartada en un rincón, oscurecida por la humedad, albergaba una con hojas ovaladas y bordes puntiagudos, de un verde profundo, parecía muy antigua. Adquirió habilidad para crecer de pronto, acaso a lo largo de muchos años. Una maraña de ramas desbordaban la maceta aplastando rastrillos, tijeras, palas, regadoras, partes de otras plantas. Tallos crecían enredados, componiendo una escena.
Sin saber su veracidad, no dudó de los mensajes ocultos. Los días transcurrían con tranquilidad, terminaba acostado en su cama, envuelto en frazadas y la noche pacífica.
Corrió las cortinas de las ventanas, la mañana iluminó la habitación. En la charca flotaban hojas secas, pájaros se refrescaban.
Despertaron en él una conciencia inesperada, la vida manifiesta.
Desayunó, dejó la taza y los cubiertos en la mesa, se abrochó el cinturón con los instrumentos de botánica. Estiró los brazos en el porche, bajó los escalones sujetando el sombrero de paja por el viento, mirando las flores balancearse, la lona resplandecía en el calor del día.
Se desperezaron a su paso. Sentado en la silla de madera las acaricio, cortó hojas secas.
Sin esperarlo, se entrelazaron, crecieron, formaron una representación. Admirado, observó una figura humana caminar por un bosque y llegar a un risco en el que caía un cubo.
Un sueño repentino lo dominó; se sumergía en los abismos marítimos, en busca del cubo, donde la claridad del día se apaga. Volvieron a su posición original.
Ignoró cuánto pasó, el adormecimiento lo abandonó, partículas flotaban en el aire, se refregó los ojos. Con una lupa inspeccionó las nervaduras, distinguió el fluir leve de una sustancia.
Los fenómenos en el invernadero podrían ser producto de un factor que provenía de otro tiempo, transmitido por las plantas. Ningún indicio indicaba el origen de las manifestaciones. Desconocía porqué reaccionaban ante él. Encontró en ellas un estado involuntario de calma, el olvido de los deseos.
No lo supo, pero otros conocieron el invernadero. El último dueño de la casa cuidó de él. No vio ninguna representación.
Tuvo que mudarse por inconvenientes de trabajo. Quizá no se manifestaron por su estadía breve. Nunca mencionó al invernadero, deseó que nadie lo descubriera.
Era de noche, caminó distraído oyendo el grillar de insectos, viendo los naranjos y el pasto humedecido, brillante por la luz de luna. Las lámparas del invernadero parpadeaban amarillentas en el silencio nocturno.
Abrió el cierre de la carpa. Lo reconocieron al instante, se estiraron lentas, respondiendo a su presencia taciturna.
Subido a la banqueta cortó las secciones marchitas de un grupo frondoso, con hojas largas y bordes irregulares. Al bajar, crecieron tallos uniéndose, crearon la figura de un barco, un hombre en proa, ramificaciones figuraron una costa, personas aguardaban. Fascinado, vio botes con navegantes. De repente, las plantas menguaron la animación, volvían a su lugar original.
Encendió una lámpara colgada en el techo, recogió las herramientas meditando el acto. Cerró el cierre, abrochó la lona de la entrada, regresó a su casa pensando que la escena quedó inconclusa y el fin las sobrecogía por algún motivo.
En el baño se lavó las manos, la cara. Al ver su reflejo en el espejo, recordó que en una ocasión crearon la sección de un laberinto, alguien aparecía en uno y otro lugar, buscando una salida. Esa representación se repetía inconclusa.
Hirvió arroz, fritó pescado, cenó. Acostado leyó el fragmento de un libro hasta quedarse dormido.
Amaneció, día soleado, jirones de nubes en el cielo.
Compró provisiones en el pueblo, al regreso, inspeccionó el invernadero. En una de las macetas vastas, residía una tupida, semejaba un helecho denso y grande. Con tijeras de podar, cortó las hojas secas.
Durante unos segundos olvidó dónde estaba, le recorrió un escalofrío, pretendió alejarse pero se descubrió seccionando los extremos. Sin darse cuenta, tallos y hojas formaron la figura de un hombre y una mujer, se retrajeron, representaron una sabana, pastizales y árboles oscilaban.
Interpretó el significado como el paisaje anhelado por ambos. Reconoció la sensación proveniente de un pasado olvidado.
Las manifestaciones misteriosas en el invernadero llegaron a él a través de las plantas, otorgando la paz. Las acarició, deseando ver más.
Abrió las ventanas a la luz del sol, el viento alborotó las cortinas.
Hacía días sentía una pesadez inusual al despertar.
Dilató la visita al invernadero, concluyó tareas pendientes; arregló la puerta de la tranquera, reparó la radio, llevaba meses rota, compró víveres en el pueblo, conversó del clima con comerciantes del mercado.
De regreso, percató que debía regarlas.
Recorrió el invernadero por el exterior, dos estacas sobresalían, buscó un martillo en la caja de herramientas y las clavó.
Empleando los instrumentos de botánica, el tiempo transcurría inadvertido. Las notó inquietas, entonces acaeció un augurio insospechado.
Se dio cuenta que su intervención nunca fue necesaria, el invernadero subsistiría, después de todo, no sabía desde cuando existía. Las planas quisieron ser descubiertas, aunque no entendía la causa. Se estremeció.
Anochecía, terminaba de hacer surcos en el patio para plantar semillas, avistó a la distancia lámparas apagadas. Buscó repuestos en los estantes del armario.
Lo percibieron cambiado, lentas, empezaron a estirarse. Tuvo una sensación inquietante en el aire húmedo y cálido. Presuroso cambió los focos quemados, temió quedarse dormido. Cerró el cierre, restregaron la lona, como un llamado. Retornó a su casa.
Esa noche el sueño vino lento, pensó en las plantas, sensibles ante las emociones que pudieran percibir. Rememoró cuánto procuraba controlar emociones repentinas para no inhibirlas.
Despertó, se bañó y preparó el desayuno; café, tostadas con mermelada, jugo de naranjas. Las cavilaciones de la noche anterior parecieron lejanas.
En todo el día evitó ir al invernadero.
A punto de dormir, le sobrevino el presentimiento conocido. En la oscuridad de la noche lo percibieron.
Por la mañana las contemplaría una última vez. Entró y acomodó la silla donde la vista fuera buena. Distraído, observando los detalles para recordar, no advirtió que un tallo trepó por la manga de la camisa, luego otro, y otro, ascendían por su brazo con ansias, el efecto lo adormeció.
Lo cubrieron, queriendo otorgarle la experiencia que anhelaba. Cayó en un sueño imperturbable, sintiendo por momentos la libertad corriendo por sus venas, esperando a que alguien entrara en el invernadero para contar su historia.
