El ritmo del recuerdo

Por Carlos García Gutiérrez*

“Ya le entraste a leer crónica, jaja”, escribe un amigo, después de que le mandé el relato de un periodista y escritor acerca del dúo de música tropical Lobo y Melón.

“No pues, estaba buscando info de Lobo y Melón y me la topé. Se juntaron ambas cosas, porque los venía escuchando bastante estos días. En general, le ando metiendo a la música tropical pre-salsa; quiero diferenciar bien el cha cha cha del mambo, del son. Está difícil”.

“Buena Vista es eso, ¿no? No temporalmente, porque salió en los 90, pero sí espiritualmente”, me contesta.

“Sí, pero más puro en cuanto a lo que se tocaba y escuchaba en Cuba. Las canciones con el tres, las guajiras ya no figuraron tanto fuera de ahí; trascendieron los demás géneros”.

Esta conversación me hizo pensar en lo que significaba esta música para mí. Siempre hubo un elemento de aprecio personal, casi íntimo. El caso de Buena Vista Social Club es interesante. Hay una canción que me recuerda a mi abuelo paterno, el que sigue vivo, porque la escuché un par de veces, en distintas ocasiones, sonando en la radio de su casa durante las visitas de los domingos. Se trata de la interpretación que hace Rubén González del danzón “Central Constancia”, escrito por Enrique Jorrín acerca de una fábrica de azúcar de caña en Cuba, y que Rubén mezcla con cha cha chá en su versión. El coro reza:

Pero olvidemos al mundo

que al fin no tiene importancia,

bailemos en el Constancia

hasta que se acabe el mundo

Además de la circunstancia específica, mi abuelo siempre habla con añoranza de cuando se bailaba danzón, mambo y cha cha chá en los salones y en las fiestas, tomando ponche y el extinto ron “Pizá Araña» hasta que llegaba la mañana; él nació en 1937. Esos versos me hacían imaginar con ensueño aquellos recuerdos.

Sin embargo, la imagen de mi abuelo bailando Central Constancia con mi abuela o con alguna dama, en sus años mozos, es una reconstrucción ficticia, ya que la grabación salió casi cuarenta años después del cénit del género, cuando Ry Cooder juntó a las estrellas cubanas en el olvido y, al momento que yo la escuché en el comedor, muchos más habían pasado desde su juventud, aunque aún retenga esa jovialidad que le caracteriza.

Los músicos de Buena Vista lanzaron una cápsula del tiempo; tomaron los salones de la Habana, congelados en sus oídos y corazones, y los expulsaron casi medio siglo después. Me gusta pensar que las grabaciones son como un falso pasado, no porque la música no se haya tocado así, tal cual, o porque las cosas hayan cambiado; sino porque a menudo el pasado no es como lo imaginamos, y tiene más de nosotros que de lo que fue. Lo imaginamos para calzar nuestras fantasías y añoranzas, para reflejarnos y retratar eternamente la versión de los demás que existe en nuestras cabezas. Al relacionarnos con objetos del pasado, hay siempre una pretensión de reconstrucción, de darle vida otra vez, pero como queremos que sea: para evocar la eternidad de un amor verdadero, o para tener presente con nosotros a quienes ya no están. La música, particularmente, es la llave de la memoria, pero también de la fantasía y de la nostalgia adquirida.

Este fenómeno me remite también — quizá de forma menos romántica— a Lobo y Melón, que de la misma manera me llevan a mi abuelo, pero con sustento anecdótico. Supe de la existencia de ese dúo de son cuando, en una reunión en casa de una tía, ya entradas las horas y los tragos, mi abuelo pidió que pusieran algo de ellos, porque es lo que sonaba en su época.

 “No saben las veces que nos agarró la madrugada bailando con estos fulanos”, dijo entre risas de nostalgia, pero sobre todo, de felicidad.

Mi mamá  dice que cuando mi abuelo cuenta historias se le enciende el rostro; una oleada de experiencia regresa e inunda su existencia. Cada que nos reunimos con él, usualmente en ese punto de la sobremesa cuando pasa de la cerveza al whisky, no tarda en abrir el “cajón del recuerdo” para sacar las más variadas anécdotas e historias de una ciudad, un tiempo y muchos nombres que ya no existen, pero viven en quienes los rememoran con añoranza. Esa vez, con la música que le acompañaron en su juventud, pude ver en su rostro el reflejo de un tiempo idílico.

Bajo la influencia de esta experiencia, la música de aquél par ganó un significado subyacente. El aire distinguidamente campechano, guapachoso de sus temas, me cautivó; me hacen pensar en un tiempo que jamás viví, pero que casi puedo ver cuando escucho las historias. Cada que le preguntaba a mi abuelo cuál era el género de las canciones, me respondía que se trataba de “música tropical”; así es como se le conocía para su distribución masiva al conjunto de géneros afrocaribeños derivados de Cuba y la región. La agrupación se formó en 1958, y en 1959 lanzaron su primer disco de larga duración, el cual fue un éxito rotundo. En ese entonces, mi abuelo tenía 22 años.

