El hombre que no sabía amar

Por Procoro Augusto López Huerta

No lograba captar la esencia de la lluvia, aunque a veces le parecía de lo más detestable. Ese repiqueteo solo animaba su impaciencia. El mundo era muy obscuro como para escuchar repetidamente el mismo sonido, que probablemente variaba en torno al tamaño de la gota, la distancia y la superficie donde caía, hasta hoy se ponía a pensar en eso, sin embargo, nunca había estado segura de algo en su vida, y esto no era la excepción. Hace media hora que había llegado del trabajo. El turno en la cafetería le parecía muy lejano, como si se tratara de otra vida, de otros sueños, de otros anhelos, de otros lamentos. Por momentos miraba al pasado, tratando de entender cómo la vida se convertía en una jaula, en un lugar sin ningún tipo de aliciente, más que el que pretendía el sistema, todo integrado para convertir el día a día en una incansable lucha por mantener una actividad. Incorporar momentos a mi memoria ya no me era interesante. Y puede parecer que no encuentro ningún sentido, que se me han acabado las fuerzas, que simplemente camino por caminar, que simplemente respiro por respirar, que simplemente pienso por pensar, esto último a veces como un respiro a la patética que vida que he construido, porque estoy segura que he tenido en mis manos la oportunidad de pelear, aun en la situación en la que me he encuentro. Deseaba con todas sus fuerzas regresar a los brazos de su abuela. No tenía duda de que un poco de su afecto podía cambiarlo todo. En sus travesuras siempre estaba ahí, para abogar por ella. Hasta su familia tenía que pensárselo dos veces antes de reprenderla. La complicidad entre abuela y nieta no tenía límites. Un día la anciana decidió llevarla a un pequeño parque en el que se decía que habitaban duendes. La pequeña Linda entendió que se hallaba en un lugar especial. Juntas caminaron por el lugar. Su abuela bromeaba con la idea de que en cualquier momento las podían raptar, que era fundamental estar atentas al entorno. La pequeña Linda vio a unos metros un perro que ladraba con todas sus fuerzas hacia la parte superior de un árbol. Una ardilla se convirtió en el duende preferido de la pequeña, creció emocionada de ver en estos roedores su idea de lo que le había contado su abuela. La anciana reafirmó la idea, y dejó que su nieta se dejara llevar por su imaginación, ninguna de las dos pensó que el mundo suele ser cruel con las almas libres. Cómo quisiera que estuvieras aquí, que me hablaras con calma y con afecto. Tus manos limpiando mis lágrimas, conteniendo mi dolor, dejándolo escapar y sanar. Tenías una fuerza que nadie de la familia tenía. Ante cualquier problema, sabía que podía contar contigo, incluso si yo era la equivocada, encontrabas en tu ser la empatía para estar de mi lado. Podías ser injusta si con eso me salvabas. Te quiero como alguna vez quise a la vida. Una parte de mí se fue contigo. Es como si me hubieran arrancado la respiración, percibo que mis suspiros ya no me pertenecen, porque todos se fueron contigo. Te imploro que de alguna manera te comuniques conmigo, te necesito, no hay nadie como tú, nadie se te parece. Estoy quebrada desde que moriste, y no encuentro el pegamento para armarme de nuevo, al contrario, cada día que pasa me despedazo más. Siento que nada está en mis manos, ni mi cuerpo me obedece, se mueve por pura inercia, porque no tiene otra opción ante los demás cuerpos del mundo que sí se mueven. Faltó que me dijeras tanto, que me compartieras qué hacer en esta circunstancia, porque tengo miedo, te ruego que me quites esta sensación, la tengo desde hace años. Quién es capaz de transmitir lo que faltó que me enseñaras. Te juro que le daría una oportunidad, no lo dejaría al primer revés, escucharía con atención, trataría de entender, pero hazlo ya, de una maldita vez hazlo, porque de lo contrario te odiaré, no sentiré más que resentimiento por ti, encuentra