Por Rodrigo Alejandro Castro Goñi
Los pájaros que habían estado callados mientras hacía frío y cuando el tiempo era variable y crudo, en mayo, con el buen tiempo, se ponen tan contentos que muestran con su canto el gozo del corazón y se ven impulsados a cantar… Entonces, los jóvenes empiezan a estar contentos y se enamoran.
Guillaume de Lorris, El Libro de la Rosa
Por aquellos días, alrededor de las diez de la noche, mientras los chicos —presuntamente— se acostaban en sus camas y los padres se acomodaban en el sillón para enterarse del último chisme expuesto por la señora M., escuchábase afuera desde la azotea el ruido sordo del repiqueteo del martillo sobre el triplay. Sin importarle el gélido viento del invierno, Ramón Quesquen luchaba contra la rigidez del triplay y del drywall, resuelto a dejar preparada la nueva cobija de su tercera camada de conejos antes de la medianoche. Trabajaba con desgano, maldiciendo entre dientes el poco cuidado que tuvo para evitar otra concepción; pero era cada vez más difícil con tantos animales acumulándose en casa. Sin embargo, disfrutaba de los breves minutos de soledad que le brindaba la faena, lejos del intercambio de gritos sostenido casi diariamente entre su esposa y su hija de quince primaveras; mas sobre todo, lejos de la penetrante mirada de eso.
Parecía mentira, pero de todo el zoológico hogareño, «eso» era el más pequeño y a su vez el más problemático. Pasó a enderezar las paredes de la cobija, y con cada clavo martilleado Ramón desfogaba cada recuerdo que eso traía a su memoria. El movimiento de los conejos vecinos, quizá irritados por el ruido, lo distrajeron de su tarea. Enternecido por las esponjosas criaturas, mudó de semblante; resolvió por terminar la cobija el día siguiente y repartió, entre las dos camadas, la alfalfa y la panca de choclo que había traído en una bolsa. Llevándose el resto de la comida al hombro, guardó las herramientas y dispúsose a bajar las escaleras.
Realmente, los deseos suelen ser contradictorios. Unas veces amaba a los conejos con todo su corazón; otras, estuvo a poco de pasarles el cuchillo y meterlos en la olla. Al final desistía, por insistencia de su esposa, y solo quedaba apechugar y reservar el fin de semana a la limpieza de las inacabables bolitas de caca que dejaban los bandidos. Labor que generalmente asumían los dos, porque su hija prefería mil veces aprenderse el último baile de su grupo favorito antes que coger la escoba. En fin, ya habrá momentos para conversarlo, se decía para sus adentros mientras bajaba los escalones, a paso lento…
Llegó ante la puerta de su casa o, para ser más precisos, al piso que le correspondía compartir con su esposa. Los conejos habían desaparecido de su cabeza y, en tanto la abría, pensaba en las proporciones adecuadas de alimento que debía comprar mañana a primera hora, cuando se topó cara a cara con dos iris color ámbar intensos, que lo miraban fijamente. Desde aquella posición, la mirada de eso contenía un aire de burla, como si un noble indicara con un gesto a su lacayo que se apresurara a darle su cena. Así pues, Ramón recuperó su fastidio. El dueño de aquellos ojos ladeó el cuello de un lado a otro; al cabo de un instante, agitó las alas y emitió el zureo característico.
—Anda, dale su comida a Don Juan— dijo Fernanda, la mujer de Ramón, desde el fondo de la habitación. En efecto: «eso», el dolor de cabeza del marido, era una paloma.
