Por Santiago González Reveles
El poder que confieren los ideales de belleza atraviesa todo a su paso, desde nuestra autopercepción hasta cómo vemos a los otros. En este tenor, me percaté que la comunidad gay, a la que pertenezco, es influenciada por estos mismos cánones de belleza que imponen y definen cómo se debe de aspirar a ser el cuerpo del hombre: caucásico, atlético, “masculino” y sexualizado. A raíz de esto me surgieron varias inquietudes. ¿Cómo llegamos a este punto? ¿Por qué pareciera obedecer formas de opresión como la heteronorma, el racismo e incluso el capitalismo?
En este ensayo, daré un breve repaso para vislumbrar las bases de cómo la sexualización de los cuerpos masculinos gays obedece a diversos intereses hegemónicos. Para este objetivo daré un breve repaso de los diversos factores que influenciaron a la sexualización masculina, como el modelo depornosexual, la representación mediática de los cuerpos en la pornografía, la relación con la heternorma y el racismo, y cómo todo esto entra dentro de un marco en el que se priorizan los intereses económicos.
El cuerpo
La manera en la que se erotiza y/o sexualiza al cuerpo masculino, habría sido impensable hace unas décadas en el contenido mainstream, pues chocaba en aquel entonces con la idea tradicional de virilidad. Sin embargo, podemos hallar un atisbo de qué llevo a esto cuando el periodista Mark Simpson describió el concepto de spornsexual (depornosexual), como una tendencia que se gestaba en la representación del cuerpo del hombre ostentosamente manufacturado, esto con raíces en la pornografía gay y el deporte, además de ser una evolución del hombre metrosexual (aquellos hombres que le daban cada vez más prioridad a su aspecto físico); lo anterior obedeciendo en gran parte a intereses comerciales (Simpson, 1994, como se cita en Mira, 2015). El cómo se llevó a cabo este cambio de paradigma, en el que la objetificación del cuerpo masculino llegó a la cultura mainstream, lo describiré a continuación.
Mercadotecnia
Si hacemos un repaso a los cuerpos varoniles en la escena mediática del anterior siglo, veremos que la objetificación se llevaba a cabo de una manera muy distinta; aquellos actores de películas de acción, como Von Pamme, Schwarzeneger o Stallone, contrarrestaban la pasivización[1] de sus cuerpos por medio de la rudeza y la agresividad, que, a su vez, servía como una forma dual en la que las ideas de la masculinidad tradicional y la espectacularización del cuerpo podían convivir (Tasker, 1993, como se cita en Mira, 2015). La exhibición de la musculatura apelaba a lo narrativa, pues era una demostración de la fuerza o autoridad para que el protagonista alcanzara sus objetivos (Mira, 2015, ).
Por otro lado, Bordo señaló que el cambio de paradigma al que nos venimos refiriendo, llegó desde la publicidad a finales de los años ochenta, con el propósito de atraer a nuevos consumidores a los cosméticos y ropa (Bordo, 1999, como se cita en Mira, 2015). Una manera de perforar poco a poco en los estándares varoniles de aquella época. Siguiendo a la autora, esta campaña de mercadotecnia inició con anuncios de ropa interior de Levi’s y Calvin Klein.
