
Esta obra nace de una necesidad personal: no pretende acusar ni representar a nadie, ni liderar causas, ni redimir realidades. Aquí no hay discursos ni lecciones; es solo un manojo de textos escritos desde el agotamiento y la urgencia por soltar lo que pesa como un monolito. Soy un hombre que escribe por necesidad y también por elección, desde un lugar y con una voz que eligió y que lo define; un tipo que no romantiza y que sabe que escribir así duele, pero también salva.
Este no es un texto pulido con palabras bonitas. Es, más bien, el testimonio de quien escribe con las manos rotas y las vísceras al descubierto, desde el puto fango, ahí donde la literatura se convierte en un acto de resistencia. Este es el resultado de escribir como escribo en un país donde ciertos funcionarios culturales y algunos escritores que se creen mejores que nadie te observan con desdén. Toca entonces rebelarse, toca escupir las verdades, aunque duelan, aunque huelan a mierda, aunque te señalen y murmuren.
Aquí no hay concesiones. Estas páginas huelen a sudor en apagón, a ron barato, a lágrimas derramadas sobre almohadas sucias. Hablan de niños que lloran sin lágrimas, de ancianos que suplican por un pan bajo un sol de más de cincuenta grados. Es la Cuba que duele, la que se describe con malas palabras porque la vida aquí también es mala, y cruda, y descarnada. La auto ficción se mezcla con la crónica, el poema con el manifiesto, el lamento con la carcajada ácida: un rompecabezas de géneros literarios.
Me han ignorado y han negado mi existencia porque mi realismo es “demasiado crudo, descarnado y visceral”, y porque abuso de las malas palabras, como si estas no fueran parte inseparable del habla popular cubana, de nuestra cultura, desde el surgimiento mismo de la nación. Y esto no es paranoia, los hechos lo demuestran.
Recuerdo una noche de lecturas en el taller literario Cucalambé de Las Tunas. Leí un texto y algunos miembros se fueron levantando, uno tras otro, hasta largarse. “Demasiado crudo”, dijo alguien. “¿Eso se puede hacer?”, preguntó otro. Yo era muy joven entonces y trataba de evitar las malas palabras, pero luego pensé: así es como me siento más cómodo; así puedo expresar lo que quiero. Que se vayan a la mierda. Al que no le guste que no me lea y listo, que no asista a las tertulias donde me inviten a leer.
Años después, publiqué un capítulo de Balada en re menor en el sitio web español Litteratura. Un gran escritor cubano, que hoy es mi amigo, me contactó en privado para decirme que el texto tenía mucha fuerza y buen ritmo, pero que tratara de evitar las interjecciones y el lenguaje vulgar. “Si acaso, deja una o dos malas palabras para no abusar del lector ni parecer vulgar”, sugirió. Con el mayor respeto, le respondí que el uso del lenguaje crudo era una elección estética consciente. No podría ceder: sería como rasgar mi voz para fingir que soy otro.
Por eso creo que no debe confundirse la modestia y la humildad con la falta de amor propio o con baja autoestima. Tampoco es sensato confundir la vulnerabilidad y la alta sensibilidad con la cobardía. Ese es un terreno muy peligroso. Me pongo letal. Si ya saben cómo soy, para qué me buscan y si no lo sabían, ya les queda claro.
Pienso que resulta necesario aclarar que no es lo mismo escribir desde cierta estética que ser percibido, por ello, como alguien con falta de talento o escaso dominio técnico. Un escritor que se respete debe definir y asumir una postura ética, estética, e incluso política, y no debería hacer otra cosa que defenderla con firmeza, asumiendo con entereza las consecuencias de lo que hace.
Por otro lado, un creador puede adentrarse en los recovecos de su pensamiento e ir a la izquierda o a la derecha, o dar vueltas en círculos poseído por su voz interior. Si escribe una novela, un poema o un cuento, y el resultado es un producto de dudosa calidad —lo cual, por cierto, es muy complicado de definir dada la naturaleza en extremo subjetiva del arte—, es porque tal vez le falte oficio o talento. Pero si consigue expresar claramente sus ideas, transmitir sus emociones, meter al lector bajo la piel del personaje y provocar una reacción, aunque sea mediante un aparente desorden, no podemos afirmar que el escritor tiene problemas de redacción: el punto es que, justamente, ese es su estilo, sea consciente o no.