*
Apareció como un milagro. Hacía ya dos años desde lo acontecido, quedándosele grabado en la memoria. Ramón regresaba de hacer las compras en el mercado “La Huaca”, bajo el inclemente sol de enero. Al momento que depositó las dos bolsas rebosantes de comida en el suelo para sacar sus llaves, escuchó un batido de alas que provino de encima suyo. En aquel entonces una bandada de palomas se había instalado en los enrevesados cables de telefonía e internet que colgaban de los postes, esperando ansiosos los restos de arroz y cebada que Ramón solía arrojar a la calle, sobrantes de la preparación matutina —trabajaba como chef y era el favorito de la manzana—. La imagen que se le figuraba no habría tenido nada de especial, de no ser por lo que ocurrió a continuación: una de las palomas agitó las alas y aterrizó limpiamente sobre el hombro derecho de Ramón. No fue atraída por la comida, ni por ninguna otra especie similar: simplemente se posó, tal cual venida del Espíritu Santo. Sin poder ocultar su sorpresa, Ramón esperó unos segundos a que la paloma se fuera, lo que no sucedió en absoluto. Ni siquiera se asustó cuando metió la llave en la cerradura, ni al agacharse para recoger las bolsas, ni después de subir las escaleras y entrar en la casa. Acciones con las que cualquier otra paloma habría pegado el vuelo, ésta permanecía inmutable; tan solo se acomodaba en su sitio cada vez que los movimientos de Ramón la desequilibraban. En definitiva, se trataba de un espécimen particular. Y el chef, profundamente complacido por la confianza que la criaturita le demostraba, decidió adoptarla como mascota. Quiso ponerle un nombre, pero su poca imaginación le jugaba en contra. Al final un sobrino universitario suyo, como si augurara el porvenir, le sugirió el mítico nombre Don Juan, y con ese se quedó.
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Fue una decisión cuando menos desafortunada. No transcurrió mucho tiempo antes que Ramón se percatase que había adoptado no una paloma, sino un palomo. Pero no elucidó el enigma por los colores del pájaro (pues a simple vista todos son iguales), sino hasta después que su querida esposa Fernanda comenzara a exhibir una gradual, vehemente fascinación por el plumífero. Aunque fue la primera en protestar, quejándose por haberle traído un sucio animal de la calle, al mes siguiente ya le había reservado un espacio sobre el refrigerador. Luego de tres meses, adquirió la costumbre de despertarse temprano para rellenar con maíz partido el comedero del palomo. A los seis meses, aprendió todo acerca de la crianza de palomas, habiéndose pasado horas enteras investigando en páginas web y videos cortos con tanto esmero, como nunca lo había hecho en la escuela ni el instituto. Incluso, la afectiva dedicación a Don Juan le permitió aligerar las tensiones con su hija, a quien logró distraer de sus bailes para que le enseñara a manejar las redes de forma más eficiente.
Por otro lado, la llegada de Don Juan trajo consigo una serie de coincidencias extrañas, todas relacionadas con el repentino ingreso de nuevas mascotas en la casa. En agosto de aquel año la hija de una vecina, amiga de la hija de Ramón, le regaló por su decimotercer cumpleaños un conejito blanco, que de inmediato se convirtió en su favorito. Después, en otra oportunidad, a mediados de octubre uno de los caseros de Ramón le obsequió otros dos conejitos —uno macho y otro hembra—, aduciendo una mudanza, cosa que no sucedió sino hasta meses después de culminada esta historia. El chef, obviamente, se inquietó: sabía perfectamente, como chiclayano educado en la infancia para la agricultura, que tan solo bastaba una pareja de estos mamíferos para volverse multitud. Por desgracia, no contaba con dinero suficiente para pagar una esterilización, por lo que tuvo que conformarse con las garantías que le prometieron tanto esposa como hija de impedir cualquier cruce. No obstante, como si hubiera escuchado subrepticiamente sobre el complot, Don Juan se ocupó en todo momento de arruinarles el plan: aprovechaba toda oportunidad que no le prestaban atención para descorrer el pestillo de la jaula donde mantenían separados a los conejos, con hábiles movimientos del pico; otras veces, picaba las colas de los conejos machos de tal forma que, a cada salto que daban, los conducía discretamente hacia la hembra. Al final, pese a la promesa, cumplió su objetivo: al año siguiente de la adopción de los conejos, la hembra parió una primera camada de cinco.
