
Saúl, era el más pequeño de seis hermanos. Hijo de Úrsula, había sido el último de seis partos que tuvo su madre mediante cesárea. Él y sus seis hermanos había contribuido a una cicatriz cóncava en el bajo vientre, parecía algo cercano a la forma de una sonrisa, una muy dolorosa, por cierto. Tanto Saúl como sus tres hermanas y tres hermanos compartían haber recibido ayuda en la primera lucha que a todo ser humano le toca librar; entre los últimos minutos dentro de su madre y los primeros minutos en el mundo exterior, nacer con ayuda de un bisturí y manos cubiertas de látex, no era la mejor forma de iniciar la vida, mucho menos lo era el iniciar la vida llorando.
¿Es así como la vida empieza?, era una pregunta que siempre rondaba el pensamiento de Saúl, y tenía razón… ¿Qué clase de existencia es esa que comienza con un golpe en las nalgas y llanto?, ¿acaso esa bienvenida es un aviso, una premonición de lo que se avecina? Puede que suene pesimista, pero parece que la lucha por la vida es evitar las nalgadas, más bien, patadas en el trasero, el dolor que producen y el llanto. Saúl lo sabía, lo supo todo el tiempo. A sus casi treinta años, ya había recibido varias patadas y llorado durante muchas noches; a diferencia de sus hermanas y hermanos, él se sentía diferente, no encajaba, se sentía ajeno a su familia, al mundo. El dolor, la sensación de soledad, la vergüenza, cual mejores amigas, o cual hongos adheridos a un tronco, no solo le acompañaban todo el tiempo, también vivían de Saúl.
Úrsula, al ser religiosa y un tanto asidua a la lectura de la Biblia, leyó el nombre que pondría a su séptimo y último hijo; un hijo que era bastante inquieto, preguntón, algo curioso, creativo, pero también rebelde. Con forme fue creciendo, su capacidad para cuestionar las reglas impuestas por su madre, creció, incluso, solía usar sus palabras contra ella. Lo anterior era reflejo de un notable uso de la lógica. Cuando tuvo la oportunidad de tener en sus manos una biblia y de enterarse que su nombre provenía de ahí, buscó inmediatamente el pasaje leído por su madre y que le inspiró para nombrarle de esa forma.
—Veamos… capítulo 9, ¡mamáaaaa! ¿dónde dices que está la parte de donde sacaste mi nombre?—
- ¿Para qué la quiereeeeeees?, estoy ocupada, no des lata.
- Dijiste que mi nombre lo leíste en la Biblia, dime dónde lo encuentro.
- Lo encuentras en el libro de Samuel, capítulo 9. Y ahora déjame seguir con mis cosas, estoy muy apurada…
Saúl no tardó mucho en ubicar el pasaje bíblico; una, porque la Biblia que tenía era digital, así que escribió en el programa para leer PDFs el nombre del libro, lo cual lo llevó de inmediato a ese apartado; dos, porque ya con anterioridad había escuchado algo al respecto en un audio encontrado en Youtube, donde uno de sus profesores de la carrera exponía dicho pasaje. Con muchos años de experiencia como profesor y otros más como pastor de una iglesia cristiana, al profesor Esteban lo solía audio grabar una chica, miembro de su congregación, para después publicarlo en esta página. Además, al ser profesor de Saúl, en una de sus asignaturas en la Facultad de Psicología, Esteban compartía con frecuencia pasajes bíblicos a través de whatsapp, mismos que Saúl leía sin falta. Era un tanto inesperado que un profesor de psicología, específicamente, especializado en Psicoanálisis, fuese también pastor cristiano, en tanto que la fe y la teoría psicoanalítica son incompatibles.
