El charco

Por Máximo Cortés Coria

Siempre que cruzo la avenida, me quedo sorprendido con la corta duración del semáforo. Para ser una vía extensa, el cambio entre el verde y rojo es más rápido que el récord mundial de cien metros libres. Hoy, por el contrario, se extendió hasta casi un minuto. Fugazmente, presté atención a los colores y modelos de los carros. Por cada tres grises, lo perseguía un rojo, azul, amarillo o de cualquier gama distinta a la escala de negros y blancos.

Cuando atravesé el camino, sintiendo en la piel el aire veloz y frío, un enorme charco se interpuso en el asfalto. La lluvia cayó con alevosía la noche anterior, justo en el último día de agosto, mes que el astro rey había atado completamente con su calor aturdidor. Salté para esquivar aquel cuerpo de agua, sucio, verde, nauseabundo, pero fallé en el intento y toda porquería recorrió gélidamente mis pies.

Continué caminando tratando de ignorar el bochorno. Los ojos hambrientos de los transeúntes no dejaban de comer ansiosamente mi andar.

-¿Qué les pasa?-, pensé. Seguí soslayando la bruma de las miradas.

El hedor por haber pisado el charco tuvo que desaparecer al paso de las horas por el roce de la planta del pie con el concreto.

Cuando tuve hambre, paré en frente de una camioneta de comida de hamburguesas y hot dogs. Desde que me acerqué y el aroma a carne y grasa fueron perceptibles, la gente alrededor gesticulaba caras de desagrado. En instantes, quedamos solos el vendedor y yo.

-Buenas noches, ¿qué precio tienen las hamburguesas?

 -Para usted, gratis. Solo sí es para llevar y promete no volver por aquí.

Ante tal respuesta, y las miradas de repulsión que había sentido, recorrí mi nariz hacia mis axilas, buscando que el mal olor del charco se hubiera extendido a más partes de mi cuerpo, pero nada. Observé mi rostro en el retrovisor de la van, rastreando algún signo de grano o vello facial desagradable, pero nada.

Resignado, acepté la hamburguesa de regalo y me despedí sin decir gracias. Tomé asiento en una banqueta, junto a un perro callejero. Se acercó a mí, sin miedo ni asco. A él no le importaba que estuviera desnudo.

Publicado por Paradigma

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