A los ingredientes habituales de la semana se agregó la compra de alfalfa y pancas de choclo. Tanto el pájaro como la nueva camada devoraban cantidades ingentes de comida, dejando a Quesquen cada vez más afligido al comprobar, sudando frío, que buena parte del ingreso semanal desaparecía en las raciones para los benditos animales. Si ya le costaba sacar lo suficiente con su modesta fama en la manzana, ahora llegaba a duras penas los fines de mes para pagar las cuentas. La casa, acostumbrada a dejar el mínimo de polvo, comenzó a cubrirse de bolitas de excremento y charcos —o pastas— de palomina verde, soltando un aroma hediondo que penetraba por casi todos los rincones. Ramón agradeció de todo corazón que los agentes de control de calidad jamás intervinieran su restaurante hogareño (por motivos de fuerza mayor se había visto obligado a cerrar el local que anteriormente le pertenecía): una rápida inspección habría bastado para hundirlo. Por ello, a fuerza de repeticiones, se acostumbró a contemplar diariamente la siguiente imagen: él, regresando de repartir la comida; la hija, bailando o mirando el celular; y Fernanda, sentada en el sillón, acariciando el dorso de Don Juan, correspondida con piquitos de amor.
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Empezó desde lo más insignificante, pero la seducción de Fernanda Arias por parte del palomo Don Juan obedeció a un plan meticulosamente razonado. Antes que nada, se ganó en primer lugar la confianza del esposo. Aquel año de su llegada la atención de Don Juan se abocó por completo hacia el chef: todas las mañanas, de regreso del mercado, era recibido por el palomo, que gustoso se posaba sobre su cabeza cada vez que abría la puerta. Luego de unos segundos hurgando en la espesa cabellera, descendía deprisa tras la bolsa de maíz partido. Acudía de inmediato a los silbidos de Ramón y, al poco tiempo, tanto la familia como el resto de parientes —que vivían en los pisos superiores e inferiores de la casa— se acostumbraron a verlo con el pájaro sobre el hombro. Los chiquillos lo tomaban por pirata, y Don Juan, como si respondiera a sus deseos, abría y cerraba el pico alternativamente, imitando el comportamiento de los loros de las películas hollywoodenses. De tal forma que Fernanda, reticente al principio, acabó por caerle en gracia la presencia del plumífero. Si antes le resultaba asqueroso tocarlo, poco a poco se sumó a la costumbre de acariciarle el dorso. Fue entonces que el pillo de ojos ámbar fijó su objetivo, y procedió a la siguiente fase de su plan.
Mientras Ramón pugnaba con el casero por el precio de la caballa, Don Juan aprovechaba los momentos de ausencia de Ramón para acurrucarse bajo el brazo de Fernanda. Correspondía las caricias con zureos, los cuales acompañaba con peñizcos ocasionales que no dolían; por el contrario, reflejaban cariño. A finales del primer año aquellos tratos recayeron exclusivamente sobre la esposa: cualquier otro que intentaba portarse afectuoso era contestado con aletazos de desprecio y picotazos dolorosos. Los chicos fueron los primeros en llorar ante el repentino cambio de actitud, por lo que Don Juan condescendió astutamente: dejó tocarse en adelante por cuanta mujer hubiera, menos los hombres. Por otro lado, componía ramilletes con las ramitas sueltas de perejil y culantro que quedaban del almuerzo del día: así, mientras Ramón se sumía entre los vapores que soltaban las ollas de sopa y estofado, Don Juan distraía a Fernanda con el último ramo de «rosas», que la emocionaban hasta el suspiro. Cabe la posibilidad que los detalles despertaran en la mujer una especie de vena aristocrática adormecida, o que el palomo fuese impregnado por la carga mítica de su nombre; lo cierto es que al intensificarse el apego entre el animal y la mujer, Fernanda solicitó que la radio sintonizara, con mayor frecuencia, las tanto clásicas cuanto profundas baladas, en lugar de la repetitiva y campechana cumbia, la preferida de Ramón. Este aceptó al principio, pero paulatinamente fue advirtiendo otros detalles, en general desafortunados: menos abrazos, menos besos de “buenas noches”, menos “acción”; charlas que antaño la entretenían ahora la irritaban. Llegó hasta el extremo de dejar de ayudarlo con el restaurante porque prefería dedicar el tiempo compartiendo a todo el mundo la maravilla de criatura que era Don Juan.
