Por Erik Antonio Baca Ramírez
Gustavo Cerati no solo fue un músico sino también un ídolo del rock latinoamericano: fue un artesano del sonido y del sentido. En su obra, la música se convierte en una forma de pensamiento, una exploración sobre lo que somos y lo que permanece cuando el cuerpo se disuelve. Entre acordes y silencios, Cerati nos invita a mirar la existencia como un flujo continuo, donde el tiempo, el amor y la energía no son fragmentos separados, sino un mismo pulso que late más allá de lo visible.
Su carrera, desde Soda Stereo hasta Fuerza natural, puede leerse como una búsqueda espiritual. Mientras otros artistas escribían sobre la vida cotidiana, Cerati parecía componer desde un plano más profundo, el del ser que intenta comprender su lugar en el universo. En “Siempre es hoy”, declara con claridad una filosofía: “Siempre es hoy, ya es parte de mi ser”. Esta frase resume una postura ante la existencia que trasciende la linealidad del tiempo. El pasado y el futuro se disuelven, y lo único real es el instante presente. En ese presente absoluto, la conciencia se funde con la música, y el yo se disuelve en el acto de crear.
En su poética, el tiempo no es una cadena, sino un círculo. Canciones como “Crimen” o “Adiós” exploran la idea del retorno, del eco que nunca se apaga. Cerati parecía entender que el tiempo no destruye, sino que transforma. En su universo, nada se pierde, todo se convierte en vibración o, mejor dicho, ondas musicales. Esta concepción se aproxima a la filosofía de Heráclito, quien afirmaba que todo fluye, y también a la de Borges, para quien el tiempo es una ilusión de la mente humana. En Cerati, esa idea se vuelve música: una melodía que se repite, se reinterpreta y se reinventa, igual que la vida misma.
El amor, en su obra, aparece como una energía que conecta y transciende. En “Puente” canta: “Cruza el amor, yo cruzaré los dedos”, y con esa frase convierte al amor en un vínculo que supera las distancias físicas o temporales. No se trata de un amor romántico, sino de una fuerza vital, un puente entre almas, un flujo de energía que nos mantiene vivos incluso cuando todo parece perdido. En “Lago en el cielo”, el amor se eleva a una dimensión espiritual: “Apago tu fuego, enciende mi agua, puede que no haya certezas”. El deseo y la trascendencia se confunden, como si amar fuera una forma de tocar lo eterno.
La muerte, por su parte, nunca fue en Cerati un final, sino una continuidad. En “Fuerza natural”, su último disco antes del accidente que lo llevó al coma, ya se percibe un tono de despedida y transformación: “Luz de naturaleza muerta,
ella está muy cerca, creo yo”. Más que un presentimiento, parece una aceptación serena del destino. En su visión, morir no es desaparecer, sino disolverse en la energía del universo. Quizá por eso su ausencia física no se percibe como pérdida, sino como permanencia. Su voz, su música y su mensaje siguen vibrando, recordándonos que la existencia es una corriente que nunca se detiene.
Cerati nos enseñó que trascender no significa huir del mundo, sino fundirse con él. Su frase “Siempre es hoy” no es solo una declaración poética, sino una invitación a vivir con conciencia plena del instante, a entender que el tiempo no es un enemigo, sino el escenario donde todo ocurre al mismo tiempo: la memoria, el deseo, el amor, la creación y la destrucción.
Su obra nos deja una enseñanza profunda: que la trascendencia no está en el más allá, sino aquí, en la capacidad de transformar lo efímero en eternidad a través del arte. Gustavo Cerati logró lo que solo pocos artistas alcanzan: convertir su voz en energía, su pensamiento en melodía y su existencia en una forma de eternidad. Su música no muere, porque, como él mismo dijo, “Todo me sirve, nada se pierde, yo lo transformo”.
