Por Ana Luisa Pérez Sánchez
Los primeros destellos del amanecer se cuelan entre los bambús: es hora de salir a la milpa, como todas las mañanas desde que me acuerdo.
Tomo uno de los suéteres que Isabella me regaló en mi cumpleaños. Vaya trapito, muy calientito, color rosa con puntos que se parecen a las estrellas que salen casi todas las noches, muy civilizado como dice mi tío Maatiaak.
Cuando llego a la milpa mi madre ya ha cosechado algunas mazorcas. Al verme llegar con mi suéter, mueve la cabeza y me dice: 一Por qué trais ese trapo. Ya te dije que no lo uses en la casa一. Pero qué iba a saber ella de trapos modernos, toda su vida ha usado la misma ropa y no creo que sepa de estas ropas que son las que usan las personas que viven fuera de esta sierra.
Comencé a cortar mis primeras mazorcas, tenía que apurarme para poder bajar al pueblo y encontrarme con Isabella, vamos a ir a conocer el nuevo restaurante, dice que venden comida gringa muy rica. Mientras intento imaginar a qué sabe o cómo será la comida, mi madre me dice: 一 Yaretzi, muévete. Tengo que bajar al mercado para venderlas. Ya sabes que si no llego antes de las ocho ya no nos compran nada. Muévete.
Si algo odiaba más que levantarme temprano a cortar elotes es que mi madre se haya negado a irse a trabajar a la ciudad. Si lo hubiera hecho ahora estaríamos viviendo en una casa de verdad, con muebles de madera, con televisiones y computadoras, como en casa de Isabella. En su lugar prefirió quedarse a empuercar las manos y a estar desconectada del verdadero mundo.
Terminamos de juntar todas las mazorcas. Mientras mi madre preparaba todo para bajar, yo puse a calentar unos cazos con agua para desencochinarme.
Cuando iba saliendo de la casa, vi a mi madre a lo lejos, se miraba tan pequeña, parecía que el canasto de mazorcas la iba aplastando. Seguramente cargar setenta kilos de esas cosas todos los días eran los causantes de su estatura cada vez menor.
Llegando al centro del pueblo, escuché una música muy extraña y muy fuerte, un tipo decía cosas que no entendía, pensé que era otro idioma. Me acerqué y vi una bola de gente afuera de un lugar que en vez de tener paredes de cemento tenía vidrios. Había globos y mujeres vestidas con unas falditas que, si yo me las pusiera, ay Dios, seguro mi madre me agarra a leñazos.
一 Yaretzi, Yaretzi, Yaretzi一 escuché en medio del escándalo. Dentro de todo ese arguende estaba Isabella, quien con su mano me decía que me acercara. Caminé poco a poco hacia ella rogándole a Dios no me fueran a explotar los oídos con semejante ruidero.
Cuando llegué con Isabella me di cuenta de algo que en un principio no entendí. El restaurante estaba justo donde don Ichámal tenía su casa. Lo recuerdo porque muchas veces mi madre me trajo con él cuando estaba muy enferma y sus tés no me curaban.
Por un momento dejé de escuchar a Isabella y empecé a ver alrededor, tal vez recordaba mal y no era el lugar donde vivía el anciano. Pero no me equivocaba, lo supe porque frente a su casa había un cacahuaxochitl. Una vez escuché al anciano decir a mi madre que su ya fallecida esposa lo había plantado para darle sombra mientras trabajaba en sus curaciones.
La realidad con la que tanto soñaba abandonó mi cuerpo por unos momentos, en su lugar recordaba a aquel viejo con el cabello y las cejas más blancas y canosas que había visto en mi vida. Todavía hace unos meses lo vi sentado afuera de su casa como si hubiera estado esperando por algo.
Isabella notó que andaba yo muy distraída: 一¿Te ocurre algo?一 me preguntó. 一No一 le contesté.
Después de unos minutos, las personas fueron entrando al lugar, según escuché nos iban a dar comida gratis. Cuando íbamos pa´ dentro, me di cuenta de que era enorme, era como seis veces mi casa y todavía sobraba espacio.
De repente algo me volvió a distraer. En una de las mesas que estaba en una esquina vi a don Ichámal, segurísimo que era él. Lo sé por su sombrero de palma y su camisa de franela amarillenta. Caminé hacía él para preguntarle qué había pasado con su casa, pero mientras me abría espacio entre la gente, cuando llegué ya no había nada más que la mesa vacía.
Cuando volteé vi que Isabella estaba detrás de mí y me dijo: 一¿Segura que estás bien? Estás bien disociada一 yo estaba tan impresionada, que ni siquiera entendí qué me quería decir con eso de disociada.
Estaba a punto de anochecer, era señal que debía volver a la casa. Me despedí de Isabella y sus amigos, y me preparé para subir el cerro.
Cuando iba a la mitad del camino, me encontré con doña Josefina, a quien mi madre vendía mazorcas. Al verla noté algo extraño, su rostro mostraba una gran tristeza:
一Buenas, doña Josefina一 le dije. Volteó a verme y respondió: 一Chamaca. Te vi en el mitote ese.
一Sí, ¿puede creer que nos está llegando lo mero bueno?一, pero su respuesta no fue la que yo hubiera esperado:
一Nos están borrando, chamaca. Al rato el pueblo estará lleno de chiconindús. Es nuestro futuro.
Ni siquiera pude contestarle, ¿chiconindús?, me pregunté. Por qué habrá mencionado a los espíritus dueños de todos los lugares, pensé.
Seguí caminando y, al llegar a la casa, vi a mi madre haciendo las tortillas para la cena. Sentí que estaba molesta conmigo por haber bajado a lo del nuevo restaurante ese. 一A que no me lo vas a creer, vi a don Ichámal en el restaurante一. Mi madre volteó a verme como si la estuviera vacilando. Después de unos segundos de silencio me dijo: 一Te dije que juntarte con esa gente te iba a volver loca. Don Ichámal se murió hace como cinco meses cuando lo echaron de su casa.
Nos quedamos mirando unos segundos, no supe qué decirle. 一 Sácate los platos para servir一 me dijo molesta.
Al día siguiente bajé al pueblo. A diferencia del día anterior, no había música ni muchachas en falditas. Todas las personas comían tranquilas. Entré al restaurante y busqué la mesa donde vi a don Ichámal. En su lugar había un grupo de personas comiendo unos rollos de arroz, ¿acaso eso se comerá en taco? Me molesté conmigo por perder la concentración a lo que iba. Recorrí casi todo el lugar y ni señas del señor. Tal vez mi mamá tenía razón, ya estaba imaginando cosas.
Salí del restaurante y vi que doña Josefina observaba temerosa desde la esquina. Crucé y al verme me dijo algo que entendí muchos años después: 一 La que siempre será amada. Debajo del tiempo se esconden los dueños de nuestras tierras que nunca nos arrebatarán por completo.
Pasaron quince años desde que doña Josefina me dijo aquellas palabras que marcaron el futuro de aquel pueblito donde los chiconindús fueron construyendo un lugar que estaba a punto de desaparecer. Mi madre enfermó unos años después, hasta que su cuerpecito ya no pudo soportar el peso de la esperanza de una vida digna y un futuro prometedor para mí.
Isabella se fue; cuando salimos de la secundaria, sus padres la enviaron a la ciudad a estudiar. Unos años después volvió, era una mujer con reteharto dinero. Con su regreso, vinieron unos lugares muy extraños, los llaman centros comerciales. Para ese entonces el mercado del pueblo estaba a punto de caerse, nunca nadie hizo nada por él, entonces Isabella, junto con otras personas, lo compraron para demolerlo y en su lugar alzaron un gran centro comercial. Sólo he entrado una vez, pero ni siquiera tenía el dinero para comprar algo. Aunque en la prepa me enseñaron las equivalencias de pesos a dólares, nunca los he tenido.
El camino hacia mi casa sigue igual, una vez quisieron que pavimentarlo, pero todos los que vivimos en el cerro nos resistimos. La milpa de mi madre y la de otros vecinos siguen dando cosecha, solo que ahora ya no bajamos a venderla, ya nadie compra como antes, los restaurantes como el que me llevó a conocer Isabella se hicieron muchos, ahora nuestra tierra solo es para nuestra comida.
El pueblo es todo lo contrario a lo que era antes, solo un cacahuaxochitl ha resistido estos años. Maatiaak viene todas las navidades. Nos gusta bajar a ver las luces y los santacloses que pone el presidente municipal en todo el centro. A pesar de su edad tiene una memoria increíble: 一 Cuando era joven, el olor a ponche recorría todo el parque. Pedíamos posada en el ayuntamiento y rompíamos piñatas一 en sus ojos vi el reflejo de los chiconindús que recorrían el parque. Además de nosotros, solo unos pocos más parecían verlos. Solo unos pocos sabíamos de los guardianes ocultos que sostenían el progreso.
