
A Julieta Fierro Grossman (1948-2025)
Día con día, en diarios, blogs, páginas de internet, videos de YouTube, TikTok o publicaciones de Instagram y Facebook, aparecen noticias supuestamente revolucionarias sobre la ciencia. Artículos que prometen descubrimientos capaces de cambiar todo lo que conocemos. Pero, como bien dijo Carl Sagan, las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias. En un mundo dominado por el clickbait, donde los títulos exagerados luchan por nuestra atención para conseguir likes y reproducciones, es esencial desarrollar un pensamiento crítico desde nuestra formación básica. Esta capacidad nos permite discernir entre la información de mala calidad y la que proviene de fuentes confiables.
Necesitamos ser cautos y conscientes de que la generación del conocimiento científico es una actividad colectiva. Todo hallazgo se publica para ser discutido, validado y, en ocasiones, refutado por la comunidad especializada. No es un proceso de titulares fugaces, sino de construcción meticulosa y constante.
Precisamente por esta complejidad, la comunicación pública de la ciencia se ha consolidado como una disciplina con métodos propios y un alto nivel de especialización. Afortunadamente, poco a poco se ha ido entendiendo su importancia: no es una actividad secundaria que los científicos realizan en su tiempo libre, sino una labor de tiempo completo que requiere dedicación y profesionalismo.
Esta maduración de la comunicación científica en México se la debemos, en gran medida, al trabajo pionero de personas como la Dra. Julieta Fierro Grossman, quien nos dejó el pasado viernes 19 de septiembre. Ella tenía una forma única, cercana, entretenida y profundamente divertida de compartir la ciencia. La primera vez que supe de Julieta Fierro fue cuando promocionó en televisión y radio un libro titulado “El libro de las cochinadas”, del cual es coautora junto con Juan Tonda. El título y su presentación fueron tan llamativos que recuerdo ir con mi madre a comprarlo. Era un libro irreverente, nada solemne; para un adolescente, resultaba divertido, llamativo y, sobre todo, capaz de generar curiosidad por procesos fisiológicos tan cotidianos como ir al baño o sacarse los mocos.
Ese estilo de divulgación contrastaba abiertamente con el tono formal de las conferencias o los documentales. Julieta atrapaba a su audiencia. Cuando años después asistí a una de sus charlas, recuerdo que su personalidad era magnética: en lugar de limitarse a un PowerPoint, interactuaba con el público, regalaba dulces y demostraba conceptos científicos complejos con juguetes y artefactos creados por ella a partir de objetos cotidianos. No solo transmitía conocimiento; contagiaba una pasión y una alegría genuinas por entender el mundo y el universo.
Tuve la fortuna de coincidir con ella en un evento de la Academia Mexicana de la Lengua y pude charlar unos momentos. Le comenté mi admiración por el astrónomo mexicano Guillermo Haro (de quien hablaré en otra columna), y ella, con esa pasión que la caracterizaba, me narró episodios de la vida de Haro con una vivacidad increíble. Siendo yo un completo desconocido, le agradezco profundamente su gentileza al dedicarme su tiempo y ofrecerme, sin planearlo, una mini-conferencia personal.
Sus esfuerzos, materializados en entrevistas, libros, conferencias y el diseño de salas de museos, son un pilar fundamental para la comunicación de la ciencia en México. Julieta Fierro no solo nos enseñó ciencia; nos enseñó a maravillarnos con ella. Su legado es una invitación permanente a ser curiosos, pero también críticos. Y sobre todo, a no perder nunca la alegría de aprender.