Rafael fue por muchos años comerciante. A sus 28 años se casó con mi abuela, Maricela, con quien vivió junto a sus 7 hijos; primero en la casa que rentaban en la García Ginerés, luego  en su actual residencia en San Esteban, a la vuelta de la Glorieta de Cri Cri. Maricela estudió en una escuela normal; además de profesora, ella solía pintar. Sus cuadros adornan las paredes de la casa donde su esposo y varios de sus hijos habitan en el lienzo diversas escenas: un bello retrato, un muelle distante en una mística playa y la última cena. Ella falleció en 1989 a causa de un cáncer de mama.

Años después, se casó con su segunda esposa, Magaly. Ella falleció en 2022. Por un momento temimos por el ánimo de mi abuelo, pero “Rachito” siguió adelante; cada domingo nos abre la puerta para botanear y almorzar; todavía nos prepara varios de los platillos de la comida típica, así como del arsenal de botanas de cantina: Sus especialidades son los lomitos de Valladolid y el queso relleno, mientras que en la botana se distingue por la papa noruega y la remolacha.

Ante cada nombre mi abuelo conoce a un familiar: “Yo estudié con su papá”; “A ese fulano yo lo conocí en la Negrita”; “Su primo era mi amigo”. Es capaz de mapear apellidos en las enredaderas de los enmarañados árboles genealógicos que enlazaban a una ciudad en antaño sencilla; encarna la manía yucateca de preguntar por allegados o familiares de los recién conocidos, a ver si de casualidad se comparte un vínculo, lo que probablemente se confirme, revelando parentescos desconocidos hasta para ambos. Con mi abuelo, y con toda certeza hablando respecto de Mérida, podrías acortar la regla de seis grados de separación a tan solo tres. Él conoció a mucha gente, aunque con frecuencia recuerda que ya no quedan muchos.

Un ejercicio habitual es que, producto de la mención o pregunta respecto de un momento específico, o de un suceso en la familia o en sus largos 88 años, mi abuelo salga del comedor a traer cajas con fotografías y recortes de periódicos de antaño. Entre los tiempos que más rememora, y de los que tiene más evidencia documental, está el de su época como miembro del consejo directivo del club de la Modelo, su alma máter, donde estuvo a finales de los años 50. Justo cuando Lobo y Melón se alzaron al estrellato.

Era una época en la que la música cubana influenció los salones y la vida nocturna no solo de Mérida, sino de todo el sureste; y hasta en la capital vibraba con vigor. Con las personas mayores sucede, sobre todo cuando eres joven, esta sensación curiosa de ver un registro de la historia andante. Por ejemplo, no es lo mismo haber vivido al mismo tiempo que Celia Cruz, cuya muerte en 2003 es relativamente reciente, que haber alcanzado a verla en vivo junto con la Sonora Matancera cuando estuvieron activos de 1950 a 1965.

Así, he podido ser testigo en retrospectiva de los albores del tránsito de la adolescencia a la joven adultez marcada por los precoces bailes con muchachas y las veces de chambelán, el mostrador de la tienda en el Centro de su padre, una licencia de conducir expedida por el ayuntamiento de Progreso a sus supuestos 18 años cuando en realidad tenía 14, las huidas a las playas de aquél Yucatán, cuando la distancia todavía significaba escape, y mucha vida de la buena.

Esta vez no es ilusorio que las canciones del dúo me sirvan de banda sonora para imaginarme lo que fue, incluso cuando las grabaciones disponibles digitalmente tampoco corresponden a las de la época porque son posteriores. La euforia nostálgica no repara en detalles menores cuando el pasado está a nada de ser asido. Hasta creo que, siendo honesto, ni siquiera hay algo insólito o que se pueda adjetivar  “único” de sus canciones; el carisma en la voz de Melón engatusa, y el conjunto invita a bailar, no por nada gozaron de tal éxito, pero definitivamente lo que los enmarca en mi memoria con un aura idílica es la asociación a mi abuelo, y en cómo quisiera verme reflejado en su imagen.

El ethos de su música y del género, un hedonismo tropical donde el aquí y él ahora es el gozo, el ritmo y la sensualidad, despreocupado y pachanguero. Es perfecto para sacralizar en la memoria como vivos momentos de la experiencia de una vida que, a la vez que imperaban cánones sociales que se han relajado, también ofrecía las virtudes de un ritmo de vivir que ya solo vive en los fantasmas de las películas fotográficas, y en quienes le son fieles a las costumbres de su época. No se trata de idealizar el pasado, ni a las personas, sino  de dotar de vida, en lo que dura una canción, a fotografías e historias para retratar instantes que al mismo tiempo rebosan de ahora.

Adorno dijo que el pasado está irremediablemente inserto en el presente, ningún recuerdo es indiferente al futuro de quien lo porta; la desolación y la desesperación pueden arrastrar al pasado al vacío. De la misma manera, una vida tranquila y acompañada puede ver los vestigios del recuerdo a la luz de la calidez de sus frutos, donde se puede suspirar con satisfacción. Casi setenta años después de las anécdotas que disfruto escuchar, me da tranquilidad pensar en que él no las ve como rastros de que la vida era buena, sino como cuando recién comenzaba lo bueno de vivir. Me pregunto, en el futuro, con qué música proyectarán mis hijos o nietos sus imágenes de mí.

*Carlos García Gutiérrez es licenciado en Relaciones Internacionales, con interés en teoría crítica, y geopolítica. Ha tomado cursos de narrativa y crónica para complementar su gusto por la literatura contemporánea y el periodismo literario.

Publicado por Paradigma

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