Ojos amarillos

Por: Nathaly González Guevara

Figúrate tú, a mis cincuenta años, consumida por la rutina y la monotonía, el trabajo y la vida, con el paso de los años haciendo lo suyo sobre mi rostro y mi cabello, mi piel, mis pechos (que solo se veían decentes gracias al costoso sostén que compré en línea), mis órganos y mis hormonas… ¡Bueno! Toda esa revolución que le llega a una con la quinta década.

Ya me había hecho a la idea de la perpetua calma: por las mañanas de lunes a viernes, apagar la alarma a las 6:00 a.m. para levantarme hasta las 7:00 a.m., un baño caliente y sin prisas, cremas, perfume y un poco de maquillaje; a las 8:00 a.m. con café y galletas en mano, directo al estudio para escribir algo de todo lo que tenía que hacer: algunos días un artículo, otros una columna, una ponencia, un discurso de bienvenida o de despedida.

Durante los últimos años, aquella a quien yo seguía llamando cariñosamente “mi niña” se encontraba en el extranjero mientras hacía su posgrado y mi exmarido vivía con una mujer radicalmente distinta a mí: alta y voluptuosa, consumista, bebedora y fumadora, un tanto extraña puesto que mientras caminaba con aires de soberbia y altanería, al mismo tiempo se mostraba temerosa de pronunciar por lo menos su nombre, ya no digamos algunas palabras en reuniones familiares. ¡Ah! Porque eso sí, mi exmarido y yo habíamos quedado en buenos términos por la salud mental de la niña y porque ante todo éramos unos divorciados civilizados en memoria de aquel amor que juramos eterno varios lustros atrás.

Disponía prácticamente de tiempo completo para mí y mis actividades. Si acaso me distraía respondiendo alguna llamada, un correo o el mensaje de un estudiante despistado que no encontraba la lectura solicitada. Jamás recibía visitas, disfrutaba la tranquilidad de mi hogar, o al menos así me lo afirmaba.

Mi parte favorita de cada día consistía en salir rumbo al Liceo a impartir mi clase de “Filosofía del derecho en la antigüedad cristiana”. Llevaba cinco años viviendo en un piso a tan solo quince minutos a pie del Liceo y era maravilloso hacer ese recorrido sintiendo el viento en las mejillas y entre el cabello, escuchar a las personas dialogar sobre tantos temas e incluso en diversos idiomas, pasar por las librerías y observar las novedades, aspirar las diferentes esencias de café que se ofrecían en las tantas y múltiples cafeterías (tan diversas como los gustos y presupuestos), y ver a las parejas tomadas de la mano con ese peculiar brillo en la mirada. En fin, era increíblemente feliz con ese aire embriagador que sólo puede respirarse en las universidades.

Me encantaba sobremanera pararme frente a grupo y transportarnos sin salir del auditorio a los inicios de la época cristiana; llevarlos de la mano desde entonces hasta el presente con sus grandes dilemas éticos y morales, pasando por los estoicos, los epicúreos, los escépticos, Pablo de Tarso o San Agustín. Confieso que mirar a mis estudiantes anotando, reflexionando, opinando, debatiendo y cuestionando siempre me ha provocado una extraña y secreta excitación.

Al volver a casa, nuevamente un café era mi compañía rumbo a la cama, en donde Braulio, un hermoso gatito negro -a quien rescatamos doce años atrás de una jauría de feroces perros que casi lo matan-, me esperaba puntual y cariñoso tendido sobre la almohada. Después de mis sesenta minutos de lectura, me dejaba vencer por el sueño; sueño a veces interrumpido por el olisqueo facial de medianoche, cortesía de Braulio.

Ya decía yo que mi vida era bastante rutinaria: sin sobresaltos, ni deudas pendientes o cenas familiares por compromiso, la muerte de papá y mamá me habían librado de tener que frecuentar a mis hermanas. Una llamada a la semana de mi niña era suficiente para mantenerme feliz, pues además veía lo bien que la pasaba a través de sus redes sociales, ¡benditas redes sociales!, se notaba que la beca y los depósitos mensuales le iban de maravilla. Me daba gusto, pues al fin y al cabo había estado ahorrando para ellos… Para ella.