mi respuesta ya. Perdón, perdón, perdón, es que no puedo con esta angustia, desfallezco ante este dolor, mi tristeza se convirtió en una resignación enfermiza, como si se tratara de una enfermedad ante la que no me importa consumir más y más lo que me hace daño. Demuestra cuánto me querías, no sé cómo, eso tú lo tienes que averiguar, porque la muerta eres tú. Estoy tan desesperada por abrazarte de nuevo, es que me haces tanta falta. La pequeña Linda escuchaba atentamente la clase en la escuela Primero de Mayo, le encantaba oír la pasión con la que la maestra les compartía. La docente era una joven con un futuro prometedor, tenía veintitrés años y muchas esperanzas de que su relación se acercara a lo que ella deseaba con toda el alma: casarse. Linda encontraba algo muy peculiar en la forma en la que la maestra movía las manos, parecía como si estuviera dirigiendo una orquesta. Le inquietaba mucho que la maestra llegara con el ánimo por los suelos, se preguntaba cómo una persona tan buena en su actividad podía sentirse tan triste y melancólica. Un día se le acercó para darle los buenos días, sin embargo, la maestra no le respondió, se limitó a mirarle con rencor. Linda entendió esa noche que hasta las almas más apasionadas y talentosas pueden dejarse llevar por sus emociones, incluso manifestando lo que podía provocar en los demás caos, confusión y dolor. Linda no le guardó resentimiento, al contrario, le agradeció que le hiciera comprender un poco mejor cómo podía ser el mundo. La pequeña se dispuso a salir del salón para comer el huevo revuelto que su mamá le había puesto en su lonchera, además de dos rebanadas de pan. No le gustaba platicar con nadie en el desayuno. Pensaba que esa actividad merecía cierta paz, cosa que no lograba alcanzar si alguien se le acercaba a platicar. Pasó unos minutos disfrutando de su desayuno. La banca de madera en la que estaba sentada no era muy cómoda. Así que llegado el momento empezó a acelerar la ingesta de sus alimentos. En medio de la forma semicircular, había una mesa con una sombrilla en medio. No entendía cómo una sombrilla le podía dar un aspecto diferente al patio de la escuela. Era consciente de que la playa se encontraba a muchos kilómetros de donde estaba, pero ese objeto le daba la sensación de estar vacacionando. El clima no se parecía en nada a unas vacaciones en Acapulco. Tendría que lograr que el frío se esfumara, cosa imposible. En cambio tenía una sudadera sobre la blusa, y una chamarra sobre la sudadera, algo muy incómodo. Todo se volvió más desagradable cuando tres niñas se acercaron a Linda. La que iba al frente se llamaba Gloria. Y las otras dos, un poco atrás de la primera, se llamaban Dafne y María. Gloria se dispuso a cuestionar el desayuno de Linda, pero esta no le hizo ningún caso y siguió con lo suyo. Linda había guardado sus cosas y se disponía a regresar al salón, cuando la pequeña Gloria le dijo que si seguía creyendo que las ardillas eran duendes. Linda sintió enseguida la agresión a su mundo interior, un universo que había construido junto a la persona que más quería: su abuela. Gloria pensó que me estaba hiriendo, pero la verdad es que no. En repetidas ocasiones había escuchado a las personas llamar ardilla a lo que mi abuela me compartió como un duende. No desconocía el nombre verdadero de esos roedores. Aun sabiendo la verdad, sentía la imperiosa necesidad de mantener la idea de que esos animales en verdad eran duendes. Puede parecer que sea terca y obstinada, pero creo que en el fondo quería que mi abuela supiera que sus palabras tenían la fuerza para construir mis principales referencias. Ahora lo puedo entender con más calma. No me dijiste que pasaba después de la muerte, ni siquiera me planteaste la idea de un nuevo plano, en eso preferiste no comprometerte. Te lo reprocho, pues probablemente en esta situación podría aferrarme a aquello que me hubieras compartido. No lo hiciste, y