Por otro lado, Bordo señaló que el cambio de paradigma al que nos venimos refiriendo, no llegó por medio de la televisión o el cine, sino desde la publicidad a finales de los años ochenta, con el propósito de atraer a nuevos clientes al consumo de cosméticos y ropa[2] (Bordo, 1999, como se cita en Mira, 2015, p. 21). Una manera en que el capitalismo halló un nuevo mercado que no podía ser desaprovechado, por lo que perforó poco a poco en los estándares masculinos. Siguiendo a la autora, esta campaña de mercadotecnia inició con anuncios de ropa interior de Levi’s y Calvin Klein. Además, Mira añade:
Para el año 2000 las imágenes se habían generalizado y la publicidad no necesitaba recurrir a ningún tipo de coartada. El fenómeno del hombre-objeto se extiende primero a la televisión (en series como Melrose Place) y ya entrado el nuevo siglo se va haciendo más perceptible en cine. (2015, p. 21)
Tras de esto, Mira se extiende para describir que alrededor de 2005 “se había superado el pudor que suponía convertir el cuerpo joven en objeto de deseo” (p. 21), basados, por supuesto, en modelos poco realistas de belleza. La primera década del siglo XXI sirvió para desproblematizar y normalizar este nuevo modelo depornosexual, que se pudo ver en celebridades como “Channing Tatum en Step Up y en Stop Loss, Tom Welling en la serie Smallville, Taylor Lautner, que acababa de transformarse para la segunda entrega de la saga Crepúsculo, Ryan Reynolds o Paul Walker, que se había convertido en hombres objeto vocacionales” (ibidem, 2015 , p. 26). Si bien, el autor habla que esto fue una obra maestra de la mercadotecnia, no podemos ignorar el hecho que esta también es una forma en la que la sociedad se adapta al medio de producción, en este caso el capitalista; si todo es posible comodificar, es decir, hacer de algo un producto más para el mercado siempre voraz a las ganancias económicas. El cuerpo se vuelve otro producto. Siguiendo con el punto de modelos de belleza poco realistas, un medio que resplandece por este aspecto es la pornografía.
Pornificación
Pensemos en la pornografía[3] no sólo como un objeto de consumo, sino como un lugar donde se gestan los imaginarios colectivos en el que se construyen los ideales de la belleza y sexualidad. Esto lo argumento en base a que, desde ya hace varios años, se ha notado una cantidad exuberante de usuarios que consumen pornografía en internet, especialmente aquellos que aún no llegan a la mayoría de edad. Tal como señala Salinas:
También en 2010, «Sexo» y «Porno» están dentro del top-5 de términos más buscados por niños debajo de los 18 años [..]. El promedio de tiempo dedicado para ver porno en Internet es de 15 minutos; 10 por ciento de los usuarios que ven porno admiten ser adictos a ella [Chan, 2010].
Además, “tener como únicos modelos sexuales a los actores que aparecen en la pornografía puede generar unas falsas expectativas, en cuanto al físico y al desempeño sexual, que pueden afectar a la autoestima y a la propia imagen corporal» (Tylka, 2015, como se cita en Nebot-Garcia., Elipe-Miravet., García-Barba., Antelo-García., Ballester-Arnal, 2020). Siguiendo de lo anterior, la masificación de internet impulsó a la pornografía, al tener cientos de usuarios acceso a contenido explícito con tan sólo unos clicks, especialmente en los jóvenes.
Aunado a lo anterior, la pornografía gay sigue siendo otro reflejo de la realidad social que demanda y premia aquellos cuerpos arquetípicos que cumplen ciertas características beneficiosas para el mercado: “blanco, citadino, atlético, masculino, nivel de ingresos medio-alto, entre otros atributos” (Núñez, 2007, como se cita en Salinas, 2011). Y siguiendo lo anterior, Salinas comenta que no ha habido una verdadera propuesta alternativa al género del porno gay, ya que replica el mismo rol tradicional masculino en el que las relaciones sexuales recaen en la penetración de un activo a un pasivo. Todo lo anterior no es algo exclusivo de la pornografía, sino que además se siguen replicando bajo la óptica heteronormativa del entretenimiento.
Heteronormatividad
La heteronormatividad se define como un sistema de creencias que parte de la creencia que la cis heterosexualidad es la única orientación e identidad sexo-genérica válida, excluyendo a todo el espectro que sale dentro de esa norma (como las lesbianas, bisexuales, gays, no binarixs, transexuales, etc). Esto se ha manifestado de distintas formas, como los discursos de odio y, a lo que abordaré en este texto, el entretenimiento.
