Un lunes sin suerte (ni twinks)

Por Alexis Boleaga

1

Temblaba junto al batir de su estómago, en los nervios prolongados dentro del elevador que crujió y se tambaleó previo a llegar al sexto piso. Al abrirse, el pasillo de paredes de un color crema pareció indicar por sí solo el hecho de que debía girar a su derecha para alcanzar a ver la otra forma de vida, el secreto a voces, oculto a la vista de todos en Eje Central número 123.

Abandonó el reflejo frío, displicente. Las puertas se cerraron con pesadez en un eco de exhalaciones. Música en español, desconocida por él, cada vez más fuerte al acercarse.

—Vengo por la promoción de hoy.

—Serían 100.

—¿Hoy no cobran 50?

Tras el cristal ahumado de la taquilla, el hombre robusto de barba y anteojos de gruesa montura dio un respingo, apenas perceptible; quizá lo supo al instante, el joven no sería como otros que llegan en cuanto dan las 2:00 p.m., los que no son twinks, sino que vienen a cazarlos, iguales a una presa delicada, de belleza mitológica, una moda que ha sido resignificada en la cultura gay para establecerse como un estándar hegemónico, con exponentes como Timothée Chalamet, Troye Sivan y el más reciente Mark Eydelshteyin. 

—Sí dale. —Transitó el cambio.

Era un lunes dedicado a los twinks.

Se creería que un sitio así es la cumbre de la clandestinidad, un templo dedicado a la sordidez en el cual uno entra sin saber si saldrá o se le volverá a encontrar. Nadie puede esperar que a los asistentes les den un ticket con los datos fiscales de la empresa; mucho menos se espera que haya un logo para Sexto Piso (toma el nombre de su ubicación dentro del edificio) en el que destacan, en mayúsculas, las letras S, X y O.

SOX es sexo, pero ya no es clandestino, evidencia de ello es ese pedazo de papel térmico, su X (antes Twitter) y su Instagram en los que se describe como un “parque de diversión para hombres” y anuncia sus promociones semanales, mientras que sus visitantes se refieren a él, de forma juguetona y acompañados de fotografías de carácter erótico en las instalaciones, como un “grupo de lectura”, pues el chiste hace referencia a la editorial mexicana del mismo nombre.

El joven guardó el ticket en la bolsa trasera de sus jeans rectos, fuera del interés de quien le atendió. El calor del exterior fue cosa de antaño en esos interiores de muros oscuros y luz baja, exceptuando una intersección; ahí, sillas bajas de cuero y metal fueron bañadas por el rayo solar.

Sexto Piso es la mención número cuatro de un artículo de Chilango llamado “5 lugares de encuentro gay para echar pasión (o liberar el morbo) a todo lo que da”. En dicho texto, además de indicar su utilidad como sitio de encuentros sexuales, se promete una terraza, y ahí está, pequeña y con vista al ajetreo vespertino de la Colonia Centro, irradiada por un sol inclemente, demasiado ocupada para mirar la fachada anaranjada del edificio que al parecer se dedica a vender y guardar partes de celulares.

—Hola. —El joven trató de ocultar en vano su nerviosismo.

—Hola, antes de dejarme tus cosas, es obligatorio quitarse el pantalón, la playera te la puedes dejar o como tú quieras. —Le sonrió el hombre de la paquetería junto al umbral cuadrado que da a la terraza, por donde el viento escaso se filtraba.

Volvió a sentir ese dolor falso en las entrañas, una emoción que se ve ensombrecida por la expectativa, y si la piel posee memoria, está vibró con el pasado y el presente al evocar esa sensación.

¿El pantalón? ¿Así porque sí? Resulta que si la pena es fuerte, la curiosidad lo es más. De eso se percató al despojarse por un momento de sus tenis, y, tras unos segundos de duda y temor, del pantalón, posteriormente depositado con cuidado en su mochila junto a la playera. Pensó que no se veía tan mal en boxers. Y que no había marcha atrás.

—Oiga, y este desde cuándo está —preguntó.

—Creo que desde 2022, pero no sé bien. Toma amiguito, no me la vayas a perder, si no vas a tener que pagar la reposición. —Le dijo al poner sobre el pequeño mostrador una pulsera de bolitas rojas con un dije redondo en el centro con el número 12 inscrito en una superficie de metal.