no tengo ninguna herramienta emocional ni social como pretende tener la mayoría de personas. No sé si eso me haga más débil, o es que quizá no me quisiste lo suficiente, puede ser, aunque sé que eso es difícil de creer, pues veía tu alegría al estar conmigo. Quizá pensaste que esto solo lo podía enfrentar y solucionar yo. Pero qué difícil. A ti no puedo mentirte. Me estoy rindiendo. Quiero que pase algo catastrófico, algo que me quite la vida, sé que pido demasiado, pero no quiero sufrir, tan solo quiero que todo se apague, como el simple hecho de apagar la luz del cuarto. También sé que soy muy cobarde, pues no soy capaz de quitarme yo misma la vida. Probablemente tenga algo de valentía, pues sigo aquí, sobre todo pensando en ti, en lo que me dijiste y en lo que no me dijiste. Abuela, eres mi ancla al mundo, pues no estoy dispuesta a perder tu recuerdo, y por lo mismo no estoy dispuesta a morir. Caminaba sin ningún sentido. Las palabras nunca habían sido su fuerte. No quería seguir avanzando sin tener algo valioso en su mente. Sabía que en algún instante tendría que comunicarse, pero no quería, prefería que solo el cielo le respondiera. A lo lejos pudo vislumbrar la entrada de una cantina. Tuvo la intención de entrar, aunque seguir tomando lo dejaría más a la deriva. Se debatía entre perder más la consciencia e intentar que la borrachera fuera pasando con sus pasos titubeantes. Finalmente se dejó seducir por el vicio de la bebida. Se sentó en un rincón, esperando que alguien se acercara a atenderlo. Un hombre ya mayor fue a tomarle la orden. Pidió una cerveza para empezar. Frente a él un grupo de chicas reía y se la pasaba bien. Una de ellas detuvo su mirada en él. La joven poseía unos ojos llenos de intensidad, que bien podía deberse a la combinación con las facciones de su rostro. Su vista era gélida, como si se tratara de alguien que se adapta a muy bajas temperaturas, pero que no le afecta. Su sonrisa hacía que se marcaran sus mejillas cerca de los cierres de los labios. Tenía un mentón pequeño y circular. Y la frente y las cejas poseían una simetría casi perfecta, parecía que se hubieran trabajo como a una obra de arte. Él sonrió con timidez, y esto pareció gustarle a ella. El tiempo pasó, y a pesar de la primera impresión, no se desarrolló ningún nuevo contacto entre la joven y él. Lucas se desesperó un poco, aunque sabía que tendría una oportunidad. Las demás chicas estaban absortas en la plática, mientras que Alejandra vigilaba cuidadosamente al joven que le había sonreído hace un rato. Ninguno sabía como llamar la atención del otro. Definitivamente se tendrían que jugar alguna carta si querían conocerse más allá de haber intercambiado un leve gesto a la distancia. Poco a poco las demás chicas fueron retirándose. Alejandra parecía dispuesta a ser de la últimas en irse, pues creía que así podría abordar al joven con mayor libertad. Lucas pidió un mezcal al mesero, y aprovechó la oportunidad para propiciar que se le llevaran dos mezcales a Alejandra y su amiga. Las jóvenes recibieron las bebidas, y voltearon a ver a Lucas. El joven se levantó de su asiento y caminó hacia donde estaban las dos chicas. Allí pidió permiso para sentarse y posteriormente se presentó ante ellas. Por fin logro verla desnuda. Su cuerpo es tan bello, y no me refiero a una cuestión estética, pues no nos pondríamos de acuerdo sobre lo que es bello para cada uno, a lo que me refiero es a un tipo de cuerpo que te encanta por su forma, porque no es perfecto, porque es humano, porque es imponente y frágil a la vez, no sé, me excita solo mirarlo aquí a la luz de la luna. Me entran una ganas de violarla, de romperla, de hacer con su cuerpo lo que me dé la gana. Pero, por otro lado, disfruto de su pasión, de ver cómo se excita, de ver cómo se vuelve loca en el sexo. No sé cómo llamarle a esta dicotomía. Quizá simplemente se trate del poder que me ha dado, que me ha concedido. Confía