Por Eduardo Honey
Nunca he buscado la iluminación, menos la trascendencia espiritual. Sin embargo, he estado rodeado de personas van tras su camino en la literatura mística como La doctrina secreta de Blavatsky, Los cuatro acuerdos de Ruiz, Tlacaélel de Velasco Piña, La conspiración de acuario de Ferguson y muchos más que llegaron a mi biblioteca durante los 90s del siglo XX. Que estos libros hacían eco, les resonaban.
Lo peculiar es que mencionaban al taoísmo y su influencia en el grupo o secta correspondiente cuando acompañaba a mis amigos. Nunca vi en sus manos un ejemplar, tampoco lo encontré en sus bibliotecas personales. Recuerdo haber hojeado ejemplares en la desaparecida Nalanda del centro de Coyoacán. Era interesante, pero me atraía más lo que en ese entonces practicaba: Aikido. Nunca adquirí uno, siempre el presupuesto fue para otros libros.
Lejos de esas aventuras en las postrimerías del siglo XX por fin consigo un ejemplar digital (benditas redes) que leo en su totalidad. Por primera vez encontré el dichoso eco en varios de sus poemas. Este año ha sido uno de mudanzas y refundaciones. de ser dejado atrás, de perderme y levantare con nuevas cicatrices.
Durante tres años estuve co-coordinando el Gran Colisionador de Textos Especulativos, un taller literario surgido de la Tertulia de Ciencia Ficción de la Ciudad de México. Entre todos los tertulianos era el que tenía experiencia y disposición para tallerear viernes y sábado, de dos a cinco horas, nueve meses al año. Por eso me propuse como voluntario para coordinarlo durante la pandemia.
Entre la edad y mi experiencia seguí una serie de preceptos personales. Y, al leer el Tao, hallé cosas como “El Sabio pasa desapercibido y ahorra las palabras. / Cuando su tarea ha sido cumplida y las cosas han sido / acabadas, todo el mundo dice “¡Somos nosotros los que las hemos hecho!” (poema 17).
Así estoy ahora, continúan trabajando, tallerean, han publicado una primera antología y, en apariencia, no existo ni existí. Reflexiono sobre lo traté de transmitir en esas decenas de sesiones y el Tao me brinda el reflejo como resumen de mi labor “… (el Sabio) No se vanagloria, y por eso brilla, no se justifica, y por eso / es conocido; no proclama sus capacidades, y por ello / merece confianza; no exhibe sus logros, y por eso / permanece. / No rivaliza con nadie, y por ello nadie compite con él.” (poema 22).
Siempre pedí que no me dijeran maestro ni sensei, que solo usaran mi nombre o apellido: éramos iguales, solo con algunos años de más. Por igual les advertí que llegaría el momento en que deberían matar al rey: yo como coordinador, olvidarlo y continuar su camino. Así lo hicieron.
Se admiraban de la velocidad a la que escribo y levantaron la historia de mis fantasmas creadores; jugaba con eso y no me vanagloriaba porque sabían la verdad: aprender mecanografía. Les pedí que no se justificaran o pidieran perdón por sus escritos: el texto se sostiene solo y aún en su primer borrador, es algo concreto que requirió de enorme esfuerzo. Festejaba con ellos cada una de sus publicaciones, en particular la primera; yo callaba de las mías, eran parte de mi normalidad, de lo esperado.
En grupo revisábamos textos para concursos y convocatorias. No competíamos entre nosotros porque sabíamos que había espacio para todos. Además, por detrás, tenían la confianza de buscarme y enviar sus textos para una última revisión y comentario, para resolver dudas o, incluso, apoyarlos en cuestiones personales balanceando el escritor que llevaban dentro.
Quizás contradiciendo un poco con el Tao, sentí orgullo por ellos por sus publicaciones y cuando varios ganaron premios. Hace poco una fue primer lugar en otro concurso con un texto que no pasó por mis manos. Asumo, con poco de un ego no tan sabio, que algo dejé en el taller, en sus personas, en su capacidad creadora. Que hubo un no-hacer, un susurro al vacío, que los impulsará el resto de su vida.
En esta pausa, resultado de los opuestos del taller-individualidad, continúo con el “seguir la guía de la Luz Interna” (poema 27), donde “existe un tiempo para que todas las cosas vayan delante” (poema 29), aunque morí para ellos (metafóricamente), no he perecido, gozo de la auténtica longevidad de mi flujo y ser en el escribir y al publicar,
Eso sí, hubo algo que nunca logré enseñar ni describir. Al leer el Tao entiendo porqué. Hay un instante en que estoy tecleando y las palabras, las frases, los párrafos llegan sin parar. En narrativa desaparece lo que me rodea para encontrarme en el escenario donde ocurre la acción, escucho la voz viva o pensamiento de los personajes, percibo olores, sabores y texturas. Si es poesía, la palabra y el verso son la transustanción de emociones, imágenes o impresiones.
Es algo que no busqué, solo ocurrió. Ojalá todos ellos, mis amados talleristas, también logren su Tao en el escribir.