Firmó con un nombre falso en una libreta colocada a su derecha y volvió al objetivo: buscar si había alguien especial.

Sexto Piso nace el 07 de octubre de 2022, según un rastreo en sus publicaciones de X, pero los lugares de esparcimiento para la comunidad gay existen desde la Europa del siglo XVII, cuando, en esa clandestinidad, los hombres podían revelar su verdadero yo. Al menos en el coito.

La cuestión radica en la evolución, capaz de hacer proliferar estos espacios que no solo son de esparcimiento y ocio, sino también territorios de afinidad en los cuales una comunidad marginada pueden sentir un grado de pertenencia, donde se aprenden normas, códigos y expresiones propias de una colectividad con un punto en común: la satisfacción.

El joven tomó asiento en una mesa frente a los lockers, disponibles por la cantidad de 30 pesos; sobre ellos, una pieza de maniquí, carente de un pene y con una pieza de lencería masculina color rojo, contrastando con el negro bordeado por los bastones neón pegados a la pared que subían y bajaban al ritmo de Running Up That Hill de Kate Bush, cantada también por un hombre en sus treinta a simple vista y con cicatrices bien marcadas sobre su esternón mientras se retocaba los labios con un bálsamo y le veía atento, sentado a un metro de él.

Hubo desnudez entre lo público y lo privado, en los lenguajes de miradas y gestos que indican aventura. “Por 50 pesos no está mal. Y de eso a irse a ensuciar al ‘Camino verde’, no gracias”, pensó al recordar los testimonios de homosexuales en Tik Tok y Facebook al contar sus anécdotas de exploraciones, casi siempre infructuosas, de lugares dedicados al cruising, palabra relacionada al holandés kruiser, que significa cruzar o navegar, no obstante, en la actualidad se relaciona a una práctica en la que personas, generalmente hombres, tienen sexo con otros  de forma anónima o casual en lugares públicos o semi-públicos.

En efecto, en la Ciudad de México, si no tienes problema o no quieres gastar, puedes cubrirte por la intrepidez del sexo casual en los mejores sitios de cruising como Velódromo en Ciudad Deportiva, Camino Verde en los barrancos de CU, los baños de Metro Pantitlán o los de la Biblioteca Vasconcelos, los cuales aparecen en un mapa de gays-cruising.com. Sin embargo, le resulta más cómodo a la comunidad dejarse caer en los clubs; el mejor, según Chilango de nueva cuenta, es Babylon, en Insurgentes Norte 162, Santa María la Ribera.

Es evidente el cambio, y no sólo porque hay más libertad, sino por que los espacios de la comunidad pasaron de ser un lugar de resistencia política, como lo fue El Safari en la Zona Rosa, el primer antro gay en la década de 1960, el cual desafió la autoridad del entonces jefe de gobierno Ernesto Uruchurtu, hacía un punto donde se vende un producto: el encuentro casual.

Lo descubrió al escuchar los precios de las micheladas, condones, lubricantes y poppers en ese espacio, en plena desconexión del mundo exterior, en el que algunos navegaron absortos en las pantallas de sus teléfonos, deslizando sin cesar por las redes sociales. Otros, con una timidez palpable, se despojaron de sus prendas, dejando de lado pantalones y camisetas.

Sólo hubo uno que tuvo la audacia de ligar con el barman en turno, un twink en todo el sentido de la palabra, con anteojos redondos, cabello negro lacio, vestido con jeans entubados y camisa a cuadros rojos y negros que entalló su figura. Cada parte de su ser fue el arquetipo  proveniente de la antigua jerga gay británica twank: hombre joven, veintitantos tras finalizar su adolescencia, delgado, con poco o ningún vello corporal, de rasgos infantiles o andróginos. ¿Ese hombre de verdad estaría dispuesto a dejar su lugar detrás de la barra y ser un paralelismo con el pastelito estadounidense llamado Twinkie? Al fin y al cabo ya era un objeto de deseo.

Un cuarto de hora más tarde, decidió continuar la marcha hacia los confines de lo desconocido, la cueva cargada del erotismo que creyó infrahumano y tan natural como la vida misma. Al cruzar el umbral, la negrura casi absoluta lo recibió junto a la silueta del hombre con máscara de perro azul, desnudo y con el pene erecto, sentado apacible en un columpio de sogas, el primer peldaño dentro del laberinto de cabinas teñidas por el neón rojo de las paredes. 

