Por Nadia Decle
Desconcertantes chasquidos. Grises, pesadas, borrosas neblinas.
Los repentinos, atrapantes instantes insonoros que me devuelven a mí o quizás solo a mi triste oscura sombra, y que me atan como la tierra ata a las famélicas raíces torcidas.
Deambulando entre los desgastados rieles, que alertan, que Ilaman, susurran el eco de mi nombre.
Voy caminando por ahí, siguiendo la línea que el tiempo va tornando curva. Peligrando mi vida, la existencia y qué más da, para ser sincera no me importa.
De vez en cuando saliendo del hueco, Compartiendo dolores, aquello que nos une, nos pone en sintonía; consciencias ausentes, cuerpos cascarudos, quebradizos, testigos en vida de las marcas, y de la inalcanzable, lejana dicotomía.
Solo soy una víctima más de la memoria que me fue vorazmente asaltada. Recuerdo era abundante, viva, pura, virgen como la fruta madura que otorgan los majestuosos árboles arrebolados, y que un descuido, me fue delicadamente extraída de las entrañas.
Sé que escondida en los rincones del desesperado anhelo, hay una puerta oculta de la vista humana. Borrosa, casi imperceptible, pero siempre permaneciendo a la espera del suceso que me impulse a abrirla. Recuerdo en oníricos sueños ver una estrecha salida, pero parece sellada, prohibida, aunque intento, no consigo abrirla.
Y entre otros tantos, me atraviesa un nuevo problema: en un mal momento he perdido el último repuesto de llaves por el que tanto he soportado, luchado, por poco y en un inesperado estado de agonía me he elevado, casi ascendiendo, tocado un pequeño trozo de cielo y decepcionada he despertado, regresado.
En este presente sin retorno, y casi como la milagrosa vivacidad de mi última neurona, me he encontrado buscando pérdida, desesperadamente las conexiones que me integren nuevamente a esta realidad.
Me encuentro, y sé que soy torbellino de emociones, sensaciones, intuiciones: percepciones.
Todo pareciera desvanecerse y yo no encuentro la manera de darle soporte a los rastros intangibles que se rescatan de mí. ¿A dónde va todo si ya casi no hay memoria? Por favor, díganme en dónde termina
¿En dónde se almacena lo que un día dotó todo de sentido?
Mi capacidad intelectual se muda al plano de lo marginal, y cada vez es más lamentable.
Ruego porque vuelva mi sentir, nuevamente buscando la vulnerabilidad, no soy paciente, quiero ya su resurgir. ¿Qué es esto? Se siente ajeno a mí. Solo es existir. No sé si se si aún podría considerarlo como vivir.
¿Dicen que es un mecanismo de defensa para poder sobrevivir? ¿Y cómo puedo remediarlo? ¿A quién puedo acudir?
Aunque no es del todo mi voluntad, si lo es mi pronto intervenir, y ya me encuentro actuando sobre ello, aunque eso implique un subjetivo morir.
No es momento de rendirse, estoy aquí para darle un nombre a lo cotidiano, a lo constante. Diversas realidades de las que he formado parte.
Observar y responder. Me pone alerta, me pone nerviosa, y se nota. Me cuesta respirar, de aire mis pulmones llenar, asfixiante es, pero no hay forma de retroceder, son las consecuencias que tengo que atener de lo que naturalmente se me tuvo que imponer.
Hallo belleza en la simpleza, en la propia existencia, me da motivos suficientes para asimilar lo humano: la torpeza.
-Nadia Decle
El ritual de lo cotidiano, de lo humano
Apenas llego a casa, y finalmente puedo cesar los pasos; entonces me permito responder, sin compromiso, al firme eco de mi nombre. Y ceder, casi con alivio, al cansancio; y cometer errores sin miedo a que emitan juicios de valor sobre mi persona; y atender, con devoción mínima, las necesidades de mi existencia.
Observo y pienso, analizo y recuerdo, y en ese recordar me cierro, y en ese cerrarme, me pierdo. Son los eternos bucles, las culpas ajenas que se me implantan debajo de las circunstancias, como propias, que me alcanzan, que, irremediablemente, me desgastan.
Y sin embargo, qué contrastes, qué maneras tan bruscas y agitadas de vivir, de discurrir, de percibir. Hoy dar todo de mí, y mañana en un infortunio ocurrir; tener que huir, aceptarlo, abandonarlo; por la fuerza olvidarlo, y con ello morir.
Y pese a que duele vivir así, aún me aferro como las espinas a la piel, busco un anclaje. Respiro, y en esa respiración me acostumbro; cierro los ojos, todo se torna oscuro. Tengo deseo del viento, pero solo me desnudo. Encuentro, entonces, un breve instante para reposar mi columna, mis huesos; para silenciar el delirio, para calmar el martirio.
Y he aquí que, cuidadosamente, se asoma el interno sonido de lo eterno. Con ello, los rastros de la luna: que voy y miro, que leo y admiro. Lloro, gozo y luego río. Ya no hay tormenta, ya solo queda ternura. Y es que su ingenua presencia, su gentileza, me sana las penas, me cura, me devuelve mi luzura.
Le hablo, aunque no se escuche mi voz; y todo lo que hago es pedirle por ti, y por mí, tú sabes, tú lo entiendes, pedirle por nosotros. Que no nos suelte, que no nos abandone, que su luz nos guíe eternamente, hacia un camino que todo convierte en gratas lecciones, donde se aprende de los errores, en el que se buscan las soluciones. Un lugar lleno de flores, donde puedan ser vulnerables mis emociones.
Y así, concluido el ritual, puedo descansar en paz; dejando en mi ventanal aquellas velas encendidas, solo tuyas, solo nuestras, con la promesa de que, tal vez -y solo tal vez- si mañana te vas, de mi alma siempre emergerás, permanecerás, nunca te fugarás.
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