Una fría tarde de noviembre, mientras caminaba hacia el tren luego de terminar la clase, sentí la necesidad de sentarme en una banca del jardín central del Liceo para observar la noche caer junto con el vaivén presuroso de estudiantes y docentes. Por alguna razón, quería sentarme y esperar. ¿A quién o qué? No lo sé, solo recuerdo que esa tarde no quería regresar de inmediato a casa.

Llevaba algunos minutos mirando a los grupos de jóvenes pasar, unos con el rostro marcado por profundas ojeras y con expresión de preocupación, otros pasaban haciendo gala de sus mejores carcajadas, algunos más devoraban un sándwich y bebían café mientras se dirigían a su siguiente clase, fue en ese instante cuando una voz masculina profunda y seria me hizo volver la mirada: “hola, profesora”.

Miré a mi interlocutor: un jovencito taciturno de piel sumamente blanca a quien había observado anteriormente sentarse en el extremo trasero del auditorio. Este joven siempre vestía de negro y cargaba una pesada mochila; lucía cabello negro, brillante y revuelto, y usaba una hermosa bufanda de lana. Normalmente no participaba durante los debates, pero cuando lo hacía era interesante escuchar su dominio del tema, la profundidad de su lectura y lo radical de sus posturas, ya saben, con ese aire revolucionario característico de la juventud. Le respondí aquel “hola”, con un “hola” de vuelta, hablamos dos o tres minutos y me despedí tan abruptamente como había decidido sentarme minutos antes.

La mañana siguiente, un gélido sábado, decidí regalarme un suéter nuevo, pues el más abrigador que tenía ya se notaba bastante gastado, y ¿cómo no? si me lo había regalado mi padre dos décadas atrás. Me encaminé a la zona comercial de la ciudad y vi aquella hermosa librería de viejo que admiraba desde mi juventud por lo alto de sus paredes atiborradas de volúmenes y las pequeñas mesitas en las que regalaban café en la compra de dos o más libros. Decidí que también me regalaría dos libros y por añadidura una taza de café.

Elegí Breve historia de la filosofía griega y el Tratado de metafísica, ambos de Agustín Basave, pagué y me senté a hojear con calma los índices mientras esperaba a la joven aprendiz de librera y mesera que me traería el café. Estaba encantada mirando una notita escrita a mano: “Hola, Teté, con cariño: papá.” haciendo las veces de separador que yacía entre las páginas de uno de los libros cuando de pronto escuché el mismo “hola, profesora” de la tarde anterior.

Levanté la cabeza un tanto extrañada y descubrí aquella mirada fija y penetrante, una mirada que no había tenido oportunidad de escudriñar antes: eran unos ojos del color de las hojas de los libros viejos que tenía entre las manos y en los que la lignina había provocado esa peculiar y característica pigmentación. Sonreí genuinamente al ver ese blanco rostro y esa bufanda de lana conocidos.

—Hola, ¿quiere sentarse?

—Claro, profesora, pero creo que debo comprar dos libros para poderla acompañar con un café

—La verdad es que no hace falta comprar libros para beber un café y acompañarlo con pan de manzana

Platicamos por horas: desde la alegoría de la caverna, la escolástica, los mejores rincones de la ciudad para comprar muebles de segunda mano; el racionalismo y el empirismo, de la conciencia de clase, la fenomenología y el existencialismo, de las consecuencias de la guerra civil española, la peste negra, tarjetas de descuento en librerías y las deficiencias del transporte público; el movimiento zapatista y la vigencia del marxismo, el hundimiento de la ciudad y los sismos más recientes. Aunque, ahora que lo recuerdo, en realidad no hablábamos: él hablaba y yo escuchaba, tenía mucho sin una charla así de amena, rica y espontánea, usualmente era yo quien dominaba los discursos, escuchaba solo por algunos minutos y continuaba, pero en esta ocasión era distinto.

Nos despedimos como grandes y viejos amigos, los mejores. Nos veríamos el próximo martes para intercambiar algunos libros. Mientras caminábamos en sentidos opuestos, cual novela romántica, ambos giramos repentinamente y al mismo tiempo para despedirnos con la mano y la vista.

