La Montaña de la Agua Lila

Por Pepetela, escritor angoleño / Traducción Máximo Cortés Coria

Para Leuji

Presentación

El abuelo Bento, en noches de neblina, alrededor de la fogata, nos la contó, fumando su pipa que él mismo esculpió con una madera especial.

La historia, decía, pasó aquí mismo, en las sierras de al lado, pero puede ser que fuera traída de cualquier parte de África, hasta del mismo Oriente, donde dicen que también hay agua lila.

Si vemos bien, en muchos lados se puede tener una montaña similar. Escribí solo aquello que el abuelo nos contó; no inventé nada.

  1. La montaña

Era una montaña como las otras.

Tenía curvas, como todas las montañas ya viejas, golpeadas por los vientos. Tenía valles poco profundos por donde corría un arroyo que nacía de la cumbre más alta y descendía en múltiples meandros hasta la planicie. Ahí recibía agua de otros riachuelos formados en otras montañas que hacían un río grande. Pero eso ya era lejos de nuestra montaña; no entra en esta historia. Aquí solo era un arroyo de agua clara, burbujeante, entre los acantilados, rozando las raíces de los árboles que crecían a las orillas.

Toda la montaña estaba cubierta por vegetación: árboles grandes como la ceiba, el ficus o la morera blanca, y también de frutas silvestres. En el suelo se mezclaban helechos de diferentes formas y tamaños, begonias y rosas de porcelana. Solo en uno que otro sitio había hierba, recién brotada y que no crecía mucho por causa de los grandes árboles, gigantes y testarudos que ocultaban el Sol.

No hacía mucho calor, por causa de la altitud. Y llovía bastante, de aquellas briznas de lluvia que, sin avisar, nos caen encima, aunque nunca de forma violenta.

La montaña tenía dos cimas principales: la cumbre Lupi, la más alta, donde emergía el río del mismo nombre, y la cumbre del Sol, en el extremo opuesto. En medio de las dos crestas había una pequeña colina con piedras, sin plantas ni árboles, apenas hierba. Era el sitio más tranquilo y aromático de la montaña, y desde ahí se podía ver mejor la luz de la Luna llena; por eso se llamaba la Colina de la Poesía.

Era una montaña como las otras. ¿Verdad?

  • Los Lupis

No se sabe por qué truco de la naturaleza, en nuestra montaña aparecieron hace muchos y muchos años unos extraños seres de color naranja, diferentes a todos los de la Tierra. Eran animales que se distinguían en dos aspectos, aun fuesen de la misma familia. Todos llenos de pelos, menos en la cara. Tenían una nariz grande, chata, y cachetes redondos como la campana del trombón. Las orejas también eran redondas. Tenían dos piernas y dos brazos, y caminaban de pie como los humanos. Pero los atributos presentaban diferencias importantes: unos, por no decir la mayoría, eran Cambutas, con un tamaño similar al de los conejos. Los otros eran más grandes, del tamaño de un chimpancé pequeño y más gordo, rellenitos. Estos animales pensaban, hablaban y trabajaban. No eran hombres, porque se llamaban Lupis.

Fueron bautizados así por los otros animales. Gritaban lupi-lupi-lupi, esto es, lupilar, cuando estaban contentos o muy enojados. Por aquí ya se ve que esta historia es del tiempo en que los animales aún sabían dar nombres a las cosas. Es obvio: el abuelo Bento ya es muy viejo. Regresando a nuestros amigos, ellos lupilaban de manera diferente conforme a su aspecto. Los Cambutas lo hacían muy agudo. Los más grandes hacían un lupi-lupi-lupi más grave y menos alegre.

Fue esta el arma secreta que utilizaron cuando la montaña fue invadida por los rinocerontes. Los rinocerontes, que siempre vivieron en la planicie, vinieron un día a probar la hierba recién brotada de la montaña. Nunca más quisieron salir de aquí. Y los Lupis se encontraban incómodos, viviendo con miedo de ser arrollados por aquellos mastodontes miopes. Después de un accidente, en que el lupi Mala Suerte quedó con un pie izquierdo deshecho, por haber sido pisado por un rino distraído, formaron un consejo para debatir el problema. Tenían que expulsar a los rinocerontes de vuelta a su planicie. Pero ¿cómo, si eran pequeños y flacos? Decidieron, entonces, gritar en exceso. Y así fue. El lupi-lupi-lupi invadió la montaña.

Los rinocerontes, que son casi ciegos pero nada sordos, se pusieron nerviosos con el estallido del lupizaje. Desesperados, corrían detrás de los Lupis para aplastarlos, mas ellos eran rápidos y ágiles. Subían a los árboles, escapando siempre. Los rinocerontes, en la tierra, excavaban y daban cabezazos a los troncos, furiosos. Y el coro lúpico seguía en la cima. Hasta que, con los nervios a flor de piel y desanimados, los rinocerontes se retiraron y nunca más volvieron a la montaña.

La montaña era de nuevo solo de los Lupis.

  • Los tres atributos

Los Lupis comían los frutos de los árboles. Como la fruta era abundante durante todo el año, ellos estaban bien alimentados. Dormían en chozas que hacían con ramas y hojas de los árboles. Vivían en matrimonio, como las personas. Una cosa interesante es que las hembras, fueran pequeñas o grandes, tenían siempre hijos Cambutas. Era al crecer cuando se comenzaban a distinguir, unos al comer y desarrollarse más que los otros. Un matrimonio podía tener todos sus hijos de un mismo atributo o de los dos, independientemente de los atributos de los padres. No parecía haber reglas.

En la escuela se notaba también la diferencia. Los Lupis Cambutas aprendían más rápido, eran más aplicados, inventaban cosas e historias, canciones y danzas, y preguntaban demasiado. Eran más propensos también a las mentiras y a las travesuras. Los más grandes, llamados Lupones, eran más lentos, no solían inventar, pero como trabajaban mucho y eran más serios, hacían mejor las cuentas de dividir los mangos o de sumar las guayabas y pitangas. Para los números, sí, los Lupones eran lo máximo… pero solo en los números. Por eso, tal vez, los profesores, cantantes e inventores eran siempre Cambutas.

Poco después de la expulsión de los rinocerontes, un hecho extraño surgió entre los Lupis. Los pequeños Lupis, que nacían todos iguales, con el mismo tamaño y apetito, pasaron a presentar una diferencia tardía durante la última fase del crecimiento. Cuando ya se notaba perfectamente que una cría comenzaba a crecer de más, se pensaba que sería Lupón. Pero podía no serlo. Algunos no paraban de crecer: crecían y crecían, y con un hambre devastadora. Llegaban rápidamente al tamaño de un mono grande. Y eran más rellenitos que los Lupones.

Las diferencias, sin embargo, no paraban ahí. Eran muy perezosos, ni podían aprender a subir a los árboles y preferían estar todo el tiempo acostados, haciendo jac-jac-jac con sus bocas grandes. Era un sonido parecido al que hacen los caimanes cuando duermen al sol, con la boca bien abierta. No lupilaban. Estos Lupis jacareaban. Por eso los Cambutas los llamaron Jacalupis. La sociedad Lupi se complicó bastante con la aparición de los Jacalupis, como ya lo estamos viendo.

Publicado por Paradigma

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