en mí, de eso estoy seguro. Duerme mientras yo la observo, no cabe duda de que podría hacer con ella lo que quisiera, incluso matarle, me gustaría ver como se extingue su respiración, es parecido a la excitación, una emoción que nos desborda, que nos rebasa, ante la que no tenemos la más mínima oportunidad. Me acerco a oler su piel, tersa, blanca, con vello, qué dicha. Lo que no sabe es que voy a querer más, siempre un poco más, y que eso probablemente sea su perdición, porque más que desearla, lo que deseo es el poder que me otorga, y solo llevándolo al extremo puedo satisfacer mi necesidad de controlar todo, de hacer que desaparezca cualquier signo de vida. Quiero que sienta como se le escapa la vida. Deseo con todas mis fuerzas que lo viva intensamente, pero soy sincero conmigo, no será hoy. Hoy tengo otros planes, entre ellos seguir fantaseando con matar, es encantador tener esta posibilidad en la mente y en la imaginación. Pobre Alejandra, si supiera que todos sus sueños pueden acabarse en un instante, que quizá no vuelva a ver la luz del sol en su vida, que posiblemente no pueda escapar de lo que deseo. Quisiera contarle, compartir con ella este sentimiento, pero es imposible, pondría enseguida distancia de por medio, y sería de lo más normal, hasta yo lo haría. Linda encontró en la pintura un refugio ante lo que detestaba de la sociedad. Su abuela había convencido a su madre de inscribirla en un curso de pintura. Recordaba con mucho cariño a su profesor, quien irradiaba alegría y optimismo. En más de una ocasión logró motivarla a poner toda su atención en la actividad artística. Sentía mucho cariño por él. Pero para su sorpresa, un día todo eso cambió. Miguel decidió citar un día a Linda en su oficina para compartirle que podía entrar a un concurso de pintura, si ella así lo quería. El profesor no mencionó nada a la madre de Linda, y mucho menos a su abuela, deseaba que su alumna recibiera primero la noticia. En la oficina se podía ver un gran caos. Papeles por todos lados, y alguno que otro libro sobre el escritorio, esto sin mucho sentido, pues parecía que los ejemplares solo estaban ahí para adornar el espacio. Miguel entró primero a la oficina. Linda iba detrás. La invitó a sentarse en la silla que estaba a lado de la ventana. La miró con detenimiento, y después le soltó la noticia. Linda corrió a abrazarlo, y el profesor la recibió con otro abrazo y una gran exclamación de agradecimiento. Después de pasados unos minutos en los que platicaron sobre los pormenores del viaje y lo que tendrían que hacer con respecto a la obra que realizarían, con la pretensión de estar entre los trabajos que compitieran entre los primeros lugares, se hizo un silencio algo incómodo. Linda sintió que estaba en una situación que por alguna razón se tornaría desagradable. Miguel comenzó a platicarle de un sobrino un poco mayor que ella. Le contó en que escuela estudiaba y las actividades que realizaba, además de mencionarle de pasada cómo era físicamente. Linda no entendía qué relación tenía el sobrino de su profesor con el concurso en el que participarían. Miguel cambió su tono de voz, y de manera muy seria le dijo a Linda que tenía que salir con su sobrino si quería participar en el concurso. Linda se quedó callada un momento, no sabía qué decir. Pero su cuerpo respondió de acuerdo a la circunstancia. No entendía el viraje de la conversación, pero de lo que sí estaba segura era de su decepción. Linda se levantó de la silla, subió la mirada hacia los ojos de Miguel y le sonrió por última vez. Quería correr, pero se contuvo y caminó despacio a la puerta de la oficina. La cerró tranquila. Ya en la calle, mientras esperaba a su abuela, se prometió no regresar nunca más a ese lugar, no quería volver a ver a su profesor. Qué te digo mamá. Nunca fuiste afectuosa conmigo. Y créeme que trate de entenderte. Venías de una época en la que la mujer no era tomada en cuenta. Y