Ya para el segundo año de su venida, el palomo había dejado de disimular su predilección hacia Fernanda. Aquella tarde de marzo que Ramón salió de casa para comprar una bolsa de peces cebra (sumándose esto a la lista de extrañas coincidencias que acarreó consigo la adopción del susodicho), cayó en la cuenta, mientras dejaba volar su imaginación observando los inescrutables ojos de los diminutos peces, que Don Juan le había retirado la confianza: ya no salía a recibirlo, ya no se posaba cariñosamente sobre su cabello, nada; en su lugar, todos esos tratos se habían vertido por completo hacia su esposa. Pero, así como le vino la lucidez, al instante desapareció. ¿Cómo podía ser? Era un simple animal, como todos los pollos, patos y gallinas que había criado desde la infancia. Solo está obsesionada porque nunca ha pisado una chacra; no sabe que estos solo te buscan por comida. Ya se le pasará, sí, cuando el bicho se haga la caca encima de su cómoda me suplicará que lo bote de la casa… Así pensaba, sin poder ocultar, en el fondo de su corazón, la sospecha de que se equivocaba.
La gota que colmó el vaso fue lo que sucedió en mayo, el día de su cumpleaños. Como todos los días, Ramón se levantó temprano para ir al mercado y dejar todo preparado al mediodía. No obstante, aprovechó para regresar un poco más temprano de lo habitual, pues traía consigo un verdadero ramo de rosas, un gesto poco común de su parte, con el que buscaba recuperar el interés de su mujer. Desde que entró al hogar notó algo raro. La casa estaba totalmente silenciosa, acostumbrada a las resonantes melodías del grupo coreano favorito de su hija o a las voces estentóreas de los baladistas. Pudo haber intentado llamarlas en voz alta, pero esa rara sensación que lo oprimía lo retuvo. Avanzó despacio, sin mucho ruido, hasta el extremo de la habitación, la cual daba a su cuarto y los baños. Notó que la luz de este último se encontraba prendida, además del correr del agua. Estuvo a punto de volverse, cuando escuchó una risita proveniente de la ducha. Como la puerta estaba cerrada —lo cual reducía el sonido— Ramón aguzó el oído apoyándose contra ella: luego de diez segundos volvió a escuchar otra risita entrecortada. Temió lo peor. De golpe, agarró el pomo de la puerta, la giró por completo y entró al baño echando humos —tuvo suerte de encontrarla sin seguro—. Lo que presenció lo dejó turbado: Fernanda, desnuda de pies a cabeza y totalmente empapada, se defendía juguetonamente de los embates de Don Juan a sus muslos. El bandido alado trataba inútilmente (tenía las plumas igual de mojadas) de introducir el pico en el dulce monte inferior: una imagen a la altura de aquel cuadro mitológico y perdido de Leonardo Da Vinci, Leda y el cisne. La serie de excusas que declaró Fernanda en aquella oportunidad fueron olvidadas, pues las desplazó la represalia del palomo: como si ansiara hundir el dedo en la llaga del marido herido, descargó un buen pedazo de palomina sobre la olla de arroz del día. Solo entonces, Ramón Quesquen supo lo que tenía que hacer: debía deshacerse del pájaro.
