La CDMX: un capricho colonial destinado al naufragio

«La Ciudad de México no debería ser la capital del país, fue algo más ideológico y simbólico que práctico», me dijo en una charla hace unos días el geógrafo Mauricio Amaya, quien trabaja en proyectos nacionales e internacionales haciendo análisis de riesgos y del terreno para la construcción de megaproyectos.

La capital, decía, «debiera ser Pachuca, Toluca, incluso el puerto de Veracruz; en la época de las conquistas europeas muchas capitales eran portuarias, pero no, aquí la corona española se aferró a demostrarle a los mexicas que podía quedarse con su territorio.

«En el caso del Templo Mayor, por ejemplo, se utilizó el material de la edificación para levantar obras como la Catedral, en una muestra de poder y humillación para los pueblos originarios», dijo también Amaya Hernández.
Y es que pensemos: corre el año de 1325, o al menos es el tiempo más aproximado del que hablan los historiadores. Un pueblo del norte, que viene de Aztlán, busca su tierra prometida, que estará marcada por un águila devorando una serpiente sobre un nopal.

De pronto, el grupo de nómadas encuentra un lago, rodeado de vegetación y suelos ricos para la siembra. Al menos lo que me contaron en el Museo Nacional de Antropología, fue que no todas esas personas fueron quienes vieron la famosa revelación que hoy tenemos en la bandera, sino que sólo un religioso y algunas autoridades se internaron en las aguas para buscar lo que hoy es nuestro símbolo patrio.

El guía del museo sugería: «No sabemos entonces si vieron al águila o si fue una decisión estratégica decir que la vieron, para fundar Tenochtitlan en ese lugar de clima ideal». Claro, se trataba de una sociedad distinta, que usaba chinampas para cosechar y acueductos para transportarse por su comunidad.

Pero llegó la corona española y, en 1521, lograron la toma del imperio mexica.
Entonces, como ha sucedido desde tiempos inmemoriales, Occidente subdesarrolló la región. Como lo dice Amaya, por demostrar su poder ante la cultura guerrera más fuerte del centro del territorio, establecieron su centro ahí, fundando las bases de una ciudad caótica en la que vivimos hoy.

Recuerdo que cuando estudié periodismo, un profesor nos mostró la crónica de la inundación de San Mateo, ocurrida en la Ciudad de México en 1629. Ese texto no sólo es uno de los primeros grandes hitos de los medios de información en el país, sino también la muestra de lo ingenuo que fue decidir fundar una megalópolis en un espacio donde tiembla, se inunda y la población es vulnerable.

«La Ciudad de México debería ser una periferia donde vivan apenas un millón de personas, no los casi 10 millones que vive en el ahora». A eso sumemos los centros comerciales, los rascacielos, las vialidades y, claro, los desechos y el agua residual que genera la población… ¿Ahora no suena tan mal un aeropuerto en Santa Lucía, no?, precisamente cuando el Benito Juárez está colapsado por las lluvias.

Así que, claro, las inundaciones que estamos padeciendo en la capital se pueden ver, sí, desde un tema político: ¿urge mantenimiento al sistema de drenaje? Claro que sí. ¿Se requiere una conexión más eficiente de la ciudad? Por supuesto, así como la distribución más inteligente de los proyectos de desarrollo, pues es insostenible que en las mañanas todos vayan al sur y en las noches todos regresen al nororiente. Sin embargo, y aunque es un tema constante en algunos foros, no olvidemos que el proyecto Ciudad de México estaba destinado a colapsar, y no tiene que ver con ningún partido político nacional, sino con el momento en el Occidente llegó a cambiar las dinámicas de vida.

Publicado por Paradigma

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