supongo que mi abuela tenía otras ideas y expectativas con respecto a lo que tendría que ser tu vida. Qué curioso. Quisiste desquitarte conmigo, mientras que mi abuela cambió, comprendió que la vida tiene muchas perspectivas y a mí me acogió en su amor, incitándome a toda clase de locuras que me hicieran feliz. Trato de no juzgar a ninguna, pues tú pasaste por un trayecto de mucha dureza, y mi abuela no poseía más que lo había experimentado en años de machismo y violencia patriarcal, tampoco es que pudiera hacer mucho, o tal vez sí, porque conmigo ella se transformó, encontró una nueva forma de relacionarse, más empática y amorosa. Creo que las mejores versiones de la personas no siempre nos tocan. Aun así, te guardo un gran cariño. Y estoy segura que haría cualquier cosa para ayudarte a convertirte en una persona más libre, pero tú no quieres eso, tú lo que deseas es lastimar al mayor número posible de personas. Te sientes justificada para hacerlo, pues consideras que lo que llegas a hacer no se compara con lo que te hicieron a ti. Es triste, y mi impotencia pareciera una sentencia. Quisiera que me miraras con ojos de amor, que me abrazaras por lo menos una vez, pero sería hacerme falsas ilusiones. Y con el dolor de mi alma, sé que no te puedo ayudar en lo que pretendes cada día. No estaría contenta y en paz conmigo. No me quiero convertir en una mujer parecida a ti. En verdad que quisiera que todo fuera diferente. Ojalá las dos estemos vivas el día en que aceptes que la vida es injusta, pero que eso no tiene porque hacernos como las personas que nos hirieron. Créeme que será un gran momento de alegría saber que el pasado ya no te domina, pero si no lo consigues, no pasa nada, seguiré queriéndote con todo mi alma. Fue con varios de sus amigos a pasear por la ciudad. Iban sin rumbo fijo. Agarraron el metro y dejaron que este los llevara a la estación Sevilla. Salieron de la estación entre bromas y una que otra ocurrencia. De repente recordaron que no habían comido nada. Pero ninguno le dio mucha importancia. Caminaron con la intención de llegar a Paseo de la Reforma. Ahí caminaron con mucha parsimonia, platicando y diciendo cosas sin mucho sentido, pero que les parecían divertidas. A unos escasos metros vieron a un indigente tratar de orinar en una botella. Lucas reunió a los demás y les dijo que quién se atreviera a quitarle la botella al hombre se ganaría que los demás le hicieran la tarea durante un mes. Sus amigos se lo pensaron un momento. Uno de ellos, Álvaro, dijo que él lo haría. Lucas no estaba muy convencido de que consiguiera su cometido. Los demás se diseminaron alrededor del hombre, por si tenían que correr. Álvaro se sentó a unos pasos del hombre, quien intentaba meter su pene en la botella. El joven se levantó y rápidamente se acercó para quitarle la botella. Se alejó enseguida a la expectativa de lo que fuera a hacer el indigente, quien miró al joven con cara de sorpresa para después enojarse y correr hacia él. Álvaro le dijo a los demás que corrieran. No lo dudaron y empezaron a desplazarse hacia diferentes puntos. El indigente no logró perseguirlos ni siquiera una o dos calles, pues su ropa apenas agarrada al cuerpo se caía entre más velocidad imprimía en sus pisadas. Un gesto de pudor difícil de entender en este hombre, pero que hizo que ninguno de los chicos fuera alcanzado. Lucas corrió sin parar y con todas sus fuerzas, pero después de un lapso de tiempo se dio cuenta que ya no había ningún peligro. Miró hacia atrás, y vio a Álvaro y a Juan jadeantes. Se dejó alcanzar por ellos. Juntos caminaron hacia Bellas Artes, pues el recinto estaba muy cerca. La tarde caía y el color del cielo solo anticipaba el tono de las decisiones que Lucas tomaría en su vida. Los tres se miraron por unos instantes, para después reírse con sorna de sus travesuras por el centro de la capital. Había decidido hacer un poco de actividad física, aunque no estaba