*
Primero intentó engañarlo, esparciendo los granos de maíz partido sobre el alféizar de la ventana. La bandada de palomas callejeras que habitaba los enrevesados cordeles recibió pletórica el nuevo banquete, no así la donjuanesca presa: el palomo no ingería alimento que no fuese servido en el comedero, y las poquísimas oportunidades que la necesidad lo obligó a compartir sus granos con la chusma alígera de la calle, apenas dejaba que su cuello rozara el ala de sus congéneres. Era un espectáculo inaudito de ver: mientras las palomas se abalanzaban unas sobre otras, en una carrera por el último grano mezclada de golpes y orgías, Don Juan contemplaba el desorden desde una prudente distancia, recogiendo algún grano escurridizo, hinchando el pecho y balanceando el cuerpo con suficiencia. El excremento que pronto se acumuló en la ventana, arruinando la pintura de la fachada, provocó un replanteamiento de las alternativas.
En vistas del fracaso del alimento, Ramón optó por dejar abierta durante casi todo el día la ventana apostada en el extremo de la casa, reubicando el comedero justo debajo. Con la esperanza de que el palomo rememorara la frescura del viento y su antigua libertad, contaba con que llegaría el momento en que Don Juan saltaría de la cornisa hacia el exterior, su hábitat natural. Pero también resultó inútil: por mucho que soplara el viento, Don Juan se limitaba a extender ligeramente las alas, en una posición que asemejaba a un hombre que recién se levanta, bosteza y estira los brazos. Al cabo de cuatro meses tuvo que cerrarla, pues su hija contraía gripe con mayor frecuencia.
Huelga decir que, para entonces, Fernanda ya había advertido las verdaderas intenciones de su marido. Al principio no dijo nada, pero comenzó a volverse —de manera gradual— aún más celosa con el palomo. La Navidad del segundo año, que recibió además del Señor Jesucristo a la tercera camada de conejos, fue relativamente incómoda porque la esposa no apartó de su lado, en ningún momento, a Don Juan. Concedió que el palomo anduviera a sus anchas sobre la mesa familiar, pisando los cubiertos y los manteles navideños recién lavaditos; al momento de partir el pavo, pareció de lo más grotesco que Don Juan fijara sus ojos ámbar en el cuchillo que cortaba la carne (los Arias opinaron después que fue milagroso que nadie se enfermara por algún germen). Tal como lo fue Ramón en cierto momento, se convirtió en una costumbre observar a Fernanda ir de aquí para allá con el palomo bajo el brazo, cargándolo como un bebé. Fue por esta época que las relaciones entre madre e hija volvieron a tensarse, debido a que aquella ya no toleraba el trato brusco que esta tenía con Don Juan. El zoológico hogareño se transformó en una correccional de menores, pues tanto ovíparos como vivíparos atendían cada día al intercambio de gritos y reconvenciones, mientras el chef resoplaba de disgusto en la cocina.
La situación era insostenible, y una tarde Ramón no aguantó más: proclamó que echaría al condenado palomo a la calle; que estaba cansado de desperdiciar sus fines de semana limpiando las heces de tanto animal cuyas únicas preocupaciones eran comer, defecar y dormir; que prepararía un guiso de conejo al estilo norteño con el primer trío, de tal forma que acabaran sus ínfulas reproductivas; que pondría cuantos mixes del «Grupo 5» se le antojaran, que llevaba casi medio año sin poder disfrutarlos. Fernanda, a su vez, explotó, desplegando toda una suerte de reclamos reprimidos: que dejara al pobre Don Juan en paz, que era inocente y no merecía sus acusaciones; que no cocinara a ningún conejo, pues toda la casa estaba embebecida por sus encantos, y que los sobrinos sufrirían; que no se atreviera a menospreciar a Roberto Carlos; que mejor se concentrara en levantar el negocio, que no era posible que cinco años después del cierre del restaurante continuaran en la misma mediocridad; que seguía esperando el día que su “querido” esposo recibiera el reconocimiento de Gastón Acurio, ya que siempre se jactaba de poseer la mejor sazón del Norte peruano, cuando apenas lo conocían en el distrito; que habría estado mejor casándose con el blancón Arturo de la otra cuadra, que a pesar de llevarle diez años de diferencia, tenía el futuro garantizado como ingeniero, que le habría dado todo lo que ella quería, en lugar de resignarse a vivir como mesera… No le quedó de otra más que negociar, pero el golpe había sido efectuado. Con la relación enfriada, Ramón salió del cuarto para dormir en el sofá de la sala. Don Juan llenó el vacío de la cama, durmiendo plácidamente entre los pechos de Fernanda. De esta manera pasó el tiempo, hasta que el treinta de agosto del presente año el Cielo hizo justicia.