El libro de Samuel contaba lo siguiente: hubo un barón de Benjamín, hombre valeroso e insigne llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorá, Hijo de Afía, hijo de un benjamita. Este hombre tuvo un hijo al que le puso Saúl quién, de los hombros para arriba, sobrepasaba a cualquiera de su pueblo. En este pasaje se describe a Saúl como un hombre joven y apuesto, no solo el más alto de su familia, sino también de todo el pueblo; un hombre que fue ungido por Dios a través de Samuel como rey del pueblo de Israel. Ante tal noticia, nuestro joven y alto personaje replicó diciendo: ¿no soy yo el más pequeño, de la familia más pequeña, de la tribu más pequeña de Israel? ¿por qué el Señor me ha elegido? (referencia para su consulta en la Biblia: 1 Samuel 9:1-27).
Saúl no tardó en vincularse con el personaje y sentir esa sensación de pequeñez experimentada por su homónimo. Era cierto, la altura de Saúl era mayor a la de sus hermanas y hermanos, pero venía de una familia humilde, con un padre empleado en el área administrativa de una universidad, sin haber terminado su carrera profesional y una madre quién, apenas con carrera técnica, de ser empleada de un centro comercial pasó a ser comerciante. Calzando tenis que no superaban los quinientos pesos, pantalones de ciento cincuenta pesos y playeras de cien, Saúl se sentí pequeño, el más pequeño, de la familia más pequeña e invisible. Un sentimiento que quizá acompaña a muchas otras familias del proletariado. ¿Cómo un hombre tan insignificante fue elegido para ser rey de un pueblo? Vaya cuestión, otra pregunta que rondaba la cabeza de Saúl, a la cual se le sumaron otras tantas: ¿qué vio Dios en él?, ¿por qué lo eligió?, ¿por qué mi madre eligió ese nombre para mí?, ¿se habrá sentido de igual manera pequeña, hija de una familia pequeña, la más pequeña de su pueblo?
—Mamá, ¿por qué te gustó ese nombre para mí?, Saúl fue a la cocina para saber las razones que tuvo su madre para nombrarlo de esa manera.
—Eres mi último hijo, el más pequeño, el consentido de tu padre, a la vez, el más alto de mis hijos y el único que los ha superado a todos.—
—¿Cómo que los he superado a todos?, ¿Por qué lo dices?—
—De todos, eres el único que ha logrado ingresar a la universidad y está por concluirla, ni siquiera tu padre concluyó sus estudios…—
José, el padre de Saúl, apenas había concluido los semestres de su carrera cuando ya había procreado siete hijos. No era carpintero como el personaje de la biblia y tampoco era el padre del hijo de Dios, pero sí era un ser sencillo, preocupado por otros antes que por él mismo, entregado a su familia, lo mismo que su esposa Úrsula. Ambos criaron a sus hijos con los valores de la gente pobre y honrada: no robar, no mentir, no fregar al prójimo, ayudar a quién se pueda ayudar, cuidar de los suyos y temer a Dios. En un entorno como estos creció Saúl, quién pronto encarnó la vergüenza del que no tiene, o al menos así lo vivía él. El miedo del que su país ha abandonado y la esperanza del que ha podido apenas tocar una nube en el cielo. Saúl vivía cada día sintiendo un vacío en su interior, sintiendo soledad, nostalgia, amargura, dolor. A su corta edad, en lugar de preocuparse por cómo asistiría a un concierto del grupo de moda, pensaba en la existencia, la suya, la de otros; pensaba en el dolor, la precariedad, las diferencias sociales, las injusticias, el rechazo, la angustia, la desigualdad, el desamparo, el miedo.
Saúl no era nada tonto, tenía una peculiar sensibilidad sobre su entorno, le gustaba platicar con gente mayor que él, prefería estar a solas con sus pensamientos, aunque eso de inclinarse por la soledad de sus soliloquios no era algo que disfrutase mucho. Al sentir que no encajaba, experimentaba una exclusión considerable de su entorno, de su grupo de pares, del mundo joven cuyas crisis eran, a su parecer, banales. ¿Qué sentido tenía el estar atento al programa televisivo de moda, al ejercicio, la dieta, el mejor outfit?. Para él, las preocupaciones giraban en torno a los problemas del mundo, miraba con tristeza lo difícil que ahora era confiar en otro ser humano y lo fácil que era destruirse unos a otros. Poco sabía de filosofía, pero le quedaba claro que el bien común era un objetivo a alcanzar previo a los bienes individuales.