segura de cuál sería la actividad a la que dedicaría por lo menos dos horas de su día. Al salir del Colegio de Bachilleres, ubicado al sur de la capital, después de una clase demasiada pesada de filosofía, pudo ver en la pared de un negocio un letrero en el que se invitaba a entrenar básquetbol en unas canchas que no se encontraban muy lejos. Linda se emocionó y decidió presentarse lo antes posible. Fue junto a su abuela a comprar el calzado apropiado para practicar este deporte. En la tienda encontró muchos modelos diferentes de zapatillas. Intentó apoyarse en su abuela, pero rápidamente se dio cuenta que desconocía del tema. Aunque le pareció lindo que tratara de guiarla a escoger por la intensidad y brillo de los colores. Después de un rato de probar algunos modelos, cayó en cierto desánimo, pues ningún par de zapatillas la convencían. Y fue en ese momento cuando apareció él. Un joven de baja estatura, pero con un cuerpo muy atlético, se acercó a unos cuantos pasos de Linda para preguntarle sobre el lugar de comida de la plaza. Linda observó los ojos cafés un poco confusa, pues parecían estar en llamas al mirarla. El joven sonrió al darse cuenta de que ella estaba en otro planeta, y esto en cierta medida era cierto, pues le había venido a la memoria el rostro de un tío con el que convivía muy fluidamente en la reuniones familiares, incluso la sonrisa era idéntica a la del joven. Su abuela, al notar la confusión de su nieta, entabló diálogo con el joven y le dijo que la zona de comida rápida se encontraba a unos cuantos negocios a la izquierda. El joven agradeció el gesto y se despidió, no sin dedicar antes una sonrisa a Linda, quien regresó del trance en ese instante. Ambos tenían bastantes razones para encontrarse, pero lo difícil se presentaría cuando todas esas razones desaparecieran del mapa, porque su amor no se esculpiría como una obra de arte, sería más como un ascenso en la montaña, en la que cada paso significa un avance para alcanzar el objetivo. Julio entendería al paso de los años que el amor también implica equivocaciones y tropiezos, y que a veces es mejor vivir estas imperfecciones recurriendo a uno mismo sin soltar al otro, es decir, en una atención tanto interior como exterior, ambos iban a descubrirlo. Mi pequeña Linda, mi siempre hermosa Linda. Desde que te tuve en mis brazos descubrí un amor que estaba más allá de mí. Con tus sonrisas y ocurrencias iluminaste mi vida. La oportunidad de presenciar cómo ibas creciendo, es algo que lleno mi corazón de alegría. Tu mamá, mi hija, no estaba preparada para criarte, y eso en gran medida es mi culpa. Yo era muy distinta en mi juventud. Sentía mucho rencor por un mundo que no me dejó ser libre, que me ató de pies y manos, y me hizo casarme con tu abuelo, quien fue muy violento conmigo. Tenía todo en contra. Y sé que esto te podría enojar, porque siempre te hablé de pelear y seguir tus sueños. Yo no lo conseguí mi princesa, y eso costó, pues me amargué durante mucho tiempo, y crié a tu mama maltratándola y haciéndola menos. De hecho se parecía mucho a ti. Tenía esa belleza natural y luminosa. No puedo dejar de pensar que soy la causa de que tu mamá y tú estén tan distanciadas. Creo que por eso me acerqué tanto a ti, porque sentía la imperiosa necesidad de hacer algo bueno en la vida de alguien. Aun así, me doy cuenta que ninguna relación es perfecta, pues yo estoy aquí escuchando que te has perdido, que no encuentras el rumbo, que no encuentras la manera de seguir, es decir, que también te fallé, aunque creo que fallarle a alguien también es la oportunidad de invitarle a crecer. Todos fallamos mi hermosa niña, incluso los que te hemos amado con toda nuestra fuerza. Ahora te pido, con el corazón en la mano, que recuerdes que la respuesta que estás buscando solo está en un lugar: en tu corazón, siempre en tu corazón.

Publicado por Paradigma

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