*
Sucedió un miércoles al mediodía. Ramón Quesquen se hallaba retirándole el pellejo a dos pechugas de pollo, cuando escuchó a su hija acercarse al comedor desde el fondo de la casa. Lo normal habría sido encontrarla a tales horas en la escuela, pero debido al feriado, se había dado el lujo de dormir hasta bien entrada la mañana. Acto seguido escuchó los aleteos de Don Juan, que acudió igualmente desde el extremo de la casa para alcanzar a la jovencita. La escena estaba tan cargada de cotidianidad que Ramón no tuvo la necesidad, en ningún momento, de levantar la vista.
—Lucero, ¿esas son horas de levantarse? Toma tu quaker de una vez antes que tu mamá te resondre— le amonestó Ramón sin despegar los ojos de la tabla de picar, copada de trozos de pierna y menudencia.
—Sí papá…osh— respondió la hija, sin poder disimular su desgano. El papá sabía perfectamente, por el sonido de sus pies arrastrándose por el suelo, que Lucero solo se había acercado a la mesa para coger el celular.
La carne blanca de los trozos de pechuga quedó al descubierto, y Ramón tomó el cuchillo para proceder a cortar la menudencia. A pesar de la llamada de atención, reconoció que aquel día también se había dejado llevar un poco por la comodidad del sofá; la necesidad de tener lista la sopa, antes que llegaran los pedidos, lo apremiaba. Fuera de su mundo, solo escuchó otro batir de alas y a su hija levantando un objeto de la mesa.
—¡Ah! ¡No puede ser! ¡Jung Kook viene para acá!
Lucero no cabía en sí, y empezó a saltar rebosante de felicidad. O al menos eso fue lo que asumió Ramón, que luego de reírse mentalmente por la afición de su hija a los “chinos amanerados”, suspiró resignado al oírla levantar alternativamente los pies del suelo. En seguida oyó otro batir de alas, y la silueta de Don Juan se le figuró al chef en el momento que sacó al tercer pollo de la bolsa, la cual se hallaba a su costado. Cogiéndolo del cuello, lo colocó sobre la tabla de picar. La mirada perdida y sin vida del animal crudo se desdibujó bajo un velo de plumas grisáceas que invadió la vista de Ramón. Sin que le temblara la mano levantó el cuchillo y, poniendo toda su alma chiclayana en el mango, bajó la filuda hoja con toda su fuerza.
Al instante que el cuchillo separó la cabeza del pollo del resto del cuerpo, un grito desgarrador despertó a Ramón de sus ensueños. Levantó la vista y vio a su hija Lucero agachada, derramando un mar de lágrimas. La mesa del comedor bloqueaba su visión, por lo que dejó toda la faena de la cocina para acudir a su lado de inmediato. Al acercarse lo comprendió todo: en el suelo yacía Don Juan, el artero palomo, con el cuello torcido, expulsando un chorro profuso de sangre por el ojo derecho, que tenía reventado. La sangre se acumuló rápidamente, pero por más que Ramón intentaba apartar a su hija, esta se negaba a reaccionar.
—Lucerito, ve y baja donde tu tía. Yo me encargo del resto.
—¡No! ¡No! ¡Papá, ella me va a matar! Cuando se entere…¡papá, ella me va a matar!
