Por Pepetela / Traducción de Máximo Cortés Coria
Al día siguiente, bien temprano, los Lupis se juntaron a la vuelta del tanque. Durante la noche el agua lila no paró de chorrear y este ya tenía unos diez centímetros de altura de líquido. Parecía estar bien sellado, pues las paredes se miraban secas desde afuera, resistiendo la presión del agua. Por prudencia, fueron retocando mejor los muros, añadiendo barro en todos lados.
A mediodía, llegó el Lupi Curandero corriendo, agitando los brazos.
—Estuvimos experimentando. Y ya hay un descubrimiento muy bueno, ¡lupi-lupi-lupi!
Se calló, observando bien el tanque y viendo si el líquido no se perdía. Los Lupis lo rodearon y comenzaron a pedir:
—Cuenta entonces, Lupi Curandero, cuenta entonces.
—Bien. Fue de pura casualidad. Mi asistente principal metió su mano en una porción del agua lila, para volverla a oler. Ahora bien, él tenía una garrapata gigante en la mano, de esas que ni se mueven por lo gordas que están. Cuando entró en el agua lila, la garrapata comenzó a encogerse y acabó por desaparecer. Como escucharon. Entonces seleccionamos las garrapatas y pulgas y las pusimos dentro de un pedazo de huevo de avestruz con el agua. ¡Remedio santo! Inmediatamente, las garrapatas y pulgas se encogieron hasta desaparecer.
—¡Lupi-lupi-lupi! —gritó entusiasmado el Lupi Poeta.
—Voy a sumergirme en el tanque, estoy lleno de garrapatas.
—No, espera —avisó el Lupi Curandero—. Tenemos todavía que continuar con los experimentos. Si el agua lila hace mal a las garrapatas, también puede que a nosotros.
Un pequeño Lupi Cambuta, con ojos de malicia, preguntó:
—¿Será que si un Jacalupi se cae dentro del agua lila desaparece?
—¡Eh, nada de bromas! —reprendió la profesora.
—Vamos a esperar a que los científicos estudien bien todo eso.
Los Lupis miraban ansiosos la superficie lila del tanque, rascándose, porque las garrapatas, pulgas y otros parásitos siempre fueron una verdadera plaga entre ellos. Aunque se las quitaban unos a otros todos los días, siempre aparecían de nuevo. Y causaban grandes comezones, hasta fiebres, a veces fatales. Por eso la intriga de sumergirse en el tanque y librarse de una vez por todas de esos incómodos insectos. Pero el miedo los hacía dudar. ¿Y si también se encogían hasta desaparecer?
La Lupi Profesora tenía razón: era necesario esperar disciplinadamente hasta que todos los estudios quedaran listos. Tenían el perfume maravilloso que salía del tanque y los alegraba instantáneamente. Ya era un gran regalo de la naturaleza.
Así pasó un día, con los Lupis reunidos viendo el tanque llenándose de agua lila y los sabios encerrados en el laboratorio haciendo análisis y experimentos. Fueron a dormir cuando el tanque estaba lleno por la mitad.
Al día siguiente apareció en la Colina de la Poesía el Lupi Sabio. No lo habían visto en mucho tiempo. Tenía un semblante cansado por el trabajo continuo, sin dormir. Hizo una seña para que todos callaran y anunció:
—¡Tenemos casi la certeza de que tomar baño en el agua lila no nos hace mal, lupi-lupi-lupi!
Un estruendoso lupi-lupi-lupi estalló de las bocas de los Lupis, despertando a los Jacalupis.
—Esperen, esperen. Yo dije que tenemos casi la certeza. Pero aún es necesario ser prudentes. Hicimos experimentos con el Lupi Conejillo de Indias y no le ocurrió nada malo. Quedó sin garrapatas ni pulgas. Lupi-lupi-lupi, ¡hasta silbó de alegría!
¡Asombroso! Todos conocían la inmensa tristeza del Lupi Conejillo de Indias y quedaron estupefactos. Nadie recuerda haber visto últimamente al Lupi Conejillo de Indias silbar, ni siquiera sonreír. Desde que una Lupi que él amaba se casó con un Lupón, el Lupi Conejillo de Indias perdió completamente el gusto por la vida.
Entonces pasó a ofrecerse para todos los experimentos de los sabios. No por buscar la muerte, eso no. Era más bien porque sentía menos interés por la vida que otros. Como era amable y nada cobarde, decidió ayudar a todos, arriesgándose en los experimentos. Y si no tenía gusto por la vida, encontró gusto en el riesgo. Su felicidad era esa: arriesgarse en un estudio importante para todos. Y salir bien de él, aplaudido por los otros.
—Pienso que hoy todos pueden mojar las piernas —dijo el Lupi Sabio—. Pero solo las piernas. Si los experimentos continúan de manera exitosa con el Lupi Conejillo de Indias, mañana ya podrán mojar todo el tronco. Pero cuidado: nada de beber el agua. El Lupi Conejillo de Indias solo comenzó a beber ayer y es necesario esperar mucho tiempo, pues puede tener efectos retardados. Por ahora, pueden mojar solo las piernas.
Se armó una gran confusión. Todos los Lupis saltaron al mismo tiempo hacia el tanque; no había lugar para todos. El agua llegaba casi a la cintura de los Cambutas y por encima de las rodillas de los Lupones. Los Jacalupis, viendo a los otros, también quisieron entrar en el tanque.
—Esperen, esperen —avisó la Lupi Profesora—. Los Jacalupis después, no hay espacio.
¿Y obedecieron? ¡Obvio que no! Los Jacalupis siempre fueron malcriados. Entraron al tanque empujando y expulsando a los demás. Luego se acostaron dentro de la piscina, bañando el cuerpo entero, sordos a los avisos.
—Es inútil —dijo el Lupi Sabio—. Si les pasa algo malo, es problema de ellos.
—Tal vez desaparezcan… —repitió un pequeño Lupi, esperanzado.
Pero los Jacalupis se quedaron acostados en el tanque, jacareando jac-jac-jac, ocupando todo el espacio. Y no se encogían. Estaban felices jacareando, y ya.
Mientras tanto, los Lupis se sorprendían al notar que ya no tenían comezones en las piernas. De repente, todas habían desaparecido. El Lupi Poeta dijo, palpándose:
—Tenía una garrapata en la rodilla. Bien gorda. Tan profunda que tuve miedo de arrancarla; hasta pensaba ir con el Lupi Curandero. Miren, desapareció, lupi-lupi-lupi.
La ausencia de comezón en las piernas acentuaba la comezón en el resto del cuerpo. Todos se rascaban ahora el pecho y las axilas, soñando con que al día siguiente podrían sumergirse por completo en el tanque hecho piscina. No dejaban de olerse las piernas, hipnotizados por el perfume que ahora tenían.
Los Lupis permanecieron el resto del día a la orilla del tanque, observando a los Jacalupis jacareando en el agua lila. Incluso se olvidaron de subir a los árboles para comer. Solo al final de la tarde lo recordaron, cuando el hambre apretaba. Los Jacalupis no salieron del tanque, y esa noche durmieron en ayuno.