Saúl se sentía impelido a servir a los demás, ayudarles de alguna manera, eso le daba sentido a su vida, ayudar a otros. Al mismo tiempo, era su forma de relacionarse, de estar presente y de formar parte de algo; el sentido de su vida giraba en torno a eso, al servicio. Esto lo había aprendido de su madre, Úrsula, quién, antes de llevarse un trozo de comida a la boca, se lo daba a alguien con hambre; si veía a alguien pasando frío, compartía su abrigo con el necesitado, antes de pensar en su beneficio, consideraba a los otros y sus necesidades. La madre de Saúl era un ejemplo de sacrificio y abnegación, de humildad y rectitud, lo mismo que su padre.
Soy yo el más pequeño, de la familia más humilde, del barrio más humilde, ¿por qué me has elegido para semejante tarea? Saúl se cuestionaba constantemente sobre la razón de su existir, sobre su valor y razón de ser en este mundo, se cuestionaba su permanencia a pesar de los innumerables errores cometidos, las incontables debilidades, las cuantiosas dudas y miedos. ¿por qué yo?, ¿por qué me dejas vivo?, dudaba por mucho de su existencia y sentido de vida, de sus capacidades. Saúl sentía, como Alicia en el país de las maravillas, que caía interminable y lentamente por el pozo a través del cual pasó el apresurado conejo. Al ser el más alto de su familia, y estar frente a tantas puertas pequeñas, no le era posible atravesar alguna; entonces quiso adecuarse, hacerse pequeño de la misma manera en que se sentía, pequeño de tamaño y diminuto de espíritu.
Además de la Biblia, Saúl había leído Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, un escritor e intelectual que conocía bien de la lógica y de la matemática. Otros libros que conoció a sus apenas veinticinco años fueron: Creer, saber y conocer de un filósofo mexicano, Luis Villoro; algunos textos del sociólogo Francesco Alberoni y Zigmunt Bauman, también conoció el pensamiento del existencialista Jean-Paul Sartre con sus libros A puerta cerrada y El existencialismo es un humanismo. Para Saúl, la frase “el hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”, era el punto de partida y el de llegada de la existencia humana. Lo que somos es lo que nos hicieron ser, lo que hacemos con eso, es lo que marca la diferencia entre los autómatas y quien, de alguna manera, tiene libre albedrío.
El mayor problema de Saúl es que albergaba en su interior una enorme tristeza y una inconsolable soledad. Para regresar a su tamaño normal o incluso para crecer un poco más, debió comer el pastelillo de agrandamiento, pero, en su lugar, bebió el frasco que le hizo pequeño, para poder atravesar la puerta, esa por la que todos quieren pasar. El jardín que vio Alicia a través de la puertecilla parecía prometedor, atractivo, hipnotizante. A pesar de su peculiar inteligencia y uso del razonamiento lógico, la debilidad más grande de Saúl era su miedo; beber de la botella empequeñecedora era beber el elixir para su más profundo sentir: soy el más pequeño, de la familia más pequeña, de la tribu más pequeña… ¡Soy pequeño!, se repetía sin cesar. Esa pequeñez era su sombra, un lastre que le anclaba al pasado. A pesar de que tenía a la mano aquél postre con la palabra Cómeme, como en el cuento de Alicia, Saúl prefería dejarlo sobre la mesa de cristal hasta que se enmohecía; justo al lado, siempre estaba la botella con el líquido empequeñecedor, ese que bebía de vez en vez, procurando no olvidar su lugar ni el tamaño de su existencia. La realidad para Saúl, es que siempre aparecía un nuevo pastelillo, justo al lado de la botella, uno nuevo, esperando, aguardando al día en que por fin se atreviese a comerlo…