Y no le faltó razón. Un minuto después Fernanda salió de su habitación, ligeramente fastidiada, preguntando por la causa del berrinche. De más está decir lo que ocurrió cuando observó lo que se desenvolvía en el comedor: un grito atronador salió desde lo más hondo de su pecho, que atravesó todas las paredes de la casa, llegando a ser oído por todos sus habitantes. Destrozada por el dolor, la madre de Lucero se abalanzó enseguida al suelo, apartó de un empujón a su hija, apretó al agonizante plumífero contra su abdomen y, sin importarle lo más mínimo mancharse con el torrente de sangre que se derramaba, corrió deprisa a encerrarse en el cuarto. Solo después que subió la tía para llevarse a Lucero y la suegra para hablar con Fernanda, consiguió Ramón destrancar la puerta.
Posteriormente vinieron las explicaciones. No obstante, pese a que trataba (en apariencia) con una tragedia, le resultó muy complicado a Ramón ocultar su felicidad. Requirió un esfuerzo sobrehumano no esbozar una sonrisa cuando le tocó consolar a su hija por la noche. Y es que, ¿cómo no iba a estar contento? Al fin había podido deshacerse del desgraciado columbino que arruinó su matrimonio. Antes de dejar que se acostara la aún plañidera Lucero, le prometió regalarle un obsequio mejor que el que le diera por su quinceañero la semana pasada. Para el mundo exterior, tal gesto fue considerado como una forma de suplir el vacío que dejaba la mascota favorita en el corazón de la niña; pero en realidad no fue sino la recompensa del patriarca hacia su preciosa progenie, un galardón por su impecable hazaña.
Después de meses durmiendo en la sala, Ramón regresó esa noche decidido al lecho matrimonial. Fernanda estaba recostada en la cama, acurrucada bajo la frazada y con la mirada perdida. El chef no puedo evitar emocionarse: delante suyo reposaba la bella, agraciada y angelical limeña de la cual se había enamorado. El hechizo del palomo se había roto, y no le costó nada revivir aquellas noches de pasión que abundaron aquellos primeros años de casados, pues tanto los miembros como el cuerpo de Fernanda se pusieron a merced de los movimientos del marido. En la cumbre del goce, Ramón prometió dejarle su cartita a Santa Rosa, a quien creyó intercesora del milagro. Así, luego de tres convulsos años, los días de seducción de Don Juan habían terminado.
*
Una mañana sorpresivamente calurosa de octubre, Ramón bajó de la mototaxi acompañado de su esposa, que desde aquel incidente lo acompañaba todas las semanas a realizar sus compras en el mercado “La Huaca”. Descargaron las bolsas repletas de ingredientes con cierta dificultad, pues la calle de su cuadra estaba ocupada por los camiones de mudanza: era el casero que por fin hacía honor a su palabra. Mientras terminaba de recibir el vuelto del pasaje, un perro color marrón apareció en la esquina. Al instante pareció reconocerlo, y rápidamente se acercó a Ramón para menearle la cola. El hecho, aunque gracioso, fue fortuito, pues el chef tenía la certeza que aquel sabueso solo vagaba por la calle en las mañanas. Fernanda, que se encontraba distraída, bajó la mirada cuando sintió al can oliscando sus pies.
Pasaron largos minutos. Ramón ya había colocado la llave en la cerradura, cuando advirtió que Fernanda no se movía de su sitio. Giró la cabeza, y contempló tanto a su mujer como al perro mirarse fijamente, a los ojos. Un sentimiento indescriptible invadió su pecho, como si desde lo más recóndito de su corazón resurgiera un temor primigenio, enterrado: los ojos de Fernanda habían adoptado un brillo, desagradablemente familiar. Al cabo de un breve instante, la mujer levantó la vista, radiante. Una dulce sonrisa se dibujaba en las comisuras de su boca. Todo indicaba que se venía una nueva primavera.
—Amor, ¿y si adoptamos un perro?
