¡Porque eres mujer!

Por Laura Puentes

Regresé a casa de mi abuela para su funeral. Fue una sensación extraña, estaba triste porque mi tita fue la mujer con quien crecí y la extrañaría lo que me resta de vida, pero, por otro lado, me sentía feliz de volver al que fue mi hogar durante tantos años.

El féretro de mi abuela estaba en el porche rodeado de velas y flores. La gente no dejaba de llegar, abrazaban a mis tíos y mis tías dándoles las condolencias. Me veían sentada y en seguida me reconocían: —No hay duda de que eres la hija de Prisi, te pareces a ella —me decían acariciándome la mejilla como si tuviera cinco años.

Mi madre murió cuando nací, así que no recuerdo nada de ella. La conozco por lo que mi tita me platicaba. Y mi padre, solo puedo decir que espero que sea feliz con su familia gringa.

Doña Socorro fue realmente mi madre, mi familia, ella me cuido desde que era bebé, me llevó a la escuela y me mantuvo sin importar lo que dijeran sus hijos. En realidad, nunca le importó la opinión de la gente.  

Verla ahí, sumida en el sueño eterno, le abrió un hueco a mi alma, ahora sí estaba sola en la vida y lo único que me quedaba era su recuerdo. Será imposible olvidar sus gestos, su olor al perfumarse, su loca manía por lavarse las manos cada que tenía oportunidad, la forma en que probaba la comida al cocinar y el cómo todas las mañanas, sin excepción, rezaba un decenario.

Cansada de llorar frente al ataúd con el cuerpo de mi tita, decidí ir a recostarme en su cama, la cual siempre fue mi refugio. De niña creía que esas sábanas con olor a suavizante de flores tenían poderes mágicos, pues eran capaces de calmar cualquier dolor con solo tocarlas; que, con solo dormir un ratito ahí, podían curar cualquier enfermedad; pero, descubrí el secreto, el ingrediente especial para que aquellas delicadas cobijas hicieran magia, era, que siempre estaba ella a mi lado.

Ella, la mujer que se levantaba a las cinco de la mañana todos los días, que limpiaba su casa de arriba a abajo, que siempre tenía frijoles en la estufa para comer a cualquier hora del día y que en su mesa jamás faltaban las tortillas calientitas, ella, Doña Socorrito, me dio los días más felices de mi vida.

No dejaba de ver esa fotografía a blanco y negro del día de su boda, tan joven y hermosa, pero yo no la recordaba así. Era mi tita, claro, pero no era la que me cargó en sus brazos; a la Socorro que yo recordaba, ya tenía unas cuantas arrugas en su rostro y siempre traía un delantal floreado, usaba zapatos cómodos, porque no le gustaba andar en huaraches, decía que esos eran para las viejas fodongas y ella pobre, pero arreglada.

Mi tita me enseñó a andar en bicicleta. Nunca supe cómo la consiguió, pero, un día cuando llegué de la escuela la vi recargada junto a un macetón con sábila. Estaba emocionada, ya quería salir a la plaza para subirme.

Ese recuerdo me invadía por completo, uno pensaría que cuando se va un ser querido vienen a tu memoria fechas importantes o días especiales, en cambio, evocas días que no tienen fecha y hora, días que revives con gran detalle en tu mente.

Aquel día lo recordé a la perfección, el sol era cálido y el viento soplaba suave, sé que era primavera porque en el ambiente se percibía un dulce aroma a flores y el cantar de los pájaros se escuchaba por toda la plaza.

La abuela me llevaba de la mano y con la otra sostenía la bicicleta, llegando a la plaza me la dio y me dijo:

—Te vas a subir con cuidado, yo te voy a agarrar para que no te caigas. Tu mira para enfrente nenita.

—Si tita—respondí con una firmeza infantil que solo se da cuando estás emocionada de vivir una aventura.

Dimos vueltas por toda la plaza, mi Socorrito no dejaba de sostenerme del asiento. Cuando vio que ya tenía bastante equilibrio para andar sola, ya no tomó el asiento con fuerza y poco a poco me fue soltando.

Cuando menos esperé ya andaba sola, mi tita me veía a lo lejos y aplaudía por el logro de su nenita. La emoción me invadió, yo podía andar sola en bicicleta, ya no me quedaría sentada viendo como los demás niños jugaban en la plaza, ya me invitaría a jugar con ellos y podría darle la vuelta a la plaza, sin embargo, aquella emoción se desvaneció cuando en mi camino se atravesó una rama que no pude esquivar, caí dando vueltas y terminé llorando con una rodilla raspada.

La abuela corrió hasta donde estaba, me vio la herida y me dijo que me curaría, que cuando uno aprende cosas nuevas puede salir con rasguños y heridas, pero, que eso se cura y ya luego uno sabe hacerlas sin problemas.

Al llegar a la casa, ya no lloraba, aunque si me dolía bastante la rodilla. La abuela guardó la bicicleta y fue a buscar el alcohol a su cuarto, yo me quedé sentada en la sala esperándola.

—Tita ¿tú también te caíste de la bicicleta cuando aprendiste andar? —pregunté mientras ella limpiaba mi herida con un pedazo de algodón.

—No nenita, yo no sé andar en bicicleta—dijo la abuela.

—¿No te gusta andar en bicicleta tita?

—Sí me hubiera gustado aprender, pero mi mamá no me dejó. Siempre me decía que porque soy mujer había cosas que no podía hacer —respondió mi abuela mientras cerraba la botella de alcohol.

—Entonces, ¿por qué tú si me estas enseñando a andar en la bicicleta? Yo también soy niña.

—Nenita, yo fui criada en otro tiempo. Pero, tú naciste en otra época, gracias a Dios, así que yo ahora si te enseño a andar en bicicleta y hacer muchas cosas, para que el día de mañana seas una mujer llena de habilidades y virtudes — respondió mi abuela acariciándome la barbilla.

—Tita ¿Y si aprendes a andar en bicicleta junto conmigo?

—¡Ay mi niña! Ya estoy muy vieja para eso, disfruto más ver que tú haces esas cosas. Además, no es cierto eso de que las mujeres no pueden hacer muchas cosas.

—¿Crees que yo puedo hacer muchas cosas?

—Claro mi nenita, ¡tú puedes hacer muchas cosas porque eres mujer! — dijo la abuela con entusiasmo.

Las lágrimas cayeron sobre mis mejillas al recordar las palabras de mi abuela en aquella conversación, tuvimos tantas pláticas y sabía que ya no volverían a repetirse jamás.

A su manera mi tita fue una mujer rebelde, que para muchas señoras de su edad era impulsiva y hasta inmoral, me enseñó cosas que a ella no le enseñaron porque decía que si no las conocía cualquier pendejo me podría hacer mensa.

Para la gente Doña Socorro fue mi abuela; para mí, fue el pilar de mi vida, la mujer que me educó, la rebelde que me enseñó a no dejarme, la amiga en quien siempre confié, la más grande motivación y la mujer a la que más admiré. Hoy la despido, pero, se queda para siempre en mí.

Publicado por Paradigma

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