Palabras que nos llevan

Como ocurre con casi todos los inicios de año, poco a poco nos vamos acostumbrando al cambio. Acoplarse a lo nuevo siempre es una aventura: no necesariamente cómoda, pero casi siempre llena de sorpresas.

Y dentro de esos comienzos, también evoluciona la manera en que nos encontraremos aquí. A partir de ahora, el segundo miércoles de cada mes, esta columna hará una pausa. No para pensar menos, sino para pensar distinto.

Será un espacio dedicado a los libros. No solo como lecturas, sino como historias, objetos y símbolos que nos acompañan, nos forman y, a veces, nos sostienen. También será un lugar para la literatura, los escritores, las librerías y esas experiencias personales que solo existen porque alguna vez leímos algo en el momento justo —o en el equivocado.

Porque los libros no solo se leen: se heredan, se subrayan, se abandonan, se recuerdan. Hablar de ellos es, en el fondo, hablar de todo lo que nos han dado sin que siempre lo notemos.

A veces, incluso, de todo lo que nos salvó sin hacer ruido.

Durante mucho tiempo creí que los libros importantes eran los que llegaban en momentos decisivos. Con los años entendí que no siempre es así. En mi caso, cada etapa estuvo marcada por una lectura, sí, pero lo que más recuerdo no son los títulos, sino los trayectos. Como el camino de mi casa a la escuela: ese breve tramo que separaba el hogar del mundo. Durante un tiempo, ese recorrido estuvo acompañado por los libros de mi tío. Llevarlos conmigo era una forma discreta de no llegar solo, de guardar un fragmento de familia dentro de la mochila.

Hoy leo —como casi todos— menos de lo que quisiera. Leo constantemente y, al mismo tiempo, soy consciente de todo lo que me falta por leer. A veces eso es maravilloso: saber que el mundo sigue siendo inabarcable. Otras, es una pequeña tortura silenciosa, porque lo que falta no es curiosidad, sino tiempo —y calma.
Leer también es aprender a aceptar que no alcanzaremos a leerlo todo.

Pero hace unas semanas algo me recordó por qué esto importa. Gabriel, mi hijo, llegó emocionado a contarme que había terminado un libro. Él solo. En un día. Sin obligación, sin presión, sin recompensa esperada. No por deber, sino por pura curiosidad.

En ese instante confirmé algo esencial: los libros van mucho más allá del acto de venderlos, recomendarlos o escribir sobre ellos. Siguen siendo, ante todo, un vehículo legítimo de descubrimiento. Un gesto íntimo que ocurre cuando nadie mira.
Cuando leer todavía no es una consigna, sino un impulso.

Por eso, este no será un espacio de reseñas ni de listas. Será una conversación pausada sobre lo que los libros hacen con nosotros cuando la vida aprieta, cuando el ruido cansa o cuando ya no sabemos muy bien qué pensar.

Y si quieren, este espacio también puede ser suyo. Los invito a mandar sugerencias, opiniones o historias propias que giren en torno a los libros y la lectura. Algunas llegarán a la columna; otras, quizá, solo enriquecerán el diálogo invisible entre quienes leemos.

Porque leer sigue siendo una forma íntima de estar en el mundo.
Escribir sobre ello, también.

Incluso cuando el tiempo no alcanza.

La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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