El género BL
Me detendré específicamente en el género literario que se desarrolla alrededor del romance entre dos hombres, conocido popularmente como BL (Boys Love) y que ha tenido un gran alcance a nivel mundial. Además, son “historias que involucran a parejas del sexo masculino, pero cuya característica principal es que son creadas, generalmente, por y para un público fundamentalmente femenino” (Dominguez, 2013, como se cita en Carbajal., Meneses, 2023). A pesar de esta aparente visibilización a los hombres homosexuales, este género no ha estado exento de replicar los mismos estereotipos de género tradicionales y narrativas heteronormativas, en gran parte porque estas historias, en medios como el manga, son consumidas mayormente por mujeres adolescentes (Condor, p. 16). Siguiendo de lo anterior, los clichés dañinos de los romances heterosexuales se traspasan a las narrativas gays, pues se suelen presentar a los protagonistas con dos arquetipos: un hombre musculoso, alto, de facciones marcadas, adinerado, de personalidad agresiva o violenta que cumple el rol sexual activo, en contraposición a su pareja, otro hombre, pero con cuerpos muy delgados, de facciones femeninas y con una tendencia a la sumisión, que tiene el rol sexual del pasivo[4]. Asimismo, otra materialización de este fenómeno ha sido en el género yaoi, perteneciente a los mangas japoneses, donde se hace la diferenciación dicotómica entre los roles de los protagonistas:
“[…] el seme tomaría el rol del hombre en la penetración sexual, mientras que el uke, el de la mujer, el penetrado (Williams, 2020; Zhou et al., 2018). De esta forma, se suele relegar a los personajes a cumplir un rol estricto en vez de representar hombres homosexuales que pueden tomar ambas posiciones en el acto sexual”. (Condor, 2021, p. 16).
Una frase que explica muy bien es este fenómeno, es: “cuando el pensamiento heterosexual piensa la homosexualidad, ésta no es nada más que heterosexualidad” (Witting, 1980, como se cita en Arenuy, 2019). Como añadidura, es imprescindible preguntarnos las repercusiones que puede tener la constante repetición y exposición del mensaje heteronormativo y sexualizado que contienen muchos BL, especialmente la difusión masiva que tiene entre el público jóven, pues como ya han formulado varios teóricos de la comunicación masiva, como Carl Howland, Theodor Adorno o Mauro Wolf, la manipulación social conlleva una propagación de mensajes a gran escala, o como se señala en un principio de la propaganda “una mentira contada muchas veces, se vuelve verdad”.
Racismo
Otra matiz para abordar la complejidad del tema, y del que dejé un resquicio en el subtema de pornificación, es la cuestión racista que ha tenido un gran peso historia de México desde tiempos de la colonia con el sistema normativo de las castas, que privilegiaba a los individuos que conforme menos ascendencia nativa o africana tuviera, en contraposición con los blancos peninsulares. Aún después de la independencia, ya conformado Estado mexicano, a lo largo de gran parte de su existencia, vio a los indígenas como un entorpecimiento del progreso e intrumentalizó la educación pública para corregir ese supuesto desvío (Gómez, 2017).
Por otro lado, se debe entender que el racismo tiene varias expresiones entre las que se encuentra la colorista “basada en la fenotipización de las personas, es decir, fomentada en una variedad de aspectos fisionómicos” (Tipa, 2020, s.p), es decir, que se sustenta la discriminación por medio características físicas como color del piel. Esto va de la mano con la representación de fenotipos en los medios de comunicación, pues como bien señala Tipa:
Los valores socioculturales creados e impuestos durante la época colonial están tan arraigados en la sociedad mexicana que no son cuestionados, y son parte de la construcción del “México moderno”. Las representaciones de poder de la economía política en México que se presentan discursivamente en la publicidad, según Jones, es el mito cultivado por la clase dominante de tez clara. (2020, s.p)
Como ya señalé en anteriores secciones, pareciera que en los medios masivos se sigue premiando a un cierto tipo de fenotipo que se acerque al caucásico. Podemos aterrizar en ejemplos más concretos de cómo se sigue experimentando este racismo colorista en nuestro país[5], como lo fue el recién caso de “lady racista”, que personas de piel oscura sean constantemente vigiladas como si tuvieran la intención expresa de robar algo, cómo el mérito se califica en base al color de piel, decir indio como un insulto a personas indígenas y la tan famosa frase de “mejorar la raza”, que hace referencia a juntarse y tener hijos con personas blancas para tener descendencia “menos peor”. Si bien, la frase opera desde una lógica heterosexual, me parece que no puede pasar inadvertida, ya que los hombres homosexuales crecen en este sistema de creencias coloristas y, por supuesto, se termina por interiorizar de distintas maneras, como en el deseo y la aspiración a un tipo de cuerpo.
Reflexiones finales
En conclusión, la hegemonía estética en la comunidad gay ha sido un amalgama de diversos factores: por un lado, la internalización directa y rentable de la lógica heteronormativa, racista y capitalista, que ha sido vehiculizada mediante el modelo depornosexual que consiguió perforar la virilidad de antaño para atraer clientes redituables al mercado.
El fenómeno de la sexualización es algo que atañe a todos, y desde la comunidad LGBTQ+ habría que replantearse el rumbo que está tomando el movimiento, dejando de lado el radicalismo político y sustituyéndolo por mercancías y representaciones burdas y placebas que nos ofrece una empresa. Si se presume de inclusividad, que se vea reflejado en más discursos anticoloniales, antirracistas y un cuestionamiento al sistema capitalista neoliberal en el que vivimos. Porque no sólo somos lesbianas, gays, trans, bisexuales, pansexuales, travestis y queers; somos estudiantes, trabajadores, cuidadores, indígenas, afrodescendientes, migrantes, etc.
“Por lo tanto, los fenómenos malignos socialmente son aquellos que no están produciendo ningún tipo de beneficio económico para algunas corporaciones o individuos”. (Díaz, 2008, como se cita en Salinas, 2011)
Referencias
Carbajal, L. A., Meneses, N. (2023). Los procesos de subjetivación en torno al género y la sexualidad de las mujeres y su implicación con la corriente narrativa “Boys Love”. https://repositorio.xoc.uam.mx/jspui/retrieve/e0bb014f-a90d-4248-9abe-0fc3e2a04eb9/51282.pdf
Condor, C. (2021). La podredumbre se reproduce: Boys Love e identidad social en las adolescentes. Facultad de Estudios Generales Letras. https://repositorio.xoc.uam.mx/jspui/retrieve/e0bb014f-a90d-4248-9abe-0fc3e2a04eb9/51282.pdf
Gómez, H. (2017). La invención del mexicano en la educación pública. Revista Latinoamericana de Educación, Vol. 8, No. 1, 173-190.
Mira, A. (2015). Mario Casas y el hombre ‘depornosexual’: La ‘espectacularización’ erótica del cuerpo masculino. Oxford Brookes University. http://revistas.ucm.es/index.php/ARAB/article/download/47601/45388
Nebot-García, J. E., Elipe-Miravet, M., García-Barba, M., Antelo-García, A., & Ballester-Arnal, R. (2020). Consumo de pornografía y malestar asociado: Diferencias entre hombres y mujeres. Ágora de Salut, VII, 239-247. https://repositori.uji.es/server/api/core/bitstreams/3611181c-9e4b-450d-b1f5-c85e40d38810/content
Salinas, H. M. (2011). El porno gay hecho en México. Universidad Autónoma de la Ciudad de México. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-16592011000300013&lng=es&nrm=iso&tlng=es
Tipa, J. (2020). Las prácticas corporales y el racismo colorista en el contexto mediático en México. ESCIELO. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-57052020000300113#fn1
[1] Cuando el cuerpo se vuelve en un objeto estático, estetizado y espectacularizado que invita al deseo.
[2] Algo a lo que llamaría la industria de las inseguridades, que al moldear ideales absurdos de belleza, vende los productos y servicios para alcanzar ese cuerpo deseado. Ya sea por medio de suscripciones de gimnasio, cosméticos, cirugías, ropa, etc.
[3] Para este ensayo, se definirá como pornografía «la representación o descripción explícita de los órganos y las prácticas sexuales enfocadas a estimular los deseos eróticos en el público» (Yehya, 2004, como se cita en Salinas, 2015).
[4] Un ejemplo muy ilustrativo de esta tendencia es el manwha Jinx.
[5] Algunos de los cuales fueron aportados por testimonios de compañeros de la carrera que han sido receptores de la discriminación colorista.