Después del martes señalado, nuestros encuentros casuales o planeados se volvieron constantes, la línea académica se había rebasado peligrosamente pues ahora éramos dos amigos que salían cada fin de semana por un libro, una rebanada de pastel o a algún musical. Por fin, después de siete años de duelo por un matrimonio fracasado _y no tratado con un terapeuta_ empezó a menguar el dolor;  dejé de preguntarme cada mañana en qué había fallado, qué parte de mí y en qué momento le había dejado de gustar a mi ahora ex esposo. Me esforcé todo el tiempo por ser una esposa ejemplar, de acuerdo con las normas socialmente establecidas: casa impecable, hijos galardonados en cada ceremonia (no siempre fue solo la niña), arreglo personal intachable y una trayectoria profesional más o menos sobresaliente. ¿Qué me hizo falta? ¿O es que me sobraba algo?

El curso terminó muy pronto y mi amigo aprobó con un examen pulcro y excesivamente concienzudo. Les solicité un ensayo de los principios políticos de San Agustín y su posible vigencia en el sistema normativo actual, el suyo parecía más bien una defensa doctoral digna de mención honorífica.

Las semanas empezaron a transcurrir y él no dejaba de acudir puntualmente a nuestros encuentros. La fortuna de él era vivir solo en esta ciudad, sin familia que lo atara a compromisos los fines de semana, y la mía, mi soledad. Éramos dos piezas de rompecabezas plenamente compatibles.

Para su cumpleaños número veintiséis decidimos comer juntos en una preciosa terraza del centro que tenía cientos de pequeños focos azules y amarillos en forma de estrellas en el techo y plantas exóticas por todos lados y en donde, además, podíamos observar esa interesante mezcla de vestigios arqueológicos e imponentes construcciones coloniales resultado de la avasalladora conquista. Por fin me trajeron aquella muy recomendada sopa de tortilla, y, para él, una de hongos con tres quesos. Las probamos: absolutamente deliciosas. ¿En qué momento me dio a probar de su porción? No lo sé, pero fue tan natural como si se tratase de un acto cotidiano y conocido. Fue la primera vez que ambos comimos de un mismo plato y bebimos de una misma copa, claro, porque queríamos que el otro probara lo rico que estaba todo.

Como postre elegimos una rebanada de pastel de dos chocolates con frutos rojos y aproveché para sacar un ejemplar, por demás especial, de la primera edición de El amor en los tiempos del cólera, de un valor incalculable por la dedicatoria especial de García Márquez. ¿Cómo lo conseguí? Azar y buena fortuna. Por aquellos años me encontraba laborando en editorial Diana y mi labor consistía en llevar a cabo la logística de reunión con los autores para ajustar temas contractuales y ruedas de prensa, fue así como tuve acceso al primer tiraje y a un lugar privilegiado a la llegada del reconocido autor, quien cordial y sencillo accedió a anotar en la primera página: “Para ti, preciosa y jovial lectora, Gabriel. Diciembre de 1985.”

No tuve el valor de envolverlo en papel de regalo, preferí ponerlo en una bolsa de tela; al recibirlo, sus ojos amarillos querían salir de su órbita:

  —Pero ¿cómo? ¡Imposible! Esto debe pertenecer a tu familia

—Quiero que sea tuyo ahora

Quizá para algunos se trate de una nimiedad, pero para quienes valoramos cierta literatura, su trascendencia y a sus autores, sabemos que ese acto de desprendimiento iba más allá del valor económico o incluso histórico que en un momento determinado llegaría a tener el volumen.

No le obsequié un libro valioso, le di una pequeña muestra de mi novel afecto. Me lo agradeció con cien besos en mis manos, y fue esa la primera vez sentí aquellos fríos labios.

*Ésta publicación corresponde a la primera entrega de lo que será una novela corta

Publicado por Paradigma

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3 comentarios sobre “Ojos amarillos

  1. Excelente narrativa, que la vuelve ágil sin dejar de poner el detalle exacto que genera una atmósfera familiar para el lector, que recuerda quizás anecdotas particulares.
    Exquisito texto muy al estilo de Nataly.

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