Una guerra que no da tregua

Por Laura Puentes

Siempre he tenido un periodo menstrual irregular, había veces que reglaba un mes sí, dos no y para mí eso era normal, pero, hace tres años me sucedió algo que nunca me había pasado. Era el mes de enero, mi menstruación llegó, pero no se detuvo.

Aquel periodo menstrual fue diferente a todos los anteriores, el sangrado era abundante, los cólicos fueron intensos, me dolía la cintura, mi vientre estaba más inflamado y el cansancio no me dejaba en todo el día, en el fondo mi cuerpo me decía algo y no sabía que era. 

Pasaron casi dos semanas y el sangrado no cesaba. Me asusté. Comencé a sugestionarme sobre todo tipo de padecimientos, así, a mis 26 años de vida, tuve que ir por primera vez a una consulta ginecológica.  

Abrí la puerta de la recepción, en seguida sentí el aire fresco y el olor, una mezcla de cloro con medicamentos que da esa sensación de limpieza extrema. La recepcionista me indicó en qué piso estaba el consultorio, no tomé el elevador, me dio miedo, preferí subir por las escaleras, así tendría más tiempo de pensar qué le diría al médico.

—Fíjese que tengo dos semanas con sangrados abundantes. Leí por ahí que posiblemente era un efecto de la vacuna contra el Covid, pero quisiera saber ¿qué me pasa? — pensé.

—¡No manches sonó bien menso! — dije en voz alta mientras me aseguraba de estar sola en el pasillo. 

Llegué a la sala de espera, estuve sentada como tres minutos tratando de recuperar el aliento, en eso salió el doctor y me nombró para pasar; mi nerviosismo se notaba y le confesé que era la primera vez que visitaba a un ginecólogo.

—No pasa nada, es bueno que hayas venido a revisarte— dijo con una sonrisa amable.

La luz cálida de su consultorio me tranquilizó. Le platiqué mi situación y por qué había ido a consulta, y me hizo una serie de preguntas sobre mi cuerpo.

—Dime Laura, ¿se te cae el cabello? —preguntó mientras tecleaba en su computadora. 

—Sí, mucho.

—¿Te han salido granitos en la cara o en la espalda?

—Sí—respondí mientras tocaba un granito en mi barbilla. 

—¿Tienes manchas oscuras en axilas, ingle o cuello?

—Sí—contesté avergonzada.

—¿Subiste o bajaste de peso?

—Subí, pesaba 43 kilos y ahora peso 49 kilos, y como lo mismo. —Me hubiese encantado decirle que había bajado de peso, pero no, ya hasta el agua me engorda— pensé.

No había puesto atención a muchos cambios en mi cuerpo, de una u otra manera los síntomas estaban ahí, pero, no sabía descifrarlos. 

—Lo ideal es que te realice un ultrasonido, quisiera revisar el estado de tu matriz y tus ovarios. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, está bien— acepté nerviosa.

—Pasa al baño, retiramos la parte inferior de tus prendas, orinas y te pones una bata. Sales cuando estés lista.

—Sí— contesté mientras dejaba mis cosas a un lado de mi silla. 

Recostada en aquella fría cama clínica, me explicó con detalle el procedimiento para realizar el ultrasonido. Sentía una combinación extraña entre vergüenza y pudor, pero respire hondo y dejé que el médico hiciera lo que tenía que hacer. 

Frente a mí estaba la pantalla donde podía ver como mis ovarios estaban llenos de unas bolitas (quistes). Él me comentó que posiblemente esto fue uno de los factores para que mi ciclo menstrual haya durado más de lo normal.

—Ves como tu ovario derecho está lleno de quistes— dijo señalando con una pequeña flecha en la pantalla— ¡Uy! tu ovario izquierdo está igual, lleno de quistes alrededor.  

De vuelta en su escritorio, me explicó sobre el Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP). Sí les soy sincera, hasta ese momento no había escuchado sobre este padecimiento. 

—Este síndrome hormonal es muy común en las mujeres. Tienes muchos síntomas. Quiero saber cuál es la raíz de tu problema para darte un tratamiento adecuado. Pero, estoy completamente seguro que es SOP— dijo con mucha determinación. 

Me recetó una inyección para detener el sangrado —carísima, por cierto— y me mandó a realizar unos análisis clínicos para determinar cómo estaban ciertos aspectos de mi metabolismo.

A la semana siguiente regresé al consultorio con los resultados del laboratorio y finalmente el doctor confirmó mi padecimiento. Así comenzó una guerra entre mi cuerpo y mis hormonas que no ha dado tregua en casi 4 años de lucha.

Publicado por Paradigma

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