Greta Thunberg: el retrato del ambientalista adolescente

Por Hugo Augusto Cortés Rodríguez

Lo siento, pero decir que todo se arreglará mientras se continua sin hacer nada no nos da esperanza.

Cambiemos el mundo, de Greta Thunberg

La gesta ambiental ha tenido diversos e importantes representantes a lo largo de su historia. Entre ellos, por mencionar dos figuras importantes, se encuentran el filósofo noruego Arne Naess y el biólogo uruguayo Eduardo Gudynas. Dichos pensadores, entre otras cosas, propusieron un cambio en la forma en que concebimos y nos relacionamos con la vida. Con apoyo de la teoría de los sistemas, de la ecología y la ética, señalaron que el ser humano debía concebirse como la parte de un todo (que es la vida) y no como su centro. Dicho cambio, en palabras llanas (aunque no se ha logrado del todo), representó una crítica a la ética antropocéntrica, así como al materialismo histórico, los cuales, recordemos, sólo se basaban en un eje para medir el desarrollo: el económico (y, además, ponían al humano, en su sentido animal, en la cima de la cadena alimenticia).

Por otra parte, la ecología profunda y la ética biocéntrica, propuestas, respectivamente, por Arne Naess y Eduardo Gudynas, al igual que el desarrollo sostenible, consideran tres ejes: el económico, el social y el ambiental. Asimismo, proponen, como señalé, que el ser humano no se encuentra en la cima de la cadena alimenticia, sino que forma parte de un todo (ni por encima, ni por debajo) que es la vida. Dicho giro, hacia finales del siglo XX e inicios del XXI, ha servido de sustento para crear un extenso marco regulatorio en materia de protección ambiental, el cual, en México, tiene su fundamento en el artículo 4 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, así como en la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente. Pese a ello, es innegable que en la actualidad nos enfrentamos a diversas urgencias ambientales, que deben resolverse.

De dichas urgencias ambientales, pueden nombrarse el mal manejo de residuos, el estrés hídrico, el uso descontrolado de recursos naturales, la pérdida de biodiversidad, así como el incremento de emisiones de gases de efecto invernadero, como el carbono (CO2) y el metano (CH4). Respecto de dicho panorama, se entiende que ha fallado nuestro Gobierno y que, de igual manera, hemos fallado como sociedad, en gran medida por desconocer el trabajo de los científicos, el amplio marco legal referente a la protección ambiental y, sobre todo, porque existe una ruptura entre nuestros estilos de vida y el cuidado a la naturaleza. No obstante, pese a lo desalentador, han surgido nuevas voces encargadas de continuar el trabajo inconmensurable que representa la gesta ambiental, como la de Greta Thunberg, activista ambiental sueca, quien ha sido incansablemente criticada y atacada desde su aparición en los medios en el año 2018.

Por muchas razones (adolescente, blanca y sueca, pero, además, inteligente y con la capacidad para dar discursos que asombran por su crudeza), la figura de Greta Thunberg es interesante. Hasta cierto punto, podemos decir que se ha vuelto un mito y, como tal, se integra de diversas realidades, como ella misma señala en el libro que se ha publicado en español con el título Cambiemos el mundo #huelga por el clima, traducido del inglés por Aurora Echeverría y publicado por Random House. En ese sentido, existe un grupo de personas que piensan que es un personaje creado y pagado por alguna agencia, a quien le escriben los discursos y le dicen qué hacer. Lo cierto, como señala Greta, es que inició su activismo ambiental un viernes de agosto del 2018, con una huelga en solitario frente al Parlamento sueco, pues, al igual que Arne Naess y Eduardo Gudynas, sintió el llamado en su ser por denunciar lo que considera está mal.

Y es que Greta Thunberg —sin tecnicismos, ni pretensiones académicas, pero con un poderoso trasfondo político— ha expuesto, incansablemente, los efectos adversos del cambio climático, un tema que comenzó a preocuparle cuando “tendría unos ocho años[1]” y que a los once hizo que enfermara: “… enfermé. Caí en una depresión. Dejé de hablar. También dejé de comer. En dos meses perdí diez kilos”, nos dice. Acaso, porque no quería creer en sus propias dudas: “¿Estamos provocando deliberadamente una extensión masiva? ¿Somos malvados?”. Rebelde, radical y fiel creyente del cambio, señala: “No lo entiendo. Porque si las emisiones tienen que parar, entonces debemos pararlas. Esto es blanco o negro. No hay grises cuando se trata de sobrevivir. O continuamos existiendo como civilización o no. Tenemos que cambiar”. Y añadiría: Para cambiar el mundo.

Como ella misma lo señala, Greta Thunberg le habla a los periodistas y a los medios de comunicación, porque ya no confía en los políticos y los dirigentes del planeta, quienes han demostrado preocuparse solamente por el poder y el dinero; busca que escuchemos a los científicos, quienes, sin resultados, desde hace varias décadas, nos han advertido sobre los efectos negativos del calentamiento global, entre ellos, la pérdida masiva de especies. De igual manera, Greta les echa en cara su actitud a los países desarrollados, pues culpan a los países en vías de desarrollo por la situación. “Porque, ¿cómo podemos esperar que países como la India o Nigeria se preocupen por la crisis climática si nosotros, que lo tenemos todo, no nos preocupamos ni un segundo por ella ni por nuestros compromisos con el Acuerdo de Paris?”.

Por momentos, en Cambiemos el mundo, Greta Thunberg escribe un poema en prosa, donde pone su voz desgarrada y su mirada llena de tristeza, y le da vida al grito de una adolescente —lo era cuando escribió el libro— que descubre las perversiones de la vida adulta, la complicidad de los políticos y el desinterés de casi todos por salvar “su mundo”. El mundo de esos adultos que no se cansan de “infundir esperanza a los jóvenes”, a quienes Greta contesta: “Pero yo no quiero su esperanza. / No quiero que sean optimistas. / Quiero que entren en pánico. / Quiero que sientan el miedo que yo siento todos los días. / Y entonces quiero que actúen. / Quiero que actúen como lo harían si estuvieran en una crisis. / Quiero que actúen como si nuestra casa estuviera ardiendo. / Porque así es”. Quizá sea cierto que los menores no pueden enseñarnos cosas nuevas a los grandes, lo que sí pueden es recordarnos promesas olvidadas.


[1] Todas las citas entrecomilladas pertenecen al libro Cambiemos el mundo, de Greta Thunberg, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial, con traducción de Aurora Echeverría.

Publicado por Paradigma

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