La inestabilidad política en EU y el legado de Trump

El panorama político en Estados Unidos atraviesa un periodo de turbulencia sin precedentes, marcado por una polarización extrema y una parálisis gubernamental recurrente. En el centro de esta tormenta se encuentra el legado de Donald Trump, cuya presidencia no solo fracturó las normas democráticas y republicanas establecidas, sino que también aceleró la implementación de políticas neoliberales e imperialistas que, lejos de estabilizar a la nación, exacerbaron las tensiones sociales y económicas internas y externas.

​El principal motor de la inestabilidad bajo la influencia de Trump ha sido su sistemático ataque a las instituciones. Desde la cuestionada validez de las elecciones hasta la presión ejercida sobre el Departamento de Justicia, el expresidente sembró una profunda desconfianza en el proceso democrático. Esta desconfianza se tradujo en la formación de una facción dentro del Partido Republicano que opera con una lealtad personalista hacia Trump, a menudo en detrimento de la gobernabilidad.

​La incapacidad de las facciones en el Congreso para llegar a acuerdos básicos—evidenciada en las repetidas amenazas de cierres de gobierno («government shutdowns»)—es un síntoma directo de esta lealtad tóxica. Los republicanos más cercanos a Trump usan la parálisis legislativa como una herramienta de presión política, priorizando la agenda del expresidente sobre la financiación de servicios esenciales. Esta táctica de «gobernar mediante crisis» crea una incertidumbre constante que socava la fe del público en la capacidad del estado para funcionar.

​La presidencia de Trump se caracteriza por la profundización de políticas económicas neoliberales, que aunque no son exclusivas de su mandato, sí fueron aplicadas con una agresividad notable.

​Una de sus acciones más significativas fue la Ley de Recortes de Impuestos y Empleos de 2017, que redujo drásticamente las tasas corporativas. La premisa neoliberal es que estos recortes «gotean» hacia los trabajadores a través de la inversión y la creación de empleo. Sin embargo, en la práctica, el beneficio principal fue para las grandes corporaciones y la élite más rica, disparando la desigualdad económica.

Al mismo tiempo que se reducían los impuestos a los ricos, se desregulaban sectores clave (financiero, ambiental), debilitando las protecciones al consumidor y al trabajador. Esta brecha económica no solo provoca frustración social, sino que también alimenta la división política, ya que los ciudadanos de bajos y medianos ingresos se sienten abandonados por el sistema, haciéndolos susceptibles a discursos populistas y divisivos. La inestabilidad no es solo política; es también el resultado de una clase media empobrecida y ansiosa.

​El lema «America First» (América Primero), si bien suena a proteccionismo, fue la manifestación de un enfoque imperialista y unilateralista en la política exterior. En lugar de buscar la cooperación a través de alianzas multilaterales (como la OTAN o el Acuerdo de París), Trump optó por la coerción económica y el desprecio por los acuerdos internacionales.

​ En tanto, su imposición de aranceles punitivos contra China y otros aliados, disfrazada de protección a la industria nacional, desestabilizó las cadenas de suministro globales y provocó respuestas arancelarias.

Esta guerra comercial no solo perjudicó a los agricultores y manufactureros estadounidenses que dependen de las exportaciones, sino que también introdujo un factor de incertidumbre global que afectó a los mercados internacionales. El imperialismo moderno a menudo se ejerce a través del dominio económico, y la estrategia de Trump de usar la economía como un arma de suma cero contribuyó a un clima de desconfianza internacional.

​Al retirarse de instituciones y acuerdos clave, Trump creó un vacío de liderazgo que fue llenado por potencias rivales o que incentivó la desestabilización en regiones sensibles. Este enfoque no hizo a Estados Unidos más seguro; por el contrario, lo aisló y lo hizo menos capaz de influir en los acontecimientos mundiales a través de medios diplomáticos. La inestabilidad en Washington, proyectada globalmente, se convierte en inestabilidad geopolítica.

​La inestabilidad política que actualmente asola a Estados Unidos es un fenómeno multifacético, pero gran parte de su virulencia se debe a la presidencia de Donald Trump. Al abrazar tácticas políticas divisivas que atacaron la propia estructura de la democracia, y al mismo tiempo impulsar políticas neoliberales que concentraron la riqueza y políticas imperialistas unilaterales que desordenaron el sistema global, Trump no solo agudizó la polarización; institucionalizó la crisis.

 El país norteamericano se encuentra ahora en una encrucijada, debatiendo si las instituciones pueden resistir la presión de una facción que prioriza el poder individual sobre la estabilidad gubernamental y el bienestar social, un debate que tiene sus raíces en las profundas heridas económicas y políticas infligidas durante los años del «America First.»

Textos y Contextos / Miguel Alejandro Rivera

Publicado por Paradigma

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