Si el texto golpea al lector como un piñazo, el autor debería sentirse más que satisfecho con el resultado, aunque eso no significa que crea que no debe superarse en los próximos trabajos. Un escritor que no se desafíe a sí mismo porque piensa que alcanzó la perfección no es otra cosa que un mediocre.
Ojalá no falten aquellos que, dominen o no la técnica y la gramática, nunca renuncien a su poética y a ser quienes son, ni dejen jamás de intentar superarse en cada entrega.
Escribo y pienso en todo lo que aprendí a las malas, a golpes de rechazo y de páginas que muchos se negaron a publicar. Pero aquí sigo.
También ocurrió que alguien le habló de mí a una reconocida poeta de la filial de Escritores de la UNEAC en Las Tunas. Ella me atendió amablemente y me preguntó si tenía algún texto relacionado con Cervantes para una antología que se publicaría en España. Revisé mis escritos y encontré “Ejercicio narrativo”, un relato en forma de monólogo epistolar dedicado a una de mis profesoras de los años 90. Decidí mejorarlo: mi personaje se refería a su profesora como “su Dulcinea de Chaparra” e incorporé un pasaje inspirado en el Quijote. A la escritora le pareció excelente, pero al editor en España no. Reconozco que el relato es transgresor: el personaje es sorprendido mientras se masturba espiando por una rendija y, en sus pensamientos, compara a la docente con la amada de Don Quijote. Imagino que resultó demasiado irreverente, teniendo en cuenta lo elevado del corpus literario.
Sé muy bien que puedo incomodar, pero no escribo para complacer, lo hago para compartir lo que no puedo callar. Cualquier semejanza con ciertas realidades resulta inevitable. Así es mi literatura: una bitácora emocional, una ficción que se nutre de lo vivencial.
No escribo para que me publiquen aquí o allá y mucho menos para ganar premios, de hecho, a lo largo de mi vida he concursado en pocas ocasiones. Pienso que el arte en general y en mi caso la literatura, no tienen absolutamente nada que ver con una carrera de 100 metros planos. Eso es atletismo. Yo no escribo por esa razón, yo escribo por una necesidad insustituible: si no lo hago reviento como una bomba. Si una idea comienza a darme vueltas en la cabeza y no escribo, entonces no puedo dormir, ni follar, ni malvivir. Cada palabra no escrita se me atraviesa en la garganta como una espina de tenca, por tanto prefiero vomitar frente a cualquiera antes de ahogarme en silencio o encasillarme dentro de lo políticamente correcto o dentro de esa literatura pulida que llaman de altísimo nivel. Mejor déjenme aquí “abajo”, que justamente aquí es donde me siento genial.
Así que seguiré escribiendo desde mi realidad; seguiré escarbando sobre las cosas que pasan y todavía hay quien se hace el bizco para verlas dobles. No tengo planes de hacer concesiones, no dejaré de usar lenguaje vulgar, tan mal visto por lo más elevado y sublime de una intelectualidad recatada y, en ocasiones, hipócrita. Y esto lo digo porque un montón no escribe así, pero así se expresa a diario. Qué ironía, ¿verdad? No pienso detenerme, ni aunque amarren mis manos, porque cada rechazo es un hueso roto que, al soldar, me hace más fuerte y más terco.
Las palabras que van brotando se convierten en testimonio, en la muestra de que escribir es una declaración de principios frente a un mundo que prefiere callar lo crudo y no llamar las cosas por su nombre. Aquí reposan las cicatrices de cada rechazo, de cada intento por borrar o cambiar mis palabras. No busco ni necesito la validación de un consejo editorial ni el aplauso de ningún jurado; lo que me impulsa es la certeza de que, en cada palabra, late mi verdad.
Este cóctel Molotov literario es un homenaje a los que se niegan a ser encasillados, a los que transgreden y no se dejan domesticar; es un tributo para quienes la marginalidad no es un defecto, sino su hábitat natural.