Encendió la linterna de su celular oculto en los pliegues de su chaqueta, cosa errónea según las leyes de ese museo de estatuas vivientes, no de un mármol griego, sino de un chukum barnizado en sudor.

—Apaga la luz guey —le dijo un hombre a sus espaldas: de unos cincuenta años o más, desgarbado, con los dientes chuecos y los labios llenos de llagas.

No alcanzó a disculparse, pues aquel se disolvió en la falsa noche, otra vez dominante apagarla.

El prolongado murmullo de la música electrónica inundó el espacio, carente de conversaciones que no fueran las miradas, apenas expresivas en medio de un tránsito ininteligible. Dentro de este laberinto, el joven tropezó con otro en calzoncillos, camisa a cuadros roja y negra con la que cubría su temblor bajo el faro de un adorno de un hombre masturbándose hasta soltar una lluvia dorada; junto a esa caricatura, la palabra Scruff, nombre de la app de citas para hombres.

—¿Estás esperando a alguien? —Preguntó.

—No.

—Ah. ¿Y es tu primera vez?

—No, ya, la segunda.

—¿Y qué tal?

—Pues bien.

—Cool.

Un breve silencio los separó antes de que cada uno continuara su exploración alrededor del domo de espejos, desocupado por el momento. Se trata de un espacio cerrado, construido con el mismo tipo de vidrios de las cámaras de interrogación en las películas de detectives, solo que ahí se pueden observar los encuentros sexuales de quienes quieran mostrarse. “Para los onlys”, sonrió.

2

Media hora más tarde, de vuelta en el bar, se debatió en comprar un trago.

Alguien de barriga pronunciada, brazos y piernas delgadas y peluca azul eléctrica soltó un grito antes de entrar a los misterios, a buscar a los efebos de esta época.

“Dijeron que los twinks de a de veras llegaban más tarde, pero parece que no”. Crujido tras crujido de sus nudillos, dieron las 4:00 p.m.

“El hombre-perro fue como en la peli de El resplandor”. Le ofreció una mirada a la pared detrás suya con fotografías de Eros Gay, “erotismo exclusivo en impresiones”, dice su X.

Sentado frente a una mesa, con el culo húmedo por el sudor tenso que le cosquilleó desde su cuello hasta los pies, presintió la mirada de un joven de playera a rayas, pantalón recto verde y mocasines negros. Se sonrieron el uno al otro al decidir, con cierta renuencia, a hablar con él.

—Hola. —El otro le dio pie.

—Hola. Perdón es que me cansé de estar en la mesa. Y luego pasa mucha gente mayor.

—¿Quiénes? —Abrió sus ya de por sí grandes ojos a la vez que ladeaba la cabeza para escuchar mejor.

—Pues gente mayor. No me gusta.

—Es que llegan los buenos más tarde.

—Sí, eso dicen, pero ahorita hay mucha gente grande.

Otra mirada. No supo su significado.

—Disculpa, es mi primera vez aquí. —El joven procedió a exhalar.

—Ahh. Yo ya he venido varias veces.

—¿Ah sí? ¿De dónde eres?

—Vivo por Bellas Artes.

—Caro.

—¿Perdón? —El de ojos grandes volvió a dedicarle una mirada de intriga.

—Que de seguro es caro.

—Algo. Bastante. ¿Tú de dónde? —Preguntó con un dejo de amabilidad forzada.

—Iztacalco.

—¿Y cómo te llamas?

—Christian —el joven mentía—. ¿Y tú?

—Luis.

Seguro él, de igual modo, decidió permanecer anónimo.

—¿En cuanto te salió tu miche?

—Amm, algo cara. No me gustó tanto. —Irónico al darle un nuevo trago—. ¿La quieres probar?

—No, no gracias.

Las sonrisas se tornaron un enigma de sueños lúcidos entre el rugido de Katty Perry con su antiguo éxito Roar. El supuesto Christian supo en el fondo que la pena esperaba ser erosionada tras terminar de beber.

Ambos vieron la pequeña vitrina en la barra. Popper 250, un ente común para juegos disponibles allá, en lo ilimitado del ansiado vaivén de cuerpos desnudos.

—Te digo que hay mucha gente mayor.

—Ah, sí. Algo.

—Para que conste, tengo veinticuatro.

Fue un impulso breve, palabras aborrecibles en el aire agitado por las tormentas de vibraciones y el sonido de cadenas de perro sujetas a collares en cuellos humanos, a lo mejor rumbo a conocer a su homólogo el Hombre-perro, con su miembro agrandado por la visión de las presas delgadas, vulnerables.

—Oh, entonces yo soy muy mayor. —Tímido, agitó su pie en la base del taburete.

—¿Por?

—Tengo muchos más.

—¿Cuántos?

—Muchos.

—¿Adivino?

—Treinta y cuatro.

—Ah, ya.

“Mayorcito”. El diminutivo reptó junto a la proyección de un rostro que, tras un largo rato de decepción, sí le pareció atractivo, con sus pómulos pronunciados bajo ojeras y un cabello rizado. Y olía a Eros, de Versace.

—Bueno. Iré a ver qué encuentro. Adiós.

Luis agitó los dedos.

“¿Dónde comprarán esas máscaras y bozales?”, la pregunta se hacía cada vez más insidiosa mientras bajaba por el escalón rumbo al domo, entre focos amarillentos y pasillos vacíos. No lo sabía, pero aquella estética pulida, provocadora y cuidada al detalle era apenas un reflejo de una economía sólida: la llamada economía LGBT. En 2019, esta comunidad generó un PIB estimado de 3.9 mil millones de dólares en México, algo que algunos nombran «dinero rosa», porque abarca un 25% del gasto que los mexicanos hacen con tarjeta de crédito. Al menos un 6% de la población se identifica como gay, bisexual, lesbiana, trans o queer. Pero esto va más allá de la orientación sexual: es una forma de habitar el mercado, de sostener una identidad también desde el consumo, en una época donde todo —desde el deseo hasta los cuerpos— se compra y se vende.

Más adelante, dentro de una cabina, el azul eléctrico destelló sobre dos siluetas entrelazadas, fundiéndose en una sola, jóvenes anónimos en la penumbra. La electricidad le recorrió la entrepierna en un punto medio entre la excitación y el miedo. Su pene se elevó y volvió a caer sin llegar a nada. Conoció la urgencia de manos y piernas que se enlazaron alrededor de cuellos mientras gemían y destilaban el aroma a coco filtrado por una rendija, en la cual, el coito fugaz, desesperado en gemidos y en el ansia de extraer la última gota de semen caída en el pulgar de uno de los amantes en la oscuridad, cobró sentido: no hay amor.

Tras el clímax, los tres cogieron rumbos distintos.

Otro hombre mayor, de cuerpo flácido y gafas, hizo su aparición en uno de los rincones enrojecidos por la tenue iluminación; sus ojos analizaron con detenimiento a los pocos twinks, cubriendo su pudor con una mano empapada en sudor

—Amigo, te hago lo que quieras. —La oferta le llegó a Christian de forma directa

La contestación, apenas audible, fue un cortante «Nah». Entonces volvió a la seguridad del vestíbulo, lejos de las manos que tocaron su piel, para su desagrado.

3

Llegó 15 minutos después de la apertura y decidió irse a las 6:30 p.m, al ver que llegaron más y más jóvenes con uniforme de enfermería, pero de twinks, nada.

La sonrisa que le ofreció al de paquetería se esfumó de pronto al verle hablar con alguien que, de inmediato, pudo reconocer. “A ese lo ví mamando pito con un disfraz de El juego del calamar en su Twitter”, repitió en su cabeza mientras se vestía y se dejaba bañar por la mirada de desagrado de ese hombre alto, delgado y de pecho amplio.

Antes de abandonar el club le brindó un último vistazo. Ya no hubo nervios. Ni ganas de volver. —Fue muy muy aburrido —fue su sentencia al abandonar el edificio y cruzar el eje rumbo al metro Salto del Agua—. Dijeron que los twinks genuinos llegaban más tarde, pero yo no ví nada. Y me sentí incómodo, no sé si no entienden el concepto del consentimiento. A lo mejor no tuve suerte.

Publicado por Paradigma

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