
De niño, uno de mis mayores placeres era ver documentales de dinosaurios en aquellos VHS que venían con los números temáticos de algunas revistas. Los veía una y otra vez, fascinado por aquellas pinturas que recreaban paisajes prehistóricos o los dinosaurios mecatrónicos que aparecían en ellos. No entendía muy bien todo lo que decían, pero no importaba: el asombro era suficiente.
Con los años, los documentales se convirtieron en mi género favorito. Devoraba programas sobre animales, océanos, civilizaciones antiguas o incluso caricaturas que explicaban los grandes descubrimientos científicos del pasado. Pero el verdadero salto llegó con la primera computadora en casa, en esos días de internet lentísimo y discos de instalación. Recuerdo Mi Increíble Cuerpo Humano, un programa interactivo en donde un esqueleto muy carismático me enseñaba cuántos huesos tenemos o qué pasaba si no bebíamos agua, todo acompañado de animaciones simples pero memorables. Era como jugar a ser explorador, pero del conocimiento.
Luego llegó Encarta, una revolución: videos, mapas 3D de sitios arqueológicos, datos que hoy parecen básicos pero que entonces eran ventanas a otros mundos. Y no todo era digital: los museos fueron mis templos. Aún guardo en la memoria la exhibición sobre Alexander von Humboldt en el museo de San Ildefonso, donde me quedó guardada en la memoria las imágenes de una sala con algunos animales disecados.
En la adolescencia, descubrí la revista ¿Cómo ves? Sus artículos sobre agujeros negros, genética o historia de la ciencia eran un imán para mi curiosidad, y hasta me llevaron a mis primeros eventos de divulgación científica. La ciencia ya no era solo un pasatiempo; era una pasión.
Hoy, como adulto y ya como alguien que eligió a la ciencia como profesión, sigo disfrutándola como en mi infancia, pero con la diferencia de que ahora el acceso al conocimiento es enorme: desde documentales en YouTube hasta conferencias del Colegio Nacional o la lectura de varios clásicos de la divulgación. La ciencia es cultura, pero también es entretenimiento. Nos explica el mundo y, de paso, nos divierte. Quizá por eso elegí dedicarme a ella: porque siempre ha sido un espacio de disfrute, un juego serio donde la curiosidad se premia con descubrimientos. Y en ese juego, he sido